22 ene. 2011

EL CRÍTICO DE CINE MÁS HONESTO DEL MUNDO Y LA IMPOSIBILIDAD DE EXPRESAR DESEOS PROFUNDOS, 1990

Anoche vi la película de las Tortugas Ninja. ¡Cowabunga! Dado que no la había visto desde que la vi en el cine, tenía 20 años sin verla. Fue un momento entrañable, obvio. Generalmente cuando una película sale de un comic o un programa de televisión siempre hay huecos que deben cubrir o huecos que deben generar para que la película sea plausible como una película y no como una cosa entre la fuente y el cine. En Teenage Mutant Ninja Turtles, por supuesto, eso pasa.La película tiene situaciones que cualquier niño que viera la caricatura podría identificar como erróneas. Ayer que la vi noté cómo estas películas son realmente películas para niños, con saltos demasiado rápidos y abruptos entre situaciones a fin de continuar con la historia, como que April O'Neal se vuelve amiga de ellas de la noche a la mañana como si nada, y no le importa perder su casa en un santiamén por los Foot Soldiers o que de repente se está besando con Casey Jones, el de la máscara de Hockey. O sea, que sacrifican la narrativa por la fidelidad con la fuente (más o menos). Por supuesto, si la ves a estas alturas, cuando ya olvidaste muchas cosas de la caricatura, nada de esto te estorba para disfrutarla y reírte de los momentos vaciladores, sin embargo, cuando eres niño eres estricto, y sabes que aunque es divertido ver a Raphael saliendo de un cine acabando de ver Critters diciendo "¿De dónde sacan esas cosas?", no es divertido que no salga Krang o a Bebop o a Rocksteady. Los niños saben lo que quieren ver en las películas, pero el Gap entre el mundo adulto y las caricaturas siempre es no sólo aburrido, sino generalmente decepcionante, entonces uno empieza a verlo como algo tonto, que no debería existir (supongo eso es lo que significa crecer). Por ejemplo, en un libro de texto que leímos en 3ro de primaria había un cuento sobre una anciana que siempre iba de un lado para otro, que siempre estaba haciendo algo, entonces la muerte viene a buscarla y simplemente no la encuentra porque la mujer no tiene tiempo de morirse. Se supone que ese libro, el "Cuaderno de Lecturas", era para ser leído en voz alta, así que ahí tienes a los niños semianalfabetas (siempre me sorprendió que nadie sabía leer, no entendía) leyendo sílaba a sílaba. Entonces, durante el cuento, hay un momento donde la anciana suelta un puro y mexicano "¡Chin!". Cuando el niño llegó a él no pudo pronunciarlo. Y mientras yo leía sabía que cuando llegara no podría pronunciarlo, porque era una clara intromisión del mundo de los niños con la escuela, situación adulta y aburrida. Y el niño no podía, simplemente estaba mudo. La maestra Elsa intervino: "Lo que dices cuando algo te sale mal, una exclamación". El niño sufrió años antes de preguntar: "¿Chin?", la maestra dijo que sí y continuó. Es curioso cómo todos, o al menos yo, sabía perfectamente que no podría decir Chin. Los niños saben bien lo que quieren (es la adolescencia la que viene a joderte la vida), pero el poco furor de los adultos hace que uno aprenda a crecer a la mala, que es la única manera en que los seres humanos crecen. La otra es la manera en que la gente crece.

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