23 ago. 2012

Social Media (parte II)





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Dia uno


Mi primer día de trabajo me recuerda más y más los primeros días de secundaria: el lunes sólo vas a conocer a los maestros, sin tareas, sin pendientes, tranquilo, nadie se exaspera, es como un pacto de civilidad entre docentes y alumnos. Ayer le dije a mi -entonces aún no- jefa que una de mis particularidades era no tener computadora más que una PC vieja que se conecta a internet con un cable de teléfono; me respondió que me prestaría la suya mientras ella trabajaba en la de la empresa, que no había ningún problema. Técnicamente no estoy obligado a tener una laptop y llevarla al trabajo en tanto que "la institución debería hacerse cargo de esas cosas", pero luego recordé que casi todas las cosas que hasta ahora sé de "la institución" se oyen turbias. No sé de dónde saqué esa visión empresarial donde cada parte del cuerpo corporativo desarrolla su función con corrección y eficacia en vez de que unos lleven su laptop, otros tengan un pasillo por oficina y los cheques lleguen a nombre de una empresa que suena a fantasma. Creo que debe ser una actitud de defensa: puedo adaptarme a las precariedades de la organización humana (lo cual conlleva negociaciones y desgastes) o puedo actuar como si nada me importara, respetando el código básico a prueba de errores. Elijo la segunda. Llegué, me senté en el lobby y esperé a que llegara mi jefa con su computadora. Sí, una MacBook. Pro.

¿Han escuchado la expresión "sultano o fulano es un accidente de coches" cuando una persona está llena de basura, un pasado oscuro y una vida conflictiva? Es decir, una persona a quien definitivamente no debes acercarte. Bueno, mi jefa es un accidente de coches donde sólo hay un rayón y los dos conductores quieren que el seguro les reponga el coche entero.

Decía que este primer día me recordaba a los días de aclimatación en secundaria, cuando ni siquiera llevas útiles y algunos hasta traen un cuaderno profesional en una bolsa de la Comercial Mexicana (esa imagen nunca se me va a borrar de la cabeza), porque me pasé toda la mañana platicando con mi jefa en su oficina mientras esperaba a ver a qué hora sacaba su Mac de su costosa maleta-estuche. Durante más de 3 horas, Frida (sus apellidos son largos, uno común, el otro impronunciable, además de un segundo nombre disfrazado de inicial en su tarjeta de presentación) me contó a grandes rasgos su vida, como supongo cuentan todas las personas a quienes van a estar a su lado por un periodo de tiempo indefinido, una especie de biografía predeterminada que todos tenemos guardada y lista en caso de conocer a un desconocido que decidimos se volverá importante por una u otra razón laboral o humana (yo tengo la mía, y entre los detalles que le daría a conocer a alguien en ese caso están: mi padre era arquitecto, me educó la televisión al 100%, me gustaba coleccionar cosas desde niño, no tenía amigos en mi colonia). Me contó qué hacía en esa ONG (decirle así me recuerda a ING y por un momento me veo trabajando en el Twitter de una aseguradora) y después se desplazó a chismes de oficina a manera de presentación no presencial y a distancia del personal o mera plática trivial (lo último de lo que hablábamos antes de que la conversación muriera fue de los recorridos hasta la oficina y el tráfico). Después de recordar varias partes intercaladas de la conversación, digamos que esta es la biografía que armé de ella:

Hija de un economista y una arquitecta y criada en las inmediaciones residenciales de lujo del Metro Copilco, F., primera de dos hermanas, quiso trabajar en el mundo de la moda -o algo así- desde la preparatoria. Pudiendo ser ella misma modelo (no la he descrito, pero imagínensela como cualquier mexicana de raíces europeas: alta, cabello chino largo y voz de esas que hace que parezca que está a una noche de quedarse afónica), sus raíces pequeñoburguesas intelectuales le dictaban, con susurros burdos e imaginarios, que ella no estaba para ser una corriente modelo (sólo algunos afortunados habrían podido verla en un pequeño pop-up que una tienda de ropa sobre Miguel Angel de Quevedo, en Coyoacán, alzó con su imagen cuando ella tenía 16 años, si es que el viento o la lluvia no se lo llevaron). Trató de estudiar diseño de modas en una universidad en Madrid (según ella, irse a España era obligatorio, lo de estudiar diseño de modas más en serio vino después), luego se decantó por ser maquillista y eventualmente tuvo que regresar a México para obtener un trabajo de verdad: administrar los tres departamentos y una casa de su padre en las colonias Del Valle y Narvarte (en uno de ellos, ella vio la luz y vivió sus primeros 11 meses de vida, antes de mudarse a una casa con aire provinciano al sur de la ciudad). Eventualmente, luego de una vida de fiestas y tacones, comenzó a trabajar como publirrelacionista y anexas por amigas de la infancia que estudiaron comunicaciones en la Anahuac. Su hermana es economista. La vida no es justa, pero equilibra las cosas como esas chinas que giran platos sobre palillos mientras están sobre un trapecio.

Las oficinas rentadas por esta ONG son lo suficientemente espaciosas y bien ubicadas en la Ciudad como para sospechar más y más del origen de sus fondos y, al mismo tiempo, lo suficientemente compactas y corrientes para pensar que en realidad se trata de un festival cultural mal financiado. Distribuyendo a todo su personal en dos pisos del edificio (no completos, compartidos), el área de relaciones públicas parece ser una antigua oficina grande que un día amaneció invadida por muros de tablarroca. Tiene un aire californiano á la Frank Ghery, como si Franz West la hubiera planeado como una escultura enorme para colectar el polvo. Mi espacio de trabajo es mejor -o peor- que un cubículo o un punto de engorda Couplandiano: es un callejón sin salida. Literalmente: justo entre la espaciosa oficina de F. y el modesto lugar de Mariana, la asistente, hay un pasillo en forma de L dividiéndolos (el espacio perdido que llenaría el Tetris son dos mini-bodegas en el espacio principal). Los muros de ambas oficinas se vuelven ventanas a los 150 centímetros del suelo. Se supone que este diseño facilita la productividad al dar visibilidad de todas las zonas de trabajo y mantiene el temor de los empleados al permanecer a la vista del jefe. Dado que "las autoridades" vigilantes se encuentran en el piso de arriba, aquí todos se dedican a sus asuntos como si estuvieran en su casa y no supieran la suerte que tienen. Yo estoy en la cabeza de la L, en el codo hay una fotocopiadora y la puerta de entrada está en el pie de la letra.

El resto del día me quedé viendo el Timeline del Twitter y los comentarios que han dejado algunas de las 1, 268 personas que nos siguen en Facebook. La mayoría de los pocos, comentarios de apoyo y denuncias al azar (me gustaría que aoyaran la causa de XXXXXX, un proyecto q lleva mas de 3 años trabajando. pueden ver la galería de imagnes aquí. saludos y muxas felicidades!!!). Se supone que en este primer día mi tarea era ver todo lo que se había posteado antes para tener una idea del tono general de la cuenta, el de nuestros usuarios y proponer nuevas maneras de interactuar con ellos. Según me dijo F., quien llevaba las redes era el hijo del dueño o algo así, más por un arranque de iniciativa que por otra cosa (el Twitter ni siquiera tenía imagen de fondo). Me siento como si estuviera ocupando un departamento vacío en un edificio que todos los inquilinos ya desocuparon. Cuando era niño, según medio entendí o creo, mi madrina era dueña -o al menos tenía llaves- de un enorme edificio lleno de basura en todos los pisos. Sillas, cubetas, juguetes viejos (viejos para finales de los 80's), revistas, recuerdo mucho cosas con restos de pintura blanca. Recorrer esos departamentos vacíos con ventanales de piso a techo sin un sólo mueble, con el sol entrando por todos lados pero volviéndose frío y gris por la inmensidad del edificio y su altura, es de los recuerdos más enigmáticos e increíbles que conservo de esa parte de mi niñez que ya no recuerdo del todo bien (hasta antes de mis ocho años). Ver el Twitter y el Facebook desde esta MacBook Pro prestada, estas cuentas abiertas por un junior que le sugirió a su padre que sería buena idea tener y después nadie volvió a tocar, era como caminar por esos pisos 20 años después, solo, con el temor de que alguien te descubriera. Los oficinistas de verdad tienen rutinas horribles, compañeros de trabajo nefastos, días laborales de 13 horas. Yo, Community Manager de una ONG, don nadie de medio tiempo, tengo prestada la MacBook de una chica recién entrada a los treinta cuyos demonios deben odiarla. No estoy haciendo predicciones, esas cosas se saben con sólo ver.

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