11 ago. 2008

Wyatt Byrnamm (1959-1994)
Fragmento de Omega (1987)


(...)Como un ente autónomo, implorando piedad, gateando lentamente a los pies del ser amado que habrá de llegar, una patada, algún gesto tierno, algunas palabras de bienvenida en voz alta, bien pronunciadas y dirigidas correctamente al oído dispuesto a escuchar. Este oído, lo he visto, habrá de estar allí, eternamente, dispuesto a escuchar, a recibir, a sentir. Una aserción, por supuesto, de que hay algo ahí que no hemos visto: alguien pensó que sería una buena idea el ponerse en la posición de amar y sentir afecto. Craso error, se echará a perder, pero lo hará ligeramente, y el prisionero puede reconocer los elementos de su propia muerte tomando lugar lentamente. Ya he estado ahí, lo recuerdo, sentía algo parecido a la nausea, pero sentía algo, definitivamente, como un recordatorio de los objetivos de un recién nacido siéndole indicados en forma de un golpe o un grito repentino en su oído en el mero inicio de sus días. Lo recordará, estará esperando otro golpe, algún día, ya sea que se sienta en su sitio o no, lo estará esperando como una carta de presentación, una especie de instrucción a seguir. Caeré de nuevo, y estaré esperando un par de brazos que se alcen y se sostengan, y una voz que permanezca vociferando sobre las razones que tengo para resistir, y un sentido compasivo de pérdida compartida con los ecos de un discurso hace mucho tiempo proferido que ya no recuerdo sonará a distancia, como ese recordatorio que he estado esperando. Lo verás, definitivamente lo verás. Aunque puede que no quieras escucharme, pero es una recompensa que he esperado tener. Habremos de colaborar, habremos de tomarnos de la mano, y caminar por algún lugar cerca de aquí, sin perder las distancias, sin estar afuera hasta muy tarde, sin respirar demasiado fuerte, pero definitivamente sin perder el contacto, bajo ninguna circunstancia habré de forzar a un gesto natural a que se sobreponga a sí mismo como una dolencia relajada que supone que ha sido aliviada. He cometido errores, sí. Tras varios arranques, he desarrollado un sentido de auto constricción que no es ni apasionado ni festivo. Una luz débil saliendo de mis globos oculares, no puedo verla, pero se me ha advertido no forzar nada. Esperaré, me calmaré, sin forzar nada, sin esperar a ver la sangre en vivo en el suelo, sin tratar de educar a nadie. Me han educado, lo recuerdo, y por ello esperaré calmadamente. Ya lo he hecho antes, y estoy aquí esperando. Las resoluciones que pueda tomar no son decisión mía, soy nombrado a través del olvido de alguien más. Y esa es una declaración que estoy dispuesto a reinterpretar para alguien más, ser pronunciado. Y adquirir ese cierto grado de aprisionamiento tan necesario para la salud de cualquiera. Me han educado, un poco tarde, no obstante. Algo del daño se ha neutralizado, de alguna manera. Una vida entera sintiéndome como un lastre que alguien tendrá que cargar, una carga en los tobillos de alguien más, palabras pesadas sonando a través de los lentos y hondos pasos que toman lugar en mi vida como un retiro insignificante aunque complejo de materiales que finalmente colapsan antes de ser numerados, contados, antes de que uno pueda acostumbrarse a ellos. Una estructura de deterioro cuyo progreso se lleva a cabo sin que nadie lo vea. Lo he estado viendo todo el tiempo. Tengo una clara y vívida memoria de los primeros arreglos, las preparaciones posteriores, la aflicción y el dolor que sigue haciendo acto de presencia. Nadie va a recordar, nadie. Una sutil especie de sentido mostrará las diferencias; cualquier atajo a la memoria de las cosas que dejé sin darme cuenta me hará ver aquello que moví de su lugar. No retrocederé, no consideraré movimientos para después. Un golpe, memoria, arrepentimiento, intentar arreglar cosas. No habré de intervenir de nuevo. He sentido todo esto, sin ningún tipo de memoria corporal. No, no es un desprecio de las cosas en mi pasado, simplemente me siento avergonzado de haber tenido lugar en la manera en que las cosas cambiaron, el camino que las cosas tomaron y verlas ahora. Creo que pude haberme divertido más, pero ya es un poco tarde, estoy un poco cansado, tú estas un poco cansado, por otro lado seguimos haciendo nuestra labor, sin importar cuán insoportablemente decepcionante pueda ser, lo hacemos. ¿Nos hemos atrevido a alterar estos esfuerzos constantes haciendo treguas? Me agitaría violentamente, me reconfortaría, sin embargo. En verdad me reconfortaría. Me pondría de nervios; me acurrucaría en mi rincón y correría en mi rueda, sin parar. Después de un tiempo me sentiría cansado, pero me relajaría serenamente, sin pensar en un posible desenlace. La accesibilidad a cualquier pieza repentina de esperanza es remota; de hecho, no he visto estas condiciones, no, no tengo la menor oportunidad de considerar cualquier situación que pudiera modificar tras haberla experimentado. La simple idea de encarar un punto único en el tiempo y el espacio dos veces empieza a parecerme algo deseable aunque repulsivo. ¿Cuántos pasos en falso he dado? ¿Cuántos impulsos soy capaz de manejar para reinterpretar lentamente, notar los errores, los esfuerzos gradualmente alterados, rotos y convertidos en algo más y más sólido, denso, rodeando el inmenso bloque infinitamente hasta que ocurra que vea algún reflejo, alguna sombra cuya forma pueda afectar con sólo mirarla persistentemente?, un simulador, un doppelganger de mis propias instrucciones pasadas. Debí, hubiera, lo habría hecho más precisamente. Me quedaré aquí, justo donde estoy, justo donde he estado todo el tiempo, esperando que llegue una instrucción de afuera, un patrón que pueda grabar en mi memoria y entonces tomar las decisiones que debí haber tomado, primero por mí mismo, después depositándome en alguna decisión ya tomada, una línea en la que pueda confiar mi propia línea de contingencias. No sé, de hecho, pero lo que sí creo es que he estado aquí todo el tiempo. Abandonando mi posición brevemente, pero nunca dejándola del todo realmente. Puedo mesurar la distancia perdida las veces que me fui y la distancia recuperada las veces que regresé tan sólo con mi brazo, el izquierdo, lo alargo y veo la diferencia, ese es mi margen de maniobras, los espacios perdidos y las medidas ganadas. Es la única afirmación directa a la que tengo acceso, el único lugar donde puedo estar, la única posición que tengo para sostener, el último pulso que me queda y que escuché hace ya mucho tiempo. Si escucho todo esto, tomando apuntes, lánguidamente, casi olvidando lo que pienso y lo que escucho casi al mismo tiempo en que atiendo, es por las veces que lo he hecho. Bastante frecuentemente, de hecho, he perdido algo de sensibilidad a esto, pero trato de mantener un registro. Descanso en mi propio regazo, sostengo mi cabeza con las manos, mis codos en mis rodillas, mis pies e el suelo, incómodamente, una vena saltando, pero no lo suficiente para ser visible, nunca lo suficiente para que sea visible. Lucho por mantenerlo desapercibida, no obstante. No es una tarea fácil el forzarte a ti mismo en una discordia sofocada desde el principio, y forzarte verdaderamente en los números y los datos, una memoria silenciosa leyendo cada detalle y manteniéndolo en silencio. La discreción y la confianza en uno mismo como una barrera pesada y móvil. La he cargado hasta aquí. El único punto que ocupo, sí. Aún no he acabado con todo esto, todavía no. Varios puntos me lo dicen. Por ejemplo, la noción de culpa sigue andando conmigo. Una amable culpa, lenta y corrosiva. Todavía no alcanzamos a ver el horizonte, pero pronto. Un poema que no recuerdo exactamente, algunas palabras nunca dichas, una mano tendida, abierta, los dedos congelados en un gesto rígido, un sentido de desastre se dibuja enfrente de un par de ojos. Sí, sólo un par. Nunca es de otra manera, sin ser observada. Y el que mira es el que calla. Puedo escuchar la corrosión, el dolor, la esperanza siendo pisoteada una y otra vez, por aquél que hace de sí un caminante, un rastreador muy estable. La sombra tirada en el suelo aún está contigo. Estaba en el suelo antes que tú. Siempre lo ha estado. Tus pasos se convierten en una línea a seguir y tú sólo sigues tus pasos, los ves bastante cautelosamente, no pierdes detalle alguno, y continúas olvidándolos tan pronto como te llegan a la cabeza. Estás caminando hacia atrás. A partir de ahora, el deseo es algo que sólo puedes recordar, analizar, experimentar a través de capas y capas de información transmitida a ti a fin de tener un acceso a tus pensamientos, a través de ese fajo de hojas sobre escritas que es llevado a todas partes. La espontaneidad descansa hasta abajo del montón, la parte que sujetan tus manos. No puedo recordar lo demás. De hecho no puedo ver qué está escrito, mis huellas digitales cubren toda la superficie. Hay notas en los márgenes por todos lados, aunque las páginas se están impecables, ni una sola señal de uso previo. En un cuarto lleno de anaqueles, llenos de montones, llenos de hojas, llenas de recuentos. El universo. Afuera llueve. El sonido entra por las ventanas, cerradas. Fotografías de atardeceres absorben la humedad de la pared. El muro está cediendo, empiezas a empaparte. Estás completamente seco, empero. Te ciega la luz que entra al cubo de concreto. Eres tú. Alguien afuera ignora que estás adentro. Por las ventanas, las experiencias pasan frente a tus ojos como imágenes en un proyector de transparencias. No entiendes nada. Pareces estar ausente, pero has estado alerta desde el principio. Te despiertas, te duermes, te despiertas, y aguantas, sigues aguantando(...)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y déjame te comento que leerte a la par que escucho a Iannis Xenakis resulta un estímulo lo suficientemente fuerte para hacerme despertar por completo.

No se por que extraña razón me acordé de caminar abrazando al misterio de mi vida, con mi cabeza pegada en su pecho mientras escucho el sonido que hace su chamarra negra de tela resbalosa y chistosa...

O.M.A.R. dijo...

Ahhh, no. Muy, muy largo. Luego lo leo.

{Ecce Lupzodia} dijo...

..y seguimos aguantando.


Tengo que comprarme ese librito (:

Un abrazo, desde la distancia ancha y ajena.