17 dic. 2009

2009

2009 OR BUST


Este 2009 aprendí algunas cosas:
Tu cuerpo, no obstante cuanto lo ignores, sirve, y es capaz de volverte una cosa poco articulada en segundos si al mundo se le da la gana.
Por otro lado, también entendí que uno merece lo que le pasa, pero tener memoria para recordar lo que hiciste para merecerlo no ayuda gran cosa (porque las acepciones de la palabra culpa suelen ser de muy poco alcance). También aprendí que si eres tan ocioso para tener un blog es porque, sin más, te gusta postear. Es una manera de decir que, desde las oficinas de redacción de El Tiene Lo Que Quería Pero Perdió Lo Que Tuvo les anuncio que estamos un poco –sólo un poco- mejor, pero de todos modos el siguiente post les debe durar un par de semanas.
Los quiero a todos.




JIM O’ROURKE | BAD TIMING | DRAG CITY | 1997
Track 1: There’s hell in hello but more in goodbye
En ocasiones, cuando una persona llega a un sitio sólo para irse, se suele recurrir a la tradicional expresión ‘hola y adiós’. Normalmente, el grado de relación entre dos personas de ‘hola y adiós’ suele ser una fruslería, pero, vale recalcar, una fruslería constante, que se recuerda con cada mínimo detalle. Una especie de declaración de guerra pacífica. Aquí, donde los saludos suelen ser efusivos en la mayoría de los casos (o por lo menos en las regiones en las que se ha dejado de practicar la antigua costumbre del gruñido y el movimiento de cola), solemos ser testigos de una engorrosa y prolongada medianía de impulsos en la que, los más hábiles, son capaces de desafanarse con facilidad. La capacidad de la memoria humana es una cosa de la que no hay por qué asombrarse dado que todos podemos ser acicates y lastres de la memoria de alguien (o de la propia) al mismo tiempo. Cuando una persona elige, por el otro lado, olvidar un rostro, una sincronía, un acuerdo, una mera formalidad, se está revirtiendo una especie de contrato no social sino humano. Se puede tolerar la debilidad de la parte física de las personas: piernas cansadas por seguir a alguien, pies cansados por esperar a un plantón cualquiera, un estómago tomando el repentino dominio de la cabeza. No obstante, la elección de olvidar, tan extendida en términos generales en pos de una ligereza sentimental y una inmediatez espiritual –por llamarla de la manera más compleja posible-, suele ser una de las pocas actividades intelectuales de uso común en el grueso de la población. Cuando reencuentras en la calle a un amigo de la primaria que, sabes perfectamente, no te reconocería ni aunque de eso dependiera su vida, es triste pero sólo momentáneamente. Por otro lado, conocer a alguien y saber, poder prever, casi predecir que dicha persona va a brillar por un par de horas y eventualmente va a desaparecer, es uno de los momentos de lucidez más increíbles a la vez que tristes en la vida. Es como si uno hubiera aprendido a hacer trampa. Cuando eres niño, la reprimenda habitual de la mentira es que ‘te engañas a ti mismo’ (lo que constituye uno de los momentos más vergonzosos en la educación de casi cualquiera), pero desde siempre sabemos que es una de las cosas más risibles que puede caber en la cabeza de un niño. Pero, cuando llegas a una edad en la que sientes que eres capaz de engañarte con facilidad, es un poco una especie de advenimiento del término de muchas cosas. Quizá seguimos hablando de vísceras actuando en maneras incontrolables, pero hay un
ejercicio mental previo.

Track 2: 94 The long way
En su libro Of Walking in Ice, Werner Herzog relata lo que le ocurrió en una caminata de tres semanas desde München hasta Paris. Ante la noticia de que una amiga suya se encontraba convaleciente, pensó que la única manera de mantenerla viva era caminar hasta donde ella estaba. Esta especie de tensión entre dos puntos relativamente inexistentes cuyo único valor radica en su posición respecto al otro apunta a dos cosas: primero, un sentimiento demasiado pesado para cargar que, no obstante, ya es demasiado tarde para decidir sobre él una vez que aparece, y segundo, la capacidad de integrar los remanentes reales de una guerra ficticia en la propia voluntad, o, dicho de otra manera, la posibilidad de pelear con tu propia sombra y sudar mientras lo haces. Cuando me enteré de la experiencia de Herzog me emocioné, porque yo suelo hacer caminatas y, aunque nunca rebasan las cuatro horas, esta idea de tensión imaginaria aunque suficientemente pesada, siempre termina dictando todos mis movimientos. No es una deriva, el vagabundeo no podría interesarme menos, si pudiera caminaría en línea recta por horas, de manera que esta acción de caminar es, realmente, un mero accesorio de un estado mental constante de algo entre angustia y opresión. Sin embargo, tienes que hacerlo. Caminar hasta donde se encuentra alguien sólo para mantenerlo vivo, caminar por horas sólo por el placer culpable de sentirte mal y poner la cabeza completamente en blanco y evadir la responsabilidad de decidir lo que sea, caminar hasta el lugar de alguien sólo para hacerte la ilusión de que ese punto al otro lado de la línea todavía existe son, aunque caminos demasiado retorcidos (o planos) e innecesarios, algunos de los pocos caminos que quedan por recorrer cuando ya no te interesa nada más. En este sentido, la rueda del hámster suele ser una metáfora algo ingenua y juguetona de ese ímpetu por hacer lo que se debe hacer sin importar lo que tengas enfrente. Por supuesto, en este caso los ímpetus, de naturaleza más existencial (pues están plenamente conectados a un individualismo feroz y simple), son encaminados al ejercitamiento de músculos y el mantenimiento de la salud de la mascota, compañero inmóvil y constante. Se dice que Camus tenía un hámster cuyo piso de su rueda no estaba hecho de acero, sino de un espejo curvado plano, de manera que el animal solía acompañar su carrera de la imagen de él mismo corriendo, sus pies, parte de su lomo. Todo su cuerpo era accesible a su vista con un leve movimiento de cuello. Solía bromear diciendo ‘déjale los datos a mi secretario’ señalando al hámster que corría sin conocimiento de causa (ni conocimiento del significado de la palabra causa), acompañado de la risa del visitante. No obstante, Camus refiere que casi siempre se trataba de una risa fingida. Solemos usar la figura del hámster para entender varias cosas: para señalar despectiva y condescendientemente al que se encuentra debajo de uno sin provecho, y para admirar al trabajador persistente o al compañero de tormento. En ambos casos, se nos olvida que, por increíblemente ridículo que sea partir hacia alguien que ya no quiere estar para nosotros, no es algo que podamos controlar y, en el menos cruel de los casos, se debe adoptar una silenciosa actitud, mezcla de parsimonia y el más elemental silencio trasladado a actitud, cosa poco practicada.

Track 3: Bad timing
Viernes: 22:30 hrs.
Sábado: 11:00 hrs, 14:40 hrs, 22:25 hrs, 23:10 hrs.
El año bisiesto más largo de la historia. Suele decirse que las personas nacidas entre el 1 de enero y el 28 de febrero de cualquier año disfrutan de un temple o resistencia ante la vida único, dado que no conocen los desfiguros y caprichos de la compensación de las horas sueltas que trae detrás de sí el 29 de febrero. Por otro lado, dos personas que se conocen en dicho día, ambos pertenecientes a los meses que le siguen, suelen experimentar una serie bastante común de desencuentros, tan común que no suele ser algo en lo que se deba reparar. Cualquiera que sea el desenlace, no deberá atribuirse la mala fortuna de una falta de sincronía a la astrología. Habiendo la cantidad de medios para comunicarse a largas distancias y en tiempos distintos (si nos atenemos al sol y cómo cae sobre el teléfono cuando uno se decide a levantarlo), es ridículo pensar que los números y los cálculos, tan viejos e insignificantes, puedan hacer que una persona intente recordarle a otra su fecha de nacimiento en cinco ocasiones y no logre nada más que el pesado e impotente sentimiento de que, pese a tus mejores sentimientos, no puedes negar una disparidad de tiempos. La vulgaridad del mundo no es algo que se discuta del todo, mucho menos cuando un corazón roto deba levantarse pedazo por pedazo del suelo. Levantar del suelo cosas que se rompen es una de las venganzas más añejas de la naturaleza contra el ser humano, y nada se puede hacer al respecto.

Track 4: Happy trails
Justo cuando entra la música empieza la escena final, que se divide en dos: por un lado, la jefa de ventas decide, súbitamente, orillarse en el camino, cosa que aunque decide casi impulsivamente le toma un par de segundos extra para entrar al pasto a lado de la carretera; son las cinco de la tarde, la luz es naranja, no me interesa la nostalgia del día que se va y el advenimiento de la noche, sino esta especie de atemporalidad de la luz de las cinco de la tarde. (anotar algo sobre el nacimiento como un continuum lleno de posibilidades). En la otra escena, el equipo de clavados amateur pone el primer pie sobre las escaleras de la plataforma de diez metros. Es la misma hora e iluminación en ambas historias. La jefa permanece un tiempo fuera del coche, apenas despegada de la puerta, recargada contra ella antes de cerrarla. Regresamos al equipo, que sube poco a poco, esta escena debe prolongarse un tiempo. La jefa, en la carretera, abre la puerta y reclina el asiento para alcanzar su señal por la que otros coches deben entender que se detuvo pero que no requiere asistencia médica. Es una hoja doble tamaño francesa que dice, en grandes letras verdes “OK”. La pone en la ventanilla trasera y regresamos a la otra escena. Los clavadistas están tocando la plataforma y empiezan a amontonarse sobre ella. La jefa empieza a avanzar sobre el pasto, pero sólo unos cuantos metros, nunca dejamos de ver su auto y los coches sobre la carretera que no dejan de pasar, la cámara va delante de ella mientras camina. Los clavadistas ya están todos sobre la plataforma, al fondo, los ventanales del gimnasio dejan entrar ráfagas de luz naranja, sin embargo no me interesa la contraluz, sino la calidez de esta luz reflejada por el agua y las paredes blancas. Vemos a la jefa de ventas sentada sobre el pasto, esta vez la cámara detrás de ella. Flash al equipo de clavados, de nuevo a la jefa, esta vez cámara delante de ella, mirando al horizonte, o a nada. Un último flash de la jefa sentada vista por detrás y el equipo de clavados todos sobre la plataforma. Justo cuando entran los trombones en la canción entran los títulos.



UNO DE LOS MÁS GRANDES PECADOS DE LA VIDA / ES QUE CUANDO EMPIEZA YA TERMINASTE / ADIOS BOCA DEL CAÑÓN / FUISTE DEMASIADO PARA VER / PERO SÓLO VINE PARA IRME
Creo en pocas cosas. No soy una persona demasiado firme. Si ahora mismo cumpliera 67 años no abrumaría a los comensales que se reúnen en mi mesa (la cual espero sea mía) con máximas a las que llegué después de muchos años de vida, ya saben, de esas personas que pareciera que cuando empiezan a hablar una especie de orden muy antiguo les da el derecho de no ser interrumpidos. Si yo tuviera abuelos, seguro sabría más de lo que hablo. El caso es que no tengo muchas máximas, de esas que pronuncias desde el principio hasta el final sin duda. Hablar sin dudar suena a pliego petitorio, y los pliegos petitorios son una de las pocas cosas en el mundo que están destinados al fracaso absoluto. Algunas de mis máximas son: Sólo las personas que más quieres pueden sacar lo peor de ti; Jamás por ningún motivo dejes propina; La clave del buen gusto radica en no insistir; La ortografía y la formalidad nos hará libres; Si exige dos llamadas no vale la pena aunque esté muy guapa. Otra de estas se ha mantenido más o menos intacta: 1994 fue el mejor año. Incluso siendo un niño (completamente indiferente a los recuentos y la clasificación de hazañas y anécdotas), ya sabía que 1994 había sido mi año. No encontré el amor, México no le ganó a Bulgaria, seguía siendo gordo y todavía no tenía un Super Nintendo, pero 1994 fue mi año. Es extraño cómo cuando algo es verdaderamente bueno las cuentas no salen y no necesitan salir. 1994 corría, y yo era feliz viendo Al derecho y al Derbez los viernes en la noche; los supercampeones de lunes a viernes; aprendiendo cuanto dato inútil sobre las copas del mundo existiera (Oleg Salenko, máximo goleador de la copa del mundo Estados Unidos 94, por si no sabían); viendo En La Jugada y todos los resúmenes de partidos varias veces al día (Orvañanos, no dejamos de extrañarte); comiendo pizza los sábados en la noche cada cierto número de sábados; admirando (con envidia) a las Águilas de Zague, Biyik, Kalusha y Cuauhtémoc Blanco; jugando Donkey Kong Country en Super Nintendo cada mucho tiempo cuando Arturo, el único niño de mi edad en mi edificio que ni siquiera vivía ahí, lo traía; siendo tolerado una y otra y otra y otra vez por la maestra Toñita, la mejor maestra que he tenido ever; dibujando el comic Los Power Borrachos, que hacíamos en las ultimas hojas de mi cuaderno Scribe un amigo y yo (del que hoy día no sé nada, salvo que es gay); cruzando los dedos cuando prendía el radio deseando que sonara cualquier canción de Ace of Base; cantando canciones de Gloria Trevi en el recreo con mi primer mini círculo de gente que, yo sabía, eran los cool del salón (entre ellos, la güera de rancho de la que estaba enamorado); vendiendo dulces de la cooperativa en el recreo con una vehemencia, poder de convencimiento, encanto, carisma, pregón y gusto que ni siquiera recuerdo (sólo un día no vendí nada: paletas de esas de dedo, son inmundas); anotando 43 goles en los recreos y festejándolos bailando La Macarena con Alejandro, el niño de 12 años con más canas que hayas visto en tu vida fuera de revistas como El Semanario de lo Insólito; recibiendo de regalo mi camiseta de la selección mexicana Umbro, el diseño más bonito en la historia de la selección; teniendo un papá prestado por unos meses; empezando a usar franelas (ya les había dicho que desde niño el grunge corría por mis venas); conociendo el zoológico y el Museo de Ripley; estrenando mis primeros tenis tipo bota marca –creo- Charly; tarareando la música oficial de la copa del mundo aunque era una cosa tipo Kenny G (y puede que fuera el mismo); sabiendo perfectamente que Zedillo sería presidente (cuando la publicidad y el aire mediático es efectivo, entonces un niño de 11 años puede saber quién va a ganar las elecciones sin problema); comprando trucos de magia que vendían a la salida de la escuela, en especial ese que hacía que pareciera que un cordón atravesaba una moneda de N$5 (la vendimia de la salida de la escuela, creo, es la piedra de toque de mi fascinación por los puestos llenos de basura, recuerdo que salir y ver tal cantidad de cosas en pedazos de plástico en el suelo me atraía como pocas cosas, pese a que casi nunca compraba nada); viendo jugar a la pareja más explosiva del mundo, Bebeto y Romario contra el más grande defensa que haya visto en mi vida: Franco Baresi, en la final de la copa del mundo Estados Unidos 94 un domingo, viendo la tele solo; viendo la repetición de la final de la copa del mundo Estados Unidos 94 ese mismo domingo en la noche comiendo pizza sin importar que terminara a las 2 de la mañana porque estaba de vacaciones; recibiendo mi único domingo de N$10 de manos de, sí, alguien que ni familia era y gastándolo en cualquier tontería y que no importara; andando en bicicleta por las calles de la colonia Del Valle; usando gorra el 60% del tiempo, sobre todo aquella que compré en la Comercial Mexicana por N$14.90 de los San Antonio Spurs, que era mi favorita; usando mi camiseta de Marvin the Martian de dos vistas tantos días como era posible; jugando futbol en el edificio los viernes hasta las 10:30 de la noche, uno de los momentos de mayor alegría que recuerdo; viendo Fly los sábados por las mañanas; escuchando Pulsar FM saliendo de la escuela y todo el día; viendo Los Polivoces a las 11:30 de la noche, hora ya demasiado tarde para mí; comprando la revista MAD en México y muriendo de risa en el Sanborn’s. Era increíble la vida de niño, sobre todo porque es una de las pocas edades que, siendo sinceros, no permite la nostalgia. Ni recordarlos con grandilocuencia en retrospectiva. No puedes añorar tus 11 años con gimoteos, te acuerdas y te alegras por un rato. Quienes hablan de la niñez con este toque de ‘esa edad dorada’ y con dejos de tristeza están exportando momentos fuera de lugar. No, tampoco puedes exagerarlos, la vida era muy simple en aquel entonces. O tal vez sí puedes, pero no sé. Con los recuentos de fin de década y la prisa por ser más viejos y reírse uno mismo al respecto, la primera década del siglo XXI puede estarse acabando, pero sólo habrá un 1994.



PENSAMIENTOS RANDOM POR LOS QUE NADIE TE INVITARÁ UNA CERVEZA (PERO SI LO HACEN DE TODOS MODOS ES QUE HAY AMOR O CARIÑO, EN CUYO CASO DEBERÍAS RECONSIDERAR TODO Y, EVENTUALMENTE, DEJAR DE BEBER, Y DE FUMAR, FUMAR ES UN HÁBITO DE MAL GUSTO; ES DE GENTE POBRE)
Muchas veces, sobre todo en conversaciones de mesa y anexas, cuando alguien aborda temas de causas y afiliaciones, de grandes compromisos, la plática se torna severa, lenta, obstinada. No porque alguien se escandalice o surja la polémica, sino porque pareciera que los compromisos son algo de generaciones más viejas y nostálgicas. No es noticia. No somos una generación de compromisos. Vimos la guerra del Golfo con poca nitidez, en un par de idiomas demasiado complicados para entender a nuestra edad, incluso para los que tenían cable. En general, vimos las guerras desde nuestro sofá comiendo Zucaritas, pensando en que podíamos postergar todo. Y cuando ese todo estaba encima de nosotros, ya teníamos un trabajo honrado y una nueva calidad moral. Tenía una amiga que solía asistir a la escuela con La Jornada bajo el brazo. Pensaba, con el cinismo propio de la edad, en cómo nadie puede dejar de ejercer su papel, en como algunos seres humanos pueden pasar horas encorvados y haciendo su labor y cómo otros puede terminar su labor y reunirse en las jardineras de las universidades del mundo. Pensaba también, claro está, en si este periódico, que manchaba las manos y pecaba de orgulloso, podía ejercer algo sobre esta juventud. Es uno de los periódicos que mejor aguantan la cerveza, y este era un dato conocido. Mientras veía a mis compañeros, más leídos que yo y de bocas más grandes, pensaba en si podían dormir tranquilos con un universo que estaba completamente lejano de ellos pero que les bastaba con ser citado. Es triste ver a tus amigos chairos, siempre, aunque no te hubieran caído muy bien. Porque en la mayoría de los casos sirven como una especie de piedra que te indica que el tiempo ha pasado y que te haces más viejo cada vez. Es algo similar a ver a los matones de tu secundaria años después. Son un recordatorio del mundo, de la parte más fea del mundo. Mientras recuerdo las pocas veces en que alguien se injuriaba por un tema demasiado comprometido para ser discutido con cervezas y música muy fuerte de por medio, no dejo de recordar a mi amiga, poco brillante y ligera, y se me ocurre que quizá el problema es este, el del periódico bajo el brazo, el del mundo citado, del que todos hablan, el de las excusas. Hace poco, en un evento artístico-cultural de jóvenes entusiastas, le comentaba a uno que recién conocía que algunos de mis compañeros de trabajo no siempre pueden asistir y hacer su labor porque deben hacer otras cosas, trabajo, cosas urgentes, y esto te jode la vida. Él, prefería enfocarse en el hecho de que tenía licencia para dejar de hacer lo que debía a concentrarse en el hecho de que no hacer lo que debes es lo que jode tu vida. Dijo No te creas, es que la situación está difícil, no siempre se puede, no es tan fácil. Este tipo, ya treintón y en pie de lucha, podía sobrevivir con una corriente ligera y afable, con ir aguantando pero siempre con una idea en el aire de una colectividad que le daba suficiente para justificarse; pero a la hora de hablar de hacer su parte, prefería excusarse: es que el mundo es más grande que yo. No, eres parte del mundo, y es una obligación tomar tu lugar. No lo haces porque quieras, porque te guste, porque obtengas placer de ello, sino porque es lo que tienes que hacer. Pero citarlo es más fácil, desata más sonrisas, risas y afirmaciones con la cabeza. Más cervezas destapadas. Quizá el mejor ejemplo de cómo basta con citar al mundo es que muchas veces solemos justificar nuestros hábitos de todo tipo, en el caso de los compromisos, argumentando que nuestra vida es insignificante, que no hace un cambio: mira wey, yo puedo dejar de comprar coca colas, pero las personas que las hace las van a seguir haciendo, y mientras todos ellos no cambien, no sirve de nada que tú y yo cambiemos; y es que no sirve de nada, tienes que aplicarte, es que todo cuesta dinero, por ejemplo, tú y yo, orita, estas chelas cuestan dinero, si las quieres las tienes que pagar, no, está cabrón; ¿cómo a qué hora cierran la tienda, no se nos vayan a acabar… y unos cigarros, de paso, no? Somos tan vanos que tendemos, también, a pensar que nuestras vidas son nuestros hábitos, nuestros momentos muertos, el tiempo que nos queda después del trabajo y el momento en que abrimos la cartera. Nos podemos dar palmadas entre nosotros y reírnos sólo con la risa del otro, pero se supone que nos ayudemos. Tal vez lo cierto y triste es que no podemos empezar a gritarnos para tratar temas importantes porque no queremos agrandar las distancias, no podemos querernos e instruirnos al mismo tiempo.



MICHEL HOUELLEBECQ ES GRANDE
Un par de días después de mi cumpleaños recibí el regalazo del año de parte de, nada raro, Tamara, vía celular. Decía así:
Oye Bob, parece que traen a Michel Houellebecq a leer poesía. No está confirmado, pero están en "plàticas."
Me emocioné como pocas veces. O como muchas, no sé. A menos que hayan llegado aquí hace un rato dando clicks para perder el tiempo en su oficina, cualquier lector término medio de este blog sabrá que Michel Houellebecq tiene preferencia aquí. Si Michel Houellebecq dice que los negros son animales, yo estoy de acuerdo, si dice que el Islam es una broma de mal gusto, estoy de acuerdo. Hay una clara separación en mi vida desde hace tres años: antes de leer a Houellebecq y después de leer a Houellebecq. Tomando en cuenta que los escritores que suelen aparecer cada domingo en el periódico (de vez en cuando en la sección de obituarios) suelen ser ancianos anclados en un tradicionalismo más nostálgico que estratégico o escritoras de pacotilla que no cargan sus bolsas del Superama, nunca me ha dado miedo decir que Houellebecq es el escritor vivo más importante que existe. La primera vez que lo leí, en Plataforma, todo el tiempo sentía que o bien podía estar hablando de mí o que yo podía haber escrito eso. Fue una experiencia, sí, un libro y una experiencia. Estaba atacando a dos flancos que se supone no salen del mismo anaquel: me estaba moviendo la esfera de la experiencia de vida (cuando sudas) y la de 'artista' (cuando aprietas los dientes). Ya habían pasado un par de meses desde que había leído La Posibilidad de una Isla, del que creo que sí, es su libro más amargado y difícil (más difícil aun que Extension du Domaine de la Lutte), así que entre el tiempo y todo, la emoción se fue disipando. No como cuando vas a ir a un concierto y recobras las ansias dos semanas antes, no, simplemente traté de no hacerme expectativas, sobre todo cuando me enteré que parte del chiste era que con él se subiría un bajista de barba de candado y pelo muy chino y largo (es uno de los fenotipos que me dicen: 'desconfía'). Así llegó noviembre y el 26 fui a Casa del Lago. No llevé ningún libro, claro, estaba nervioso pero más por posibles asistencias al evento que por otra cosa. Creo que hacía mucho tiempo que no tenía tan pero tan pocas expectativas de algo de lo que debería. Digamos que traté de apagarme y funcionó. Después del frío, los tambores chairísimos, la atmósfera ‘evento cultural literario' y los 'mira, allá anda este wey', Michel Houellebecq apareció en el escenario. Es como en las fotos, y basta con eso para una descripción. Como no tenía ninguna fe ni esperanza de nada, me movió y bastante el que Houellebecq abriera con putazos directos y certeros. Básicamente, leyó poemas de Renaissance, Le Sens du Combat y La Poursuite du Bonheur, pero abrió con un texto en prosa, Rester Vivant, de 1991. Este texto es fuertísimo, habla sobre cómo necesitas sufrir para descubrir la textura del mundo, sobre por qué sufrir no es un fin, sino que es. Dice algunas cosas reveladoras, de las cuales podrán leer algunas si saben francés (alguien déme clases):
Le monde est une souffrance déployée. À son origine, il y a un nœud de souffrance. Toute existence est une expansion, est un écrasement. Toutes les choses souffrent, jusque à ce qu’elles soient. Le néant vibre de douleur, jusqu’à parvenir à l’être : dans un abject paroxysme.
Les êtres se diversifient et se complexifient, sans rien perdre de leur nature première. A partir d’un certain niveau de conscience, se produit le cri. La poésie en dérive. Le langage articulé, également.
La première démarche poétique consiste à remonter à l’origine. À savoir : à la souffrance.
Si le monde est composé de souffrance c’est parce qu’il est, essentiellement, libre. La souffrance est la conséquence nécessaire du libre jeu des parties du système. Vous devez le savoir, et le dire.
Il ne vous sera pas possible de transformer la souffrance en but. La souffrance est, et ne saurait par conséquent devenir un but.
La timidité n’est pas à dédaigner. On a pu la considérer comme la seule source de richesse intérieure ; ce n’est pas faux. Effectivement, c’est dans ce moment de décalage entre la volonté et l’acte que les phénomènes mentaux intéressants commencent à se manifester. L’homme chez qui ce décalage est absent reste proche de l’animal. La timidité est un excellent point de départ pour un poète.
Lorsque vous susciterez chez les autres un mélange de pitié effrayé et de mépris, vous saurez que vous êtes sur la bonne voie. Vous pourrez commencer à écrire.
Después de Rester Vivant siguió con poemas, lo que, acompañado de sus intentos de seguir el ritmo de la música hizo que pareciera que poco a poco bajaba la guardia. Este sujeto, que es lo más cercano a Céline en casi un siglo, estaba en el escenario, con unos lentes, camisa y pantalón de vestir, correctamente fajado, poco a poco se hacía más y más entrañable a la audiencia. Como para dar a entender que no lo invitaron por su carisma y que todo iba en serio, cerró con Le Sens du Combat:
Comme une croix plantée dans un sol desséché
J’ai tenu bon, mon frère ;
Comme une croix de fer aux deux bras écartés
Aujourd’hui, je reviens dans la maison du Père
Es curioso, un escritor parado en un escenario leyendo sus poemas con música detrás de él y cuando cuentas qué leyó suena como si estuvieras hablando de una banda tocando sus éxitos. Es como cuando en Los Simpsons, Lisa se hace pasar por universitaria enana anoréxica y va a un bar a escuchar poesía y en cuanto empieza se emociona por reconocer lo que está leyendo. Me gustaría que mi vida se pareciera a una película, pero no a Los Simpsons. El caso de todo esto, de platicar cómo fue ver a Michel Houellebecq, es que es increíble cómo algunas cosas simplemente funcionan. Después de algunos meses de no leerlo, de un poco dejarlo de lado, de que en últimos días prefiriera un poco más a Céline que a Houellebecq (este año he citado Viaje al Fin de la Noche tantas veces que tengo ganas de leerlo otra vez, y lo empecé hace un año), escucharlo y recordar cuán grande es Houellebecq fue como leerlo por primera vez de nuevo. Es como tu cuerpo. Es raro, puedes teorizar mucho, puedes hacer ensayos y maquetas y simulacros sobre cómo se mueven los cuerpos en el mundo contigo en el centro o a lado, pero de repente algo pasa y se te revuelve el estómago, sudas, sientes vértigo, te sientes peor de lo que te has sentido en toda tu vida. Tu cuerpo, a veces más presente en archivos de Word que debajo de tu ropa, aparece, clama su lugar. Puede ser un lastre, es un lastre, pero es el único lastre que te hace darte cuenta de cosas relativamente importantes. Cuando a Platón le preguntan si se siente mal de no sentir más deseo por su edad él dice que no, que es genial ya no sentirlo. Mientras lleguen a existir inhibidores de la libido, el cuerpo seguirá siendo tan pesado y verdadero como siempre. Pero mientras, la experiencia de redescubrir algo que cambió tu vida es buena. Siempre es buena, no importa lo demás, es buena siempre. A mis 26 años ya puedo decir que he estado frente a muchos de mis ídolos más grandes: Thurston Moore (más de una vez), Thomas Hirschhorn (e incluso le hice una pregunta no del todo estúpida) y hasta Jim O’Rourke, cuando Sonic Youth vino por primera vez en el 2004, aunque en ese entonces no lo conocía en lo absoluto, pero era toda una figura, Jim se paseaba por el escenario como un dandy, se divertía tocando, lo disfrutaba y no perdía el estilo, he was having a ball. A mí me intrigaba que una banda del tamaño de Sonic Youth se diera el lujo de agregar a un elemento nuevo a su alineación, pero Jim simplemente era brillaba. Contrario a lo que pueda pensarse, estar cerca de tus ídolos no es una experiencia tan enorme, pero sí muy emotiva. Ahora aprenderé francés sólo para entender sus poemas. ¿Eso se considera como amor o como una jerarquía poco priorizada?



ES COMO LA HISTORIA DE ESTE SUJETO, SE FUE A VIVIR A UNA CIUDAD A MENOS DE UNA HORA DE LA SUYA Y ANTES DE IRSE COMPRÓ UNA CAJA DE POSTALES DE DONDE VIVÍA, LAS CUALES ENVIABA PERIÓDICAMENTE A SUS AMIGOS DESDE SU NUEVA CASA, DECÍA QUE NO QUERÍA QUE FUERAN ELLOS QUIENES PUDIERAN CONTROLAR LA MANERA EN QUE LO IBAN A RECORDAR (COMO UN BUEN SUJETO, O UN TIPO ABURRIDO, O UN TIPO INOPORTUNO O CUALQUIER COSA), ASÍ QUE TOMÓ CARTAS EN EL ASUNTO Y NINGUNO DE SUS AMIGOS PUEDE REFERIRSE A ÉL SIN QUE TODOS RECUERDEN LAS POSTALES QUE, SEGURAMENTE, YA ESTÁN EN SUS BUZONES. NO SÉ SI TODAVÍA LO RECUERDEN DE VERDAD.
Si todavía te queda un momento libre, deberías echar una ojeada a los folletos turísticos de la ciudad en la que vives. Quedarías asombrado. Se te quitarían las ganas de vivir en ella para siempre.
Douglas Coupland, Shampoo Planet, 1994
La turistización que ha sufrido la Ciudad de México durante esta década a manos de publicistas, editores, promotores y entusiastas en general ha provocado que nuestra ciudad se convierta en un punto de constantes descubrimientos por el único sector potencialmente de cambio en la sociedad: la juventud aspiracional que no le teme a la idea de ser turista en propia tierra. A través de una creencia generalizada y de acuerdo común de la entrada como quien no quiere la cosa a un mundo de consumo que no tiene complejos con la palabra occidente o primer mundo, nos hemos hecho de hábitos de consumo que nos hacen pensar que toda reminiscencia de un presente folklórico son meras bromas de un relativo y muy trendy buen gusto. Caben en una camiseta. Sólo en esta década, el consumo de agua embotellada se disparó a niveles tan desorbitados que hacen que, al menos en el papel y los cálculos, seamos una de las ciudades más maricas del país, que bebe agua de botellas que sirven de pasarela de diseño. En 2001 era plausible tener un tiempo estimado de viaje en la ciudad y cumplirlo con relativa exactitud. Para 2005 o 2006 y hasta la fecha, los tiempos promedio de viaje en el Distrito Federal se han duplicado, eso sin contar con las incesantes y politizadamente citadas en la sobremesa obras viales que han sido la constante, junto con el MUAC y la infame Biblioteca Vasconcelos, de una idea de arquitectura defeña que, si bien no muy emocionante, resulta suficiente para llenar las esperanzas de los más ociosos además de algún artículo de revista. Mientras nuestra ciudad se modernizaba, su juventud, que creció diez años a lo largo de la década, vio cómo los barrios pobres y aburridos se transformaban de residuos de una modernidad polvorienta en un acceso geográfico, arquitectónico y social de ocasión. Tu barrio, de la noche a la mañana, de ser una zona geográfica en la que asentamientos humanos dan fe de actividad y tedio en general, puede pasar a ser una especie de atracción turística que, aunque no particularmente vistosa, por medio de un acuerdo común puede resultar completamente nueva. Es como si hubieran puesto papel calca sobre las fachadas para que sólo algunos se tomaran la molestia de notar el cambio y compartir la risa con el acompañante, venidos de otro lugar, a 15 largos kilómetros de allí. Esto provocó, por supuesto, que los o las bienes raíces se dispararan en un boom inmobiliario sin precedentes. Se confundió bien vivir con de buen ver, y muchos aspectos de la vida diaria, ingenuos y ramplones, se volvieron fascinación trendy: beber agua, dietas sanas, departamentos con un leve –muy leve- tufo a viejo, la libre asociación como manifestación de una presencia sofisticada (también llamada calle llena de cafés carísimos), aceptación sin chistar de un costo innecesario de la vida especialmente en los aspectos más pequeños, ergo, más anodinos (como gastar $75 al día en estacionamientos), proliferación de tiendas de paso (Seven-11, Oxxo et al), fabricación de places to be a partir de barrios viejos que dieran una nueva idea de seguridad y calidez de hogar, además de un olor a cultura más o menos trabajado (como la modernización de la calle Regina en el Centro Histórico), en un largo etcétera. Para los barrios más alejados y carentes de atractivo, se propuso el concepto de puebleo, que consistía, básicamente, en visitar colonias con la mirada del explorador en busca de fondas y cantinas de barriada, rótulos ingenuos, parques y bustos conmemorativos por completo desconocidos, salones de baile, leyendas locales. Este sabor aparentemente del lo naco es chido realmente apostaba por una versión menos comprometida con la causa y más fashionable, algo así como el barrio también es bonito. Revistas surgidas al inicio de la década, como DF y su en ese entonces triste y fresa rival Chilango promovían una degustación de la ciudad más como un momento de diseño que como un sitio. En pocas palabras, como una serie de imágenes (por no decir cromos) de una ciudad que, pese a estar demasiado llena de sí misma, siempre parecía albergar un espacio para una novedad que no le hace daño a nadie. Así, durante la década que va del 2000 al 2009 hemos visto cómo el Centro Histórico perdió su primer plano comercial para ceder su lugar al plano turístico, cómo las colonias Roma y Condesa se convirtieron, en muy pero muy poco tiempo, en burlas de sí mismas, cómo colonias tranquilas y apacibles como Narvarte, Santa María La Ribera, Escandón o San Rafael ahora son vistas como una mezcla entre casa de retiro y suburbio pintoresco (como un lugar donde lo más emocionante que puede pasar es ir a comer hamburguesas el sábado en la tarde o ir por un helado en la esquina). Mientras creemos comernos la ciudad, tendemos a ver al otro como un fascinante momento de una narrativa megalómana y exclusiva, como el incremento de actores de rasgos semi indígenas en varias películas, el incremento continuo y seguro de documentales sensibleros sobre gente pobre y morena o, por no ir más lejos, como la revista Chilango en su número de noviembre de 2009 entrevistando a Charlie Monttana y vendiéndolo como la música que seguro no tienes en tu ipod. Siento que, mientras todo esto pasa, nuestra ciudad va a llegar a un punto en el que no podrá hacer otra cosa que echar a llorar. No tengo idea de cómo será una ciudad que llora, pero, tomando en cuenta el tipo de cambios que se han llevado a cabo o forzado en los últimos años, la idea de una implosión o un cambio estructural parecen cuentos de Hal Foster y Arthur C. Danto, así que, no habiendo mucha posibilidad para un cambio violento, se me ocurre que eventualmente simplemente estaremos algo tristes. Seguirá sin importarnos pagar $25 por estacionarnos en la calle, seguiremos pagando $42 por un café y seguiremos pagando $70 por entrar a una tocada en un bar cualquiera, pero estaremos tristes. Quizá yo vea las cosas así por haber crecido en la Colonia Del Valle, en donde el tiempo simplemente no pasa, donde los poodles nunca envejecen y no puedes notar si las hojas de la entrada de una casa se están poniendo amarillas o si ya estaban en el suelo, donde los ficus no dejan de verse como nuevos. Es un lugar lindo para vivir, no por nada es una de las zonas metropolitanas con menos cafés, menos centros culturales y menos librerías de a ciudad.



PAUL AUSTER IS A PHONIE
Ustedes y yo hemos leído libros muy malos en nuestra vida. Una vez leí Mariana, La Viuda Olmeca de una tal Patricia Zarco, una mezcla de nacionalismo versión mexica mezclado con un chairísmo ingenuo e historias mágicas. De esos que cuando quiere decir que alguien grita usa tres renglones de mayúsculas y cursivas, algo propio de una maestra de cuento de una casa de la cultura en alguna delegación en el oriente de la ciudad. Este libro era inmundo, pero lo que más recuerdo es que, aparte de una versión resumida de una obra de Sor Juana Inés de la Cruz que me hicieron leer en la secundaria, es lo único que he leído escrito por una mujer. No diré más al respecto. Otros libros los he dejado porque eran demasiado para mí, con la promesa de regresar a ellos después, como Ulises o Molloy, que así terminé. Sólo recuerdo un libro que tuve que dejar porque dije: no me vas a hablar así, Leviathan, de Paul Auster. Sé que Paul Auster es de esa banda con clubs de fans de todas las edades, y ya había leído La Noche del Oráculo antes, pero no me había caído tan de golpe. Pensaba, cuando lo leí por primera vez, que era broma, o que era cosa sólo de ese libro. Lo que alcancé a agarrar de Paul Auster era que todo se hilaba mágicamente, muy artificiosamente. Mantenía esta gran tradición estadounidense de una prosa sencilla pero como si le hubiera anexado esta también gran tradición estadounidense de hacer de tu libro un guión para una película. Pero hasta entonces, toda esta continuación de sucesos mágicos en los que todo coincide no me parecía tan alarmante. Fue, cuatro años después, al leer las primeras 40 o 50 páginas de Leviathan que me di cuenta que este tipo no era un escritor, sino un prestidigitador y un poco un cretino. Tanto que estoy escribiendo un subpost al respecto. Hay una parte en la que al protagonista-narrador (que es un escritor) le caen unos unos policías en su casa y le dicen: ‘este wey que estalló en mil pedazos con una bomba tenía entre sus cosas tu nombre y tu teléfono, ¿qué pedo?’ y este escritor cretino les dice que él escribe libros, la gente los compra, los lee, se meten en ellos, le mandan cartas y creen que son amigos del escritor, creen que el escritor es su único amigo y por eso este pobre diablo tenía sus datos. Evidentemente, el señor Auster cree que puede vivir su vida y comprar su queso y su vino en una esfera y escribir sus libros en su tiempo libre y guardarlos en otro cuarto de su casa. Uno no pretende entrar en la vida del autor, sino que éste le ayuda a sobrevivir a su propia esfera, más densa y complicada, evidentemente, que la de Auster. Uno no hace citas o lee sus obras porque quiera acercarse a esta persona (a diferencia del culto de muchos chavos a los locutores de radio, a quienes agregan en su Myspace o tratan de hacerles la plática en el Pasagüero), sino porque uno puede vivir en estas cosas, libros, arte. Puede ser que decir todo esto sea menos divertido para una novela de situaciones cósmicas como las de Paul Auster que decir que la gente quiere ser amiga de los escritores, pero uno tampoco se convence de lo contrario al leer lo que queda del libro. Al hablar sobre el protagonista-no narrador del libro, Benjamin Sachs, Auster despliega una sarta de provisiones místico-descriptivas que uno esperaría encontrar en la primera novela de un joven que gasta más en cerveza y taxis que en libros (las fotocopias no son amigas de nadie, en serio). Dice cosas como ‘no quiero hablar de Sachs con un halo de misticismo, sino hablar de este ser humano de una manera tan llana y simple como él era’ y en otro párrafo decía otras como ‘Sachs no era un innovador pero podía decir una palabra y dejarla grabada en tu cabeza por toda la vida, en él había un tiempo de otros mundos, más pesados’ y toda esa basura. En pocas palabras, que se la pasaba diciendo ‘no quiero describir a mi personaje como si dependiera de sus situaciones mágicas para hacer mi novela, pero me tomaré mi tiempo inventándole anécdotas grandilocuentes disfrazadas de simples, porque la vida cotidiana, ah, es tan mágica’. Por alguna razón la literatura que pretende hacer una idea de vida aún más casual y relajada que la vida misma suele sorprender como pocas cosas. Todo es tan arreglado, meticuloso y preciso con Paul Auster, que uno no puede dejar de pensar en una película de verano. Por supuesto, en la modalidad ‘novela de verano’, de esas que lees sobre una toalla en el jardín, a los pies de la alberca, podemos pensar en una escena linda:
-Luego me prestas el nuevo de Paul Auster, ¿no?
-Ay, lo dejé en la casa de Cuernavaca
Y entre las botellas de vino, las latas de cerveza que no se tomó nadie, los ceniceros, los lentes oscuros dejados en la esquina de un mueble, los vestigios de vida real y, principalmente, con todo el anaquel que ocupa en las librerías en la sección de Anagrama, Paul Auster puede estar tranquilo: no está para nada incómodo.



ESTE SUJETO, QUE TRABAJA EN UNA OFICINA DE 2 X 2 TODO EL DÍA, SU ÚNICO COMPAÑERO ES UN FICUS QUE DECORA PONIÉNDOLE CLIPS A LAS HOJAS. TRABAJA TANTO QUE UN DÍA EL MUNDO COLAPSA, EL CALENTAMIENTO GLOBAL HACE QUE SE DERRITAN LOS GLACIARES Y LOS POLOS SE DESPLACEN, CAUSANDO QUE LAS BRÚJULAS DEL MUNDO SE MUEVAN TODAS AL MISMO TIEMPO. SÓLO SE DARÁ CUENTA CUANDO NOTÉ QUE TODOS LOS CLIPS DE SU FICUS APUNTAN EN LA MISMA DIRECCIÓN.
Mi relación con Cortázar es difícil. Por principio de cuentas, prefiero a Borges. Aunque amé Rayuela y mucho (lo leí en 6 días y no me di cuenta), hay cosas no tanto de Cortázar sino a partir de Cortázar que no me hacen enloquecer. Durante una cierta etapa de mi vida muchos de mis amigos apuntaban a ser cronopios. Hoy día te das cuenta que este término está vetado para los mayores de 22 años, y no obstante, al menos en el papel, suena lindo eso de ir por la vida olvidando cosas, dejando caer las llaves, entrando en accesos de alegría furtiva, frotándote la cara con un gato. La sola idea hace que me den ganas de estornudar. La primera vez que leí Historias de Cronopios y Famas tuve muchos problemas, más por mi contexto socio-cultural (que en alguien de mi edad y presupuesto radicaba en los libros que hojeaba en Gandhi cada semana) que por el libro mismo: no aceptaba la idea de que se podía condescender y hacer poesía al mismo tiempo, con un nubarrón protegiéndote la cabeza del exterior. Mi vida, al menos como se alcanza a divisar a mi graciosa edad, no es como en Rayuela, más bien, si acaso, como en Molloy, ya sabes, tomando nota de todo, sin poder evadir el saludo desde varios metros antes; y la vista, en todas direcciones, pero no al suelo, nada interesante suele ocurrir allí. Cuando niño, uno de los escasos reproches de mi madre era mi postura al caminar. Por alguna razón, no me daba cuenta que caminaba viendo hacia el suelo el 60% del tiempo. Más de una vez me encontré dinero, lo que resultaba en una momentánea pero triunfante señal de éxito personal. Por supuesto, no encuentras el amor en el suelo (o al menos no preferiblemente). Ahora, que sabemos de primera -o segunda- mano que el trabajo hace que el alma se te haga cada vez más chica, es obvio que nadie arriba de 23, absolutamente nadie, se atrevería a autodenominarse cronopio. Esta vida contemplativa, como una vez escuché a alguien llamarla (una chica que estudiaba una cosa llamada Estudios Latinoamericanos) otorga muchas licencias, demasiadas. No sé, aunque suene lindo, dividir al mundo en famas, esperanzas y cronopios me suena como una cosa brutalmente coercitiva, una especie de fiesta privada en la cocina a la cual no estás invitado hasta que no muestras qué traes en la bolsa del Oxxo (y si traes algo de tu casa no cuenta, claro), pero es lindo ver en un escritor este tipo de accesos, pues uno deja de ser reaccionario con la edad, el trabajo, los tiempos de espera, y si eres escritor quizá necesites esa carta en el futuro, así que ser reaccionario es bonito en un sujeto que se relaciona con el mundo así, pero cuando este sujeto en la playa te habla de una relación mágica con la naturaleza y de una vida más ligera, sólo ves un egoísmo exorbitante, evidenciado en una cualidad especial para traducir la desventaja en superioridad moral, el compromiso en olvido y la conversación en competencia. Para empezar, no me gusta la naturaleza. Es una cubeta llena de sangre, dientes mostrados a la menor provocación y fluidos corriendo en todas direcciones, y cuando encuentras que algunas personas son capaces de comprimir esta cubeta de basura en un cuento ilustrado y contado en voz alta, tienes que poner un límite. A mí, confieso, siempre me cayeron un poco mejor los famas, más abandonados a su propio suplicio (a diferencia de los cronopios, que buscaban ordenar el mundo a su alrededor y, además, que a los demás les gustara) y más ordenados, un poco más discretos. Sería tan obvio como pedante decir que ahora, todos tus conocidos oficinistas que hacen colas en el cajero, con sus vicios y sus timbres de celular en el momento menos oportuno (que es una especie de momento extendido), son mucho más famas que cronopios, aunque siempre podemos elaborar una apología de los famas, y es que una ambivalencia cómoda. El crecimiento sólo es provechoso cuando tienes que compararte con alguien con quien no te identificas o al que sientes más abajo que tú. Así como a mí los chairos y la banda easy going me producen urticaria, llega el momento en que puedes justificar el tiempo perdido en causas insalvables diciendo que uno tiene que crecer, evolucionar, pasar a otra cosa. Una palabra con la que nadie en mi generación quería ser tildado cuando éramos jóvenes sin prisa (y me imagino que funciona igual en generaciones más jóvenes) era pretencioso. Es curioso, pues aunque estamos hablando de jovencitos demasiado emocionados para cuidar lo que dicen y olvidan, por alguna razón, la excepción de las muchas manifestaciones de este ímpetu adolescente era arriesgar y ser pretencioso. El buen gusto no hará libres, ok, pero era una especie de temor enorme, el de ser pretencioso. Esto, creo, no cambia, y quizá podamos trasladarlo a un campo más contemporáneo y decir demasiado sacrificado por la causa en vez de pretencioso, pero ambos quieren decir lo mismo: se ve mal que no puedas despegarte de eso que te tiene anclado. No comparto el culto a flotar, y creo que no es sino hasta ahora cuando te das cuenta que necesitas pecar de pretencioso para decidir no flotar y anotar autogol, si es que sigues jugando en el mismo equipo, si es que alguna vez estuviste en al alineación. Aunque, lo acepto, quizá me parece así porque los artistas son (somos) cierto sector de la sociedad al que algunos privilegios muy ambiguos le permiten comportarse de una manera que no se espera del adulto promedio. Es como cualquier otro sacrificio, ganas cosas pero pierdes otras, y así. Pero, y este pero es importante, uno de estos privilegios no es el de poder comprar cervezas entre las doce y las seis, y es importante saberlo. Quizá, un resumen más o menos coherente del último párrafo (que no es corto, lo sé, pero esto no es una disculpa) es decir que en Twitter no hay un solo cronopio, y tal vez esta figura pretenciosa nos sirva para entender el paso aparentemente inconexo del Blog al Twitter. En cualquiera de los casos, así como alguna vez dije que nadie dice no en un blog, nadie en Internet en general suele ser humilde. Y, como punto final, valga decir que compré mi edición de Historias de Cronopios y Famas con un cupón de Gandhi, el cual sólo te dan dependiendo de un porcentaje de tu compra en los días de promoción. A la salida de mi compra, una marcha gay sobre Av. Juárez, pero era demasiado tarde y estábamos aburridos, lo vimos todo desde la banqueta y luego nos fuimos.



EL ÚLTIMO POST MALA ONDA SOBRE MÚSICA POCO IMPORTANTE (QUE NO OBSTANTE HAY A QUIENES LE IMPORTA) DE ESTE AÑO
En Ampliación del Campo de Batalla, Michel Houellebecq le da una patada a una cosa que normalmente nadie patea en el mundo del post adolescente y el adulto contemporáneo, o al menos no en el de estos tiempos: la música. En el severo capítulo 3 de la primera parte, dice:
No obstante, queda tiempo libre. ¿Qué hacer? ¿Cómo emplearlo? ¿Dedicarse a servir al prójimo? Pero, en el fondo, el prójimo apenas te interesa. ¿Escuchar discos? Era una solución, pero con el paso de los años tienes que aceptar que la música te emociona cada vez menos
¿Se acuerdan cuando hablamos de cómo dedicar la vida a servir a los demás es, de hecho, una cosa increíblemente cobarde? En Slacker, de Richard Linklater, cuando sale este tipo que en los créditos llaman 'Based on Authoritative Sources' dice exactamente lo mismo: es más fácil dejar que te pisen los que se supone que no pueden caminar que ir y encarar al mundo. Estamos en navidad, así que les regalo el dialogo:
-See, we’re conditioned to assume that suffering is bad. It’s not. See, when you pity someone all you’re able to see is this base creature in them. You can’t see any true potential.
-I think it’s their potential I do see.
-But it’s like all these futile causes that you fall into. They all stem from a certain weakness. You know, psychologically, helping everyone else is easier. It’s an escape from working on yourself, from perfecting yourself.
-Yeah, Mr. Perfect here. You know, that’s what I hate, when you start talking like this. It’s like you’re just pulling these things from the shit you read. You haven’t thought it out for yourself, no bearing in the world around us… and totally unoriginal. It’s like, you just pasted together these bits and pieces from your authoritative sources. I don’t know. I’m beginning to suspect maybe there’s nothing in there (señala a su corazón).
Pero yo hablaba de música. Cité esto de Houellebecq porque tenía un par de años que la música me daba prácticamente igual. No compraba discos nuevos. En Malacara, Fadanelli decía que cuando dejas de escuchar los discos que te han acompañado es como si te estuvieras despidiendo, y estoy un poco de acuerdo. Del año pasado a la fecha más o menos, por varios motivos de hecho, he recuperado esto de escuchar discos, darle tiempo y lugar a la música. Por eso es que es más o menos frecuente que escriba de discos aquí. No recuerdo exactamente quién dijo que el futuro de la música estaba en los jingles. Creo que fue Brian Eno. Como sea, suena triste, pero nadie le hace caso en su momento a las declaraciones que empiezan anticipando lo peor; es una especie de acuerdo común: no vamos a dejar que nadie se quiera creer más listo que uno. Estaba escuchando hace rato Epple, de Röyksopp. Greñas me preguntaba si no iba a ir al concierto. Le respondí con el mismo ímpetu con el que le respondí si íbamos a la playa: "No", y no dije más. Acompañando la pregunta hacía la tonada, 'tu ti tu ti tu’. Mientras hacía lo que hacía escuchando Epple (colgar una caja de cartón en la pared), pensé en lo que decía Eno y en cómo nos basta con eso, con tu ti tu tis, chicas frente a un teclado, copetes a ras de cejas, tenis de colores y una inoperancia compartida entre la banda y el público. Grosso modo, es un jingle. Pensaba cómo en las películas (por poner una situación bien delimitada), cuando un personaje pone una canción, con todo el tiempo y atención que merecería, hay una sensación de algo, de que esa canción es importante, existe, de que es una cosa. Un ejemplo: En Buffalo 66, cuando el papá de Billy Brown le canta 'Fools Rush In' a Christina Ricci, las luces se apagan, el tiempo se detiene, este hombre se vuelve un recipiente de esta canción, esta-cosa-que-existe que alguien escribió y compuso muchos años atrás. Cuando termina de cantar vuelve a ser el white trash amargado que es, pero el tiempo que cantó el mundo se vio obligado a ceder. Cosas como el tu ti tu ti de Röyksopp sirven para tenerlas de fondo mientras clavas un cartón en la pared, pero no hacen que el tiempo se detenga. Podrá decirse que es música electrónica y que oye bob, no seas amargado man, para eso es, y no, está padre tener a Röyksopp sonando mientras haces algo, pero tampoco me imagino que las películas del 2040 tengan momentos en que alguien cante Take Me Out de Franz Ferdinand o Patins de CSS o a los Yeah Yeah Yeahs (aunque, triste es decirlo, a juzgar por el perfil de su vocalista es probable que el mundo sepa de ella durante un buen tiempo, puede que hasta termine su carrera y viva de las rentas de ser una vocalista hasta que sea vieja). Hace mucho tiempo escribí sobre cómo los iPods son el punto culminante de una era de gadgets y que a partir de entonces sólo veremos variaciones hasta que la tecnología digital llegue a un punto y aparte y que eso es una especie de analogía de nuestra capacidad de asombro. Creo que en música pasa algo similar. En Conceptual Art (librazo, consíganlo como sea), Tony Godfrey apunta cómo la pintura modernista de la posguerra era una especie de afirmación no muy consistente: 'Soy arte porque me parezco a otras obras de arte'. Si mi banda de letras chistosas y teclados de juguete weeey suena a otras es el crimen perfecto. Tantas variaciones en la música de los últimos siete u ocho años no tienen que ver con falta de talento, creo, pero creo que sí con una especie de sensación de que es suficiente con esto, que no es necesario más. En el texto de Jim O'Rourke que cité en el post de los cincuenta y tantos discos dice que escuchar es una experiencia, no consumo; que el que música de los últimos años esté hueca (literalmente, revisen, aunque no es un texto de hoy) se debe a que se favorecen aspectos meramente estéticos. Es una manera algo complicado de decir no sólo que todas las bandas hoy día (sea indie, electrónico, garage clasemediero o Seven-Eleven pop) suenan igual, sino que, al parecer, así está bien. Es una especie de idea de equilibrio nada del otro mundo: la enorme mayoría de estas bandas vienen de clase media. Si todos sonamos a fiesta teenager todos nos vamos a divertir, ¿qué problema tienes con eso? Esto es aplicable a muchas bandas, incluso a esas que aún retienen el respeto de los más quisquillosos, como Café Tacuba, Molotov o Radiohead, et al. Es quizá el mismo principio el que hace que Zoe sea visto como una banda honda y profunda: entre tantas bandas de chido wey o de inglés de Interlingua, la banda que tiene un vocalista de bigote de Coyoacán que usa un chal y un gorro se ve muy original. Con Café Tacuba el golpe fue más de golpe, casi de retiro voluntario. Café Tacuba firmó su acta de defunción en 2003 con el Cuatro Caminos: decidieron jugar a hacer las mismas cosas que hacían antes pero más electrónicas, lo que de este lado del río Bravo se traduce en ay qué cotorro suena son muy originales con razón son la banda de rock mexicano más importante. Algunos ilusos incluso los compararon con Radiohead (comparación perfectamente válida, pero no en ese momento, sería exacta si no hubiera coincidido con Hail to the Thief, sino con In Rainbows). Así como Radiohead pensó que podían vivir de las rentas semi electrónicas que salieron tras Kid A (estoy de acuerdo, su mejor disco) y se dedicaron a repetir estructuras pretenciosas (Amnesiac) y loops increíblemente conformistas (In Rainbows), Café Tacuba creyó que con más de diez años ya merecían dejar de trabajar. Cuatro Caminos es arrogante, pretende verle la cara a sus fans, es el disco de una banda que tenía camino hecho cantando feo y escribiendo letras simplonas que pensó que al agregarle el plus curioso de los beats y los sonidos pegajosos se había sacado la lotería. Y de hecho, todo lo indicaba, el disco fue un hit y la gente se acordó de ellos, pero no duró mucho, a lo más dos años, pero eso no habla de la vida de la música, sino de la promoción radial. Algunos años después, haciendo zapping, me encontré con el vocalista (ahora con un nombre que bordeaba peligrosamente lo exótico-espiritual) en un canal donde pasaban músicos de poca monta, creo que era en cable. Era el fin: tenía un beat constante que no cambiaba en horas, tenía una escenografía de un jardín con hongos que evocaba a un Takashi Murakami pero en versión lesbiana, traía un sombrero en forma de hongo, cosa que él entendió como una invitación a que nadie, por ningún motivo, le viera la cara, no abandonaba la voz horrible y, lo más triste, le acompañaba la que parecía ser su esposa, con unos siete meses de embarazo, también ataviada de hongo pero con el vientre dejado al aire con una playera pequeña. Desde entonces, Café Tacuba ha invertido más en sus carreras de solistas que en elaborar algo nuevo, e incluso lo aceptan y organizan conciertos conmemorativos. En el caso de las bandas nuevas, que es de lo que estábamos hablando, hay menos tragedia y más autocomplacencia inofensiva (sobre todo inofensiva). Es cierto, ha habido algunos intentos más arriesgados entre la música popular, como The Mars Volta o Clap Your Hands Say Yeah!, pero si preguntas nadie te va a decir que son las bandas más importantes de la década. Esto no es un factor de popularidad simplón, es importante de anotar, sobre todo porque son bandas que estuvieron en el radio y nunca aspiraron a ser héroes marginales: en 1999 los recuentos señalaban ídolos comunes, en resumen, el alternativo. Había una especie de sentimiento general. Hoy día eso no pasa ni siquiera cerca. Algo que se veía desde los primeros años de la década es que esta no iba a ser la década de las super bandas y de los ídolos. Esto produjo, por ejemplo, que la figura del rockstar sea tan antagónica a la de la década pasada y que en estos últimos diez años haya habido una cantidad tan descomunal de tours de reunión y despedida (el ejemplo más simbólico y triste son los más de cincuenta conciertos que Michael Jackson ya nunca dio). Es curioso: los músicos viejos podían hacer cantidades millonarias tocando las mismas canciones cada cierto tiempo y a los músicos nuevos les bastaba con sonar como sus contemporáneos. Ese mismo día de paseo con el greñas, hojeando libros, veía este donde salen bandas del DF, 'Sonidos Urbanos'. Hay una gráfica en la que aparecen las bandas que son citadas como influencia con mayor frecuencia. Led Zeppellin, Pink Floyd y Bowie liderean. En la semana pensaba en cuán insolente puede ser esto. El mundo avanza, los seres humanos tratan de crear, y un niño de 22 dice que sus mayores influencias son las mismas que las bandas de 20 años antes citaban. ¿No es una grosería que Kraftwerk le abriera a Radiohead? Escribo tanto y tan mal de esto porque esto de terminar la década y que nadie se tome la molestia de hacer recuentos me llama mucho la atención. Desde que empezaba, por ahí del 2001, me consternaba no saber cuál iba a ser el cariz dominante de los dosmiles. Ya he escrito de esto, y creo que podemos resumir la música de esta década en tres líneas:
Absoluta carencia de sentido del humor y una abundancia enfermiza de sorna
Un tremendo simplismo musical, en el mayor de los casos más por arrogancia que por falta de talento.
Una preocupación por la producción nunca antes vista




TÚ Y YO AMAMOS LOS RECUENTOS, UN BLOG ESTÁ MÁS CERCA DE UN CANAL DE TELEVISIÓN QUE DE UN LIBRO, YA DEBERÍAS SABER

Mis discos y películas de la década, si me permiten:


Discos:

Plastilina Mosh / Juan Manuel, 2000
Jim O'Rourke / Insignificance, 2001
Sonic Youth / Murray Street, 2002
Fiona Apple / Extraordinary Machine, 2005
Clap Your Hands Say Yeah! / Clap Your Hands Say Yeah!, 2005
Entre Ríos / Sal, 2003
Brazilian Girls / NYC, 2008


Películas:

Takeshi Kitano / Dolls, 2002
Matthew Barney / Cremaster 3, 2002
Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll / 25 Watts y Whisky, 2001 y 2005
Carlos Reygadas / Luz Silenciosa, 2007
Harmony Korine / Mister Lonely, 2009
Cualquiera de Michel Gondry (no es fanatismo from hell, en serio, piénsenlo, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, La Science du Rêves, Be Kind Rewind, la que quieran es mejor que lo que proyectan en el cineclub de tu escuela)
Julian Schnabel / La Scaphandre et le Papillon, 2007

Sólo leí unos cuantos libros escritos en esta década, pero seguro más de uno pondrá a La Posibilidad de una Isla entre los primeros.


Y regresando al 2009, ustedes y yo amamos los recuentos anuales también:

La mejor película que vi este año: empate entre Mister Lonely de Harmony Korine (2009) y Slacker de Richard Linklater (1991)
El mejor disco que escuché este año: Eureka, de Jim O'Rourke (1999)
El mejor libro que leí este año: Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury
La mejor expo del año: empate entre Doblar a lo largo de la línea de Guy Ben-Ner en el MACG y Elefante Blanco de Franz West en el MTAC
El mejor concierto al que fuí este año: Keiji Haino en el Lunario
Campeones del año: Greñas y Elso que tuvieron los puntajes más altos en mi test de Facebook
Mi mejor día del año: Miércoles 25 de Marzo
El peor: leer post anterior
Mejor blog del año: Poala posteó más seguido 
Mi persona favorita del 2009: Elso por invitarme a ver a Keiji Haino
El día en que más fuerte grité: El domingo 25 de Octubre Aquivaldo Mosquera anota gol al minuto tres en el super clásico América-Chivas en un Cinépolis repleto de gente con camisetas del América y lentes de 3D
Pulgares arriba por:
-Cuauhtémoc Blanco, el mejor futbolista mexicano en activo, de vuelta en la selección.
-Descubrir a Jim O'Rourke
-6 años y medio y Cruz Azul no le gana al América
-Chucho Ramírez encontrando una alineación moderadamente efectiva en el América
Pulgares abajo por:
-La convención internacional de buitres llamada Michael Jackson
-El conservadurismo zacatecano y segundotiempista de Chucho Ramírez
-El peligroso retorno del PRI a la política nacional y que esto no es, triste es decirlo, el peor escenario imaginable
-El descenso de popularidad de los blogs a favor de el tráfico está horrible y no me dio tiempo de comer, quiero mi camitaaaaa posted 25 minutes ago from Twitter
Cosas que ojalá pasen en el 2010:
-Que me paguen por escribir las tonterías que escribo en este blog
-Ser guionista de cine y que Michel Gondry dirija mis películas
-Que Poca Cultura de la Gente Alta ya sea un hit de los festivales de avant garde
-Que algún museo / coleccionista nos traiga una expo de Sam Durant o Mike Kelley o David Shrigley
-Que venga Jim O'Rourke
-Que estrenen Untitled The Movie, L’Epine dans le Cœur (la nueva de Michel Gondry, sobre su tía que era maestra rural), Trash Humpers (la nueva de Harmony Korine), encontrar Love Liza de Todd Louiso, ver lo que sea de Herzog y comprar Jamaica Bajo Cero en DVD.
-Que Twitter estalle en pedazos el mismo día que el Metrobús y nadie se entere por Facebook.
-Que los ejecutivos se animen y produzcan Se Vale, La Película