16 feb. 2013

Dos momentos de humanidad nivelada


Humanidad nivelada hacia abajo
Oscar Pistorius no es un super hombre, como tantas veces se dijo. Durante años, Pistorius, el atleta sin piernas que corría en competencias no paraolímpicas (o sea, de personas que sí tienen piernas), era la ilustración obligada de centenares de historias de superación personal de las desgracias humanas naturales, el ícono del héroe que se sobrepuso a su discapacidad en un terreno donde normalmente quienes están completos no suelen entrar como su primera manera de sobreponerse al mundo necesariamente: el cuerpo. La consigna de Pistorius era simple: "he rebasado mis niveles, puedo correr con atletas comunes y corrientes (sobre si unas piernas de grafito de hecho facilitan la locomoción por el cambio de impacto en una extremidad que sólo tiene la mitad de músculos jamás se habló, sólo de lo horrible que es no tener piernas), déjenme integrarme al mundo de la normalidad", y lo logró por medio de lo extraordinario. Hoy, Pistorius no sólo se ha reinsertado en la humanidad promedio al vencer su discapacidad y crear historias de grandeza humana, sino que se ha reinsertado en el mismo nivel que los demás, atletas o no: ahora, sus narrativas también se han nivelado: ya no gana competencias, ahora mata gente. Pistorius mató a su novia super modelo (otro momento de grandeza extraordinaria pero depositada en el trofeo que una esposa super modelo representa), supuestamente, en una confusión debido a su paranoia por la seguridad en su hogar. Atrás quedaron las historias de super humanidad al correr con piernas artificales, la de Pistorius ya es la misma historia que podría protagonizar cualquier linebacker negro promedio de la NFL, un futbolista retirado, un magnate loco buscando un pedazo de paraíso en el Caribe, es decir, un O.J. Simpson cualquiera. Pistorius podrá pasar a la historia por vencer corredores que no tuvieron ningún handicap, pero ha trascendido su propia humanidad al sumarse al lastre de las desgracias humanas-sociales. 





Humanidad nivelada hacia término médio
Mientras escribo esto escucho un concierto de Hatsune Miku en Tokyo en 2011. Para quienes no conozcan el concepto o, como dice su página, "el movimiento", es mucho más complejo de lo que parecería (me tomó dos leídas en Wikipedia). Yo pensaba que se trataba de un holograma de una chica japonesa dibujada en todo el estilo que cantaba y movía a multitudes, pero parece venir de mucho más atrás: al parecer, se trata de un software que te permite crear una voz que canta, hecha de samples de voz de una actriz y programados para poder formar palabras. Al parecer, el software fue un éxito monumental, y miles de canciones se hacían en todo Japón por usuarios del software, todos a autoría de Miku. No fue sino hasta que el programa ya era todo un fenómeno que se les ocurrió darle una persona, y fue cuando se le agregó la chica que, según Crypton, tiene 16 años, nació un 31 de agosto y mide metro y medio. Miku es una de 3 vocaloids, que creo es como se llama a estas versiones del programa (las otras son una chica de pelo rosa y unos gemelos, y si no, ahí está el link a Wikipedia, holgazanes). La cosa es que, por donde lo veas, es algo hermoso. Algo que nació como un software, un programa que te permitía tener la voz suave y tierna de una japonesita, que fue formando una producción de miles y el público mismo impulsó la creación de la persona. Es como si hubiera salido de la mente ociosa de Dan, Michael, Bug, Todd, Karla o incluso Ethan, en Microserfs. Si no han visto un concierto (en Youtube, sí) de Hatsune Miku, no han vivido. La gente llena los escenarios, acompaña todas y cada una de las canciones que canta en 100 minutos con luces de neón y no dejan de corear las canciones e incluso responderle al holograma que está delante de ellos, entre los músicos. Lo más hermoso de Hatsune Miku es que no se trata de un capítulo de Dragon Ball: Miku baila como una persona común y corriente, sin movimientos exagerados, no vuela, explota ni lanza rayos, a lo mucho desaparece en el muro oscuro frente al que actúa y se cambia de vestuario. Es una persona virtual dando un concierto.





Recuerdo que a mediados de los 90's, todo el mundo se desvivía hablando de lo virtual, de realidades simuladas, de espacios tridimensionales digitales, de androides y humanos robóticos. Ahora, en Japón, ya existe esto, es una chica que nació como un software, que canta la voz que le dan usuarios, productores, músicos o aficionados, que llena estadios, que la gente establece puentes de empatía con ella (mírenme, hablo del holograma como un "ella") y es capaz de hacerte sentir que se te va la voz mientras canta las canciones que te sabes (que no son pocas). ¿Y alguien lo menciona? Es como si la humanidad ya tuviera frente a sí esa humanidad nueva que durante años se paró el culo diciendo que sería lo máximo y, como no es una Robotina que lava los trastes y te trae las pantuflas, se relega al campo del fanatismo adolescente oriental, como si no fuera nada. Ver a Hatsune Miku cantar Albino, Torinoko City o Popipo me ponen la piel chinita, cosa que muchas tantas otras cosas reales en el mundo no logran. Lo que más me gusta es que, precisamente, aspira a una normalidad creíble, a un cierto nivel medio tan humilde y franco que, rara vez, suele ser una meta en un espectáculo.

12 feb. 2013

Golbat Espiritual

¿No les ha pasado que ven a gente mucho mayor que ustedes hacer bromas pésimas, similares a las que uno hacía en su adolescencia, como entre los 18-21 años, y piensan: "quizá nadie le advirtió que estaba atorado en la mitad de su vida y ahora estar atorado debe ser para él como un modus vivendi digno, jocoso, rentable y hasta provechoso"? Sientes que si alguien hubiera venido a ti a tus 21 años y te hubiera dicho: "eres un horrible ser humano", lo habrías sufrido, afrontado y eventualmente seguido con tu vida, habrías seguido creciendo, pero nadie lo hizo, y ahora eres como uno de esos Pokemones que ya no crecen más, como un vulgar Raticate o un Golbat. Coupland, en Generation X, menciona la carta que según Rilke todos tenemos al nacer y que, si hacemos las cosas bien, seremos recompensados pudiendo leerla antes de morir (algo así). En ese mismo orden de ideas y siguiendo con la analogía Pokémon, todos deberíamos tener en nuestra vida la posibilidad de apretar B mientras evolucionamos para no crecer a lo idiota y, a la vez, una roca (del tipo necesario, recuerden, eran: lunar, de fuego, de agua y eléctricas) para afrontar esos momentos donde no crecimos con igual cantidad de dignidad (cero) pero aún con la posibilidad de crecer aunque sea con una marca de tonto en la cara. Nadie quiere llegar a la mitad de los treinta siendo aún el bufón de la clase, y nadie, mucho mucho menos, quiere llegar a la edad que sea siendo de los que les aplauden. Al final, si la vida es una fiesta (la peor analogía que vas a encontrar en toda tu vida), el objetivo de ella depende en llevarte al menos tarado contigo, dormido y borracho, en tu carro rumbo a su casa o, peor, a la tuya, porque no tiene cómo llegar o vive demasiado lejos. Todas estas cosas uno las piensa en su momento, pero nadie se pone a pensar en apretar B cuando el A hace más cosas.