19 ene. 2011

CONCEPTO DE ACUMULACIÓN EN LA VIDA REAL EXPLICADO EN TÉRMINOS PRÁCTICOS, 1995

Cuando era niño, como a mis 12 u 11 años, me metí a un equipo de futbol. Curiosamente, durante una etapa, mi madre pensó que los buenos padres metían a sus hijos a clases extra y estuve en cosas que a la fecha jamás me sirvieron de nada: natación, gimnasia (tengo una foto mía en las barras con la cara de terror más grande que se puedan imaginar), inglés, incluso pensó que yo querría entrar a los Scouts que atiborraban el Parque Pilares cada sábado. Estoy seguro que lo hacía de buena fe, no podría quererme fuera de la casa por la simple razón que era una especie de mueble, no hacía escándalo, no salía yo solo a jugar... Como decía mi maestra de Teoría del Arte III y IV, que era una ecologista torpe y evidentemente demasiado llena de odio por la humanidad, nuestros padres hicieron lo que pudieron. Anyway, estaba en el equipo de fut, ¿ok?, se llamaba Alpina y era filial de Cruz Azul, el entrenador se llamaba Lupillo. Como entrenaba los lunes, que para mí siempre han sido el peor día de la semana, pronto el estímulo "futbol" se pareó con la circunstancia "Lunes" y me empezó a fastidiar, como todas las actividades extracurriculares en mi vida. Eso y que nos ponían a correr como animales. El caso es que de los miles de años que estuve en el fut (creo que fueron un par de meses), tuvimos dos juegos. En el primero, hasta donde recuerdo, entré de cambio. Me preguntó Lupillo que de qué jugaba y le dije que de delantero, porque en mi primaria era el líder de goleo-cazagol con 42 o 43 goles, compitiendo sólo con Alejandro, que tenía la mayor cantidad de canas que he visto en un niño de 12 años. Ajá. Casi metí un gol, pero la triangulación no fue la más afortunada y no pude ni abanicar, el balón simplemente se estrelló en mi. Si ya leyeron todo esto y no saben a dónde va este párrafo, aquí voy: al final de partido, al parecer, a un padre o dos cada juego les tocaba traer los refrescos, lo cual es algo estúpido considerando que por cada niño viene un padre que bien podría traer un Pepsilindro lleno de naranjada, padres que, por cierto, me gritaron cuando fallé. El caso es que ese día hubo Bonafinas. Nunca había visto tantas bonafinas juntas, eran como 40, seguro. Fue una especie de momento grande, casi del tamaño de cuando conocí el sonido Stereo escuchando el soundtrack de The Bodyguard. Como en mi casa siempre fuimos mi mamá y yo, sin padre derrochador, ni hermanos hambrientos ni tíos arrimados con problemas de alcoholismo ni cuñados y compadres o vecinos como-de-la-familia, en mi casa rara, rarísima vez había más de 2 o 3 ejemplares de nada, además porque vivíamos a 10 metros de una Comercial Mexicana, y a mi mamá le gustaba ir diario por cada cosa que se necesitara. Para que me entiendan, ver una bolsa de congeladas D'Gary o diez Yakults en el refri ya era mucho. Y ahí estaban en ese medio día de sábado de 1995, decenas de bonafinas de 250 ml en una hielera azul. Nos abalanzamos sobre ellas, con todo, creo que ganamos 2-1, así que podría entenderse como un festejo. Recuerdo que esábamos en un frenesí, arrebatando Bonafinas, y pese a los arrebatos seguíamos sin poder ver el fondo de la hielera. Como a los 12 años, al menos si vives en una ciudad como el DF, todos los niños van a todos lados con sus padres, me imagino que la mayoría de ellos tenían prisa por llevarse a sus hijos a, no sé, comer con la abuela, de manera que al final quedamos sólo algunos (si hay un concepto que no caracteriza a mi mamá es la prisa), aún tomando tantas Bonafinas como podíamos. Recuerdo muy bien que al final, ya para irse, un niño me dijo: ya, agarra más, ya que se acaben, y me soltó un montón. Creo que me llevé 12, y me imagino me habrán durado más de una semana, fácil. Las Bonafinas son una bebida término medio, usualmente baratas, con un sabor a naranja demasiado artificial para ser el favorito de nadie y lo suficientemente azucarado para que quieras repetir, de manera que sólo en ciertas condiciones uno toma Bonafinas, generalmente cuando tienes sed así de 'wey, tengo sed'. A partir de ese incidente, no puedo ver una Bonafina sin sentir una especie de empatía entrañable con ellas.

2 comentarios:

Octopus Queque dijo...

Suena a un recuerdo hermoso, de esos que ves con colores quemados y cosas así de hermosas. Debe ser como cuando vivía allá por Iztapalapa y mi papá me llevaba a la prepa, para lo cual debíamos atravesar toda la calzada Ignacio Zaragoza y Río Churubusco, fácil un viaje de una hora. La cosa es que mi papá es fans pero así mal plan de Universl stereo, supongo que como todos los papás que fueron hippies. Y en esa estación, a las 6:00am siempre pasan uno de esos poemas para que pienses que será un buen día. Llegó un momento en el que mi papá y yo ya nos sabíamos ese poema y siempre decíamos el final, como si fuera parte de un ritual padre-hija. Y de hecho hace poco que pasó por mi en el coche ya bien tarde, dieron las 12am, escuchamos el poema y cuando dijimos el final juntos, juro que sentí como si trajera la falda tableada y él riéndose de que de tantas veces que llevarme a la prepa,nos terminamos por aprender ese poema tan cursi.

Hermoso post, monsieur Bob!

No va a pasar. dijo...

Y yo con cada uno de tus post siento una empatía entrañable para tu persona.