11 nov. 2012

Marge, creo que odio a Wes Anderson

Es curioso. La década pasada y lo que va de esta los cines han estado
no llenos, sino infestados de películas de superhéroes de cómics y
adaptaciones de libros de literatura fantástica. Nunca antes la
industria cinematográfica comprobó con tanta fuerza que los nerds
pagan y pagan muy, muy bien. Han sido doce años de una 'voluntad
mundial' casi vegetativa por creer ficciones espectaculares sin
importar lo interesantes o insignificantes que sean. La misma gente
que en sus años de estudiante iba cada semana llena de curiosidad a la
Sala Julio Bracho, ahora paga seis veces más por ver The Avengers, y
no sólo eso: agradece como nunca antes esos 90 minutos de distracción
una o dos veces a la semana después del trabajo.

Más curiosamente, uno pensaría que una reacción natural del sector
post-juvenil de aspiraciones semi-cultas seria endurecer sus gustos
(algo que más o menos pasó a principios de los 2000, cuando el cine
iraní, brasileño, francés-donde-no-pasa-nada y documental eran ley
en las muestras de la Cineteca), pero no, la misma fantasía (aunque
atrozmente sublimada) ha sido la reina del "cine de autor" en los
últimos años, y para muestra, una legión: la Cineteca anunció hace
rato que los boletos para todas las funciones de hoy domingo para
Moonrise Kingdom de Wes Anderson están agotadas desde la mañana. Esta
debilidad por lo fantástico (sublimado o lleno de explosiones) no
funciona en todas las esferas de nuestra vida, pero sí se encadena con
ellas. Hace doce años nuestra sociedad estaba dispuesta a creer que si
tocabas las canciones de Gloria Trevi al revés contenían mensajes
satánicos. Ahora, con tantos reality shows y una programación
televisiva cada vez más declaradamente mala (piensen en cualquier
telenovela o programa de comedia de tv abierta de 2000 para acá que
valga algo la pena), nuestra sociedad es una sociedad seca que ya no
está dispuesta a generar una voluntad por creer en nada. El mejor
ejemplo de esto es el culto por los zombies: que te guste un fenómeno
narrativo tan, pero tan, tan barato como los zombies es casi como si
te gustaran "las películas de acción" o "la pasta", es decir, está
apenas un grado arriba de cero. Esta misma atmósfera de aridez
narrativa y efectismo estético también ha provocado una música
popular de chavos que no tiene ni un gramo de sentido del humor (y son
estos mismos jovenes de 22 años quienes adoran lo vintage, souvenirs
de tiempos que no vivieron).

Odio a Wes Anderson, y lo odio porque sus películas abusan
groseramente de efectos. Los personajes están diseñados para ser
personajes, sin importar que sean posiblemente creíbles o no, sus
historias son historias baratas envueltas en diálogos lentos que se
desenvuelven mágicamente en lecciones bellas y mágicas de vida, la
narrativa es blanda, sin obstáculos, su dirección de arte es una
pasarela de lo trendy y su música es una colección de canciones para
sensibilizarse al grado cero, donde cualquier explosión microscópica
puede ser una anécdota, un montón de cronopios sentados frente a la
cámara esperando que el público vea sus almas. Es algo más o menos
similar a lo que pasa con Adventure Time (donde los personajes están
demasiado diseñados y el conflicto narrativo siempre se arregla con
magia y una entrañable lección de amistad de la que es difícil
resistirse) o las novelas de Paul Auster (donde el destino mueve todo
para compensar la falta de un nudo digestivo narrativo con una popó
gigantesca e inesperada).

La primera vez que vi una película de Wes Anderson estaba
prácticamente siendo vigilado para ver si me gustaba. Un acto
narrativo es un acuerdo no escrito donde uno está dispuesto a creer lo
que alguien más inventa, así se teje una relación de empatía o amor
por el mundo, pero no entendía por qué debía creer algo que no
estaba inventado, "hecho", sino inventado "armado", como una mentira
grosera. Por eso odio las (malas) obras de arte que usan al fútbol
como tema curioso: no se involucran con algo, así que lo toman como
una mentira que seria chistoso creer y que seria padre que los demás
también rieran con ella sin mayor compromiso (como la escultura del
cabezazo de Zidane afuera del Pompidou). Esto es lo que me irrita: una
imposibilidad para estar dispuesto a creer algo intercambiada por la
voluntad de consumir estructuras narrativas ligeras y llenas de
adornos, incluidos los adornos morales y estéticos. Pero se los dice
un sujeto gordo que quisiera que volviera a ser 1990 todos los días y
que pasaran las películas de Harmony Korine en la tele, así que no se
tomen esto en serio.

PD. Suzy se muere en el huracán.