8 dic. 2010

do's and dont's in Monterrey parte III

SÁBADO 27 DE NOVIEMBRE

Otra vez me desperté antes. Prendí la tele y por ser sábado en la mañana había futbol europeo. Pasaban el partido del Bayern Manchen y también el del Manchester United. Vimos el 7-0 con asombro. Yo quería que metieran al chicharito. El agua del hotel, ratifiqué, tardaba años en salir caliente, más bien salía como tibia, como si a los regios eso les pareciera caliente. No entiendo los baños modernos como el que nos tocó. Como ese día nos íbamos, temía que se nos hiciera tarde para ir a desayunar como cerdos, regresar y ver si había posibilidad de que pudiéramos comer una vez liquidado el cuarto pagando con los vales. Bajamos y ahí tenían el partido del Celtic-Inverness y luego pasaron el Fulham contra no sé quién. Efra no jugo, Salcido sí, que por cierto, en la tele lo ponen como Salcido, así, como brasileño, sin nombre. Siento que eso ha de ser bueno. Esta vez la barra del buffet estaba un poco más reducido, bueno, era igual pero ahora no había salchichas. Comí dos veces chilaquiles rojos con frijoles y uno de esos rollos que les dije con frijoles y chorizo, creo que sólo por no dejar. Jugo de naranja (mejor que el día anterior) y café, pero ora sólo una taza. Greñas se sirvió papaya y le sugerí en tono de exigencia encubierta que le pusiera yogurt. Realmente, era para esconder el olor. La papaya no me disgusta, no me molesta, me hace vomitar. Luego me dejé de hacer tonto y fui por lo que realmente quería: corn pops. Qué hotel de 4 estrellas ni qué nada, lo que un hombre necesita es tele local y corn pops. Nos urgía regresar al cuarto (yo ya había empacado, ya les dije que el greñas se tarda años en bañar) para dejar todo listo y salir sin pena ni gloria. Me robé toda la papelería que el cuarto ofrecía para fines artísticos: una hoja de notas, la de precios de la lavandería, un portavasos. Asearon el cuarto mientras desayunábamos (era una mucama gordita de buen humor, como todas las mucamas del mundo) así que pudimos habernos robado la lámpara húngara o la mesa de noche con sus lámparas. Pero somos artistas, no aficionados de los pumas. Cuando bajamos, me dirigí a la guapa chica del mostrador para terminar nuestras relaciones comerciales. Hay una cosa importante a anotar sobre las chicas de Monterrey: si las buscas no las vas a encontrar en la calle, las vas a encontrar trabajando, en el mostrador. Aunque hay chicas guapas como en cualquier lado, la chica del mostrador de la mañana y de la tarde era guapa, la que vendía los boletos en el Marco, la del Centro de las Artes. El porcentaje de población joven puede que sea grande, pero en general son chicas de 19 o 20, las mayores están trabajando, y eso concuerda, tomando en cuenta que allá la vida es más rápida, y pasados los 23 no las han de considerar jóvenes. Así que todo embona. Esta idea de una ciudad con las chicas guapas detrás de los mostradores suena como a película de Sofia Coppola. Pero en fin: al parecer, no podíamos comer a expensas de nuestros vales una vez cerrada la cuenta. No importaba. Hay que mencionar una cosa: teníamos $2,000 en alimentos y bebidas, de manera que unas de nuestras misiones era comer como marranos para sacar provecho. En ninguna de nuestras visitas al restaurante salimos con buena salud, siempre comíamos no en función de la saciedad que marcaba el hipotálamo, sino de cuánta comida cabía en la boca. Al menos yo. En serio, hice lo posible para no salir con hambre y ni siquiera fue difícil. Y lo intentamos, y apenas comimos míseros $800. Siempre tuvimos la ilusión de darnos atracones de helado y pastel de fresa pero, en serio, era imposible, incluso tiempo después de la comida. Y bueno, la última comida antes de salir no la pagarían nuestros vales, tendría que ser en otro lugar. La chica linda del mostrador me entregó la nota, arregló con una sonrisa la llave defectuosa de un cliente enojado (que bajó al desayuno con nosotros en el elevador y tenía cara de pocos amigos) y nos dijo adiós. Greñas pasó al Inbursa que estaba frente al Hotel y encontramos que los camiones que descansaban en la entrada desde que llegamos se habían ido. Al parecer había un grupo de chavos como de 18 hospedados, quizá un congreso de oratoria o algo así. Y se fueron. Greña mencionó dos veces la afluencia de gente joven en el hotel, yo me dije para mis adentros que pudo ser mejor: pensé que el hotel estaría lleno, con gente yendo y viniendo, ya saben, como en una película, pero no, más bien fue, otra vez, como en película de Sofia Coppola con pasillos y restaurantes vacíos. Pero me gustó. Nos dirigimos al plan del día: ir al Parque Fundidora a ver la expo una vez más y adiós Monterrey.

El greña no quería ir a ver otra cosa antes de Fundidora, lo cual me sonaba a mala idea tomando en cuenta que está a 2 kilómetros o más y que apenas era la 1, o sea, regresar nos daría hueva y era temprano. Caminando sobre Mier, un chavo me preguntó si me podía hacer una pequeña encuesta, pero no le entendí: el tono de los regios hace que sus preguntas suenen a imperativo. Me encanta el acento regio, pero en eso me confunde. Cruzamos la Macroplaza. Greñas quería tomar metro, pero yo necesitaba sacar fotos de Santa Lucía y se puso a hacerme burla mientras una chaira nos ofrecía empanadas. Yo le decía que tener la visión romántica de las chicas que venden empanadas es peor que sacar fotos del agua, pero creo que tenemos genes disparejos para eso de discutir. Luego la vendedora volvió a aparecer (era obvio que recorría todo el camino) cuando greña entró a un baño y nos alcanzó. Le llamó amigo artista fotógrafo. Eran el uno para el otro. Aunque greña ya había ido, no conocía el Santa Lucía in the flesh ni el Fundidora in the flesh, así que fue día de sacar fotos. Si no saben, Santa Lucía es un canal que conecta a la Macroplaza con el parque Fundidora, los dos puntos más importantes de Monterrey, y yo necesitaba fotos del agua. Cualquiera serviría, pero en el DF no hay muchos ríos. Cuando las estaba tomando, boca abajo con minitripie a la orilla del río reapareció la vendedora de empanadas, nos pregunto con una sonrisa si nos íbamos a aventar y le dije que no, que más bien ya estaba saliendo. El greñas dijo que si se la volvía a encontrar, le compraba una; greña tiene un chairo en el corazón como no se imaginan. En fin.

Entrando en Fundidora, vimos cómo todo estaba en perfectas condiciones, nada de juegos rayoneados, nada de basura, incluso instalaciones pertinentes, cuidadas, variedad para la familia. Era un lugar precioso y era del gobierno para la gente, y casi todo era gratis. Nos sentimos un poco relegados a pesar de ser defeños. Greñas hizo comentarios casi enojados al respecto. Ya en Fundidora, el plan era ir a ver la bienal una vez más con calma y las exposiciones del Centro de las Artes I y II. Al llegar, antes de entrar, el greña tomó miles de fotos de las plantas de fundición y todo eso. Ver la bienal de nuevo fue bueno, con más calma las cosas se veían mejor. Todo lo que dije antes no cambian un ápice, pero como que mi primera reacción siempre es más intelectual, y tengo que regresar para verlo con más ‘sensibilidad’ o algo así. De manera que lo que vi me gustó más, creo que como exposición es una buena expo, es decir, puedes entrar y salir de ahí con un buen sabor de boca. Hubo cosas que pasaron o cosas que no mencioné: una de mis piezas es un pasaporte que requiere de ser hojeado: mandé guantes e indicaciones muy precisas para exponerla, pero prefirieron abrirlo en una página, ponerle una vitrina encima, poner extrañamente los guantes a lado, y así dejarlo. Ah, no olvidé poner los links de mis piezas en el post del domingo pasado, es para mantener el suspenso y que vayan. Ajá. Otra: la pieza de una chica de la enap que estaba cerca de mi pieza, con todo y las indicaciones de no tocar, en la inauguración alguien hizo lo contrario (se trataba de un mecanismo para darle vueltas) y lo rompió. Luego, a una chica que mandó un cuadro (horroroso y mal preparado) enorme, como de 1.80 de alto o más, su cuadro se le pandeó. Amiguito no artista, si no sabes qué es pandear un cuadro, quiere decir que por la temperatura o lo que le pones, el cuadro se empieza a enchuecar todo feo. El cuadro estaba más pandeado de lo que se pueden imaginar, en serio, no tienen idea, se separaba de la pared como 20 cm, y lo más raro es que eso ocurrió de jueves a sábado, si no es que antes, así que si me estás leyendo, Lilette Jamieson, ve a hacer algo.

Una vez afuera de la bienal, nos dimos cuenta que, extrañamente, muchos recién casados fueron a sacarse fotos a Fundidora. No estaban apiñados, sino que por donde volteabas, había una pareja. Luego, más raro, había chicas con aspiraciones de modelo sacándose fotos y video. Atrás del Centro de las Artes I había una en vestido morado que se movía con una canción de Shakira y el que parecía su papá o su tío le sacaba video. Más lejos, mucho más lejos, un chico le sacaba fotos a dos chicas en vestido negro cortísimo. Nunca pude explicarme esto. Entramos al Centro de las Artes I, donde estaba la expo que estuvo en el Estanquillo sobre causas de México de la colección de Monsiváis. Entramos, la chica del mostrador (adivinen) nos atendió amablemente. Vimos la expo en dos patadas porque esas expos que mezclan arte con documentos y fotos me cansan. Había un cuadro padre que alguien pintó en 1910 en el que decía que a Porfirio Díaz lo reivindicaría el destino. Me gustan esas cosas. Arriba había una exposición de uno de esos pintores mexicanos (de hecho era regio) de los que sólo te enteras por la Saber Ver (y de los números feos). El guardia arriba era uno de esos sujetos que se vuelven locos con pasar horas vigilando gente y que por mal timing les gusta el arte, les apasiona, así que te abordaba y te hacía conversación. Cuando entré vi que atacaba a greña, que lo dejaba y regresaba de inmediato. Sólo estábamos con un grupo de chicas de unos 18, así que me tocó mi parte. Hablaba rápido y emocionado. Este tipo de vigilante es un espécimen raro, y generalmente es benéfico, pero ese sujeto realmente se volvía molesto. El greñas lo odio, y eso que es bien chairo. No entiendo. Abajo, las nuevas chicas del mostrador nos invitaron a que visitáramos la exposición de enfrente (la fototeca, que es donde pasan expos de foto). Contrario a las chicas del mostrador, los vigilantes no son particularmente felices. Es obvio: las chicas deben ser estudiantes de arte de la UANL, y cuando eres estudiante de arte y vas a hacer tu servicio social buscas un museo dos tres bueno. En el caso de allá, donde hay como 3 museos nada más, supongo que conseguir tu servicio en el Centro de las Artes ha de ser un incentivo a ser amable y buena onda, así que estas chavas (que incluso te abrían la puerta) tenían todo a su favor. Al entrar no había nadie en recepción, y el poli no tenía ninguna prisa en llamar a alguien a que recibiera mi maleta de Heineken y la mochila del greña. Tuvieron que volver las chicas de la entrada y tomaron una actitud como de ‘nos metemos aquí y aquí nos quedamos, ¿va?, ay, no tenemos fichas, pero así se las damos’. Eran demasiado amables. Apuntaré de esto después. La expo era de una chica que sacaba retratos de niños, de frente, casi eliminando los rasgos de lo clara que estaba la foto. No era un proyecto demasiado complejo, pero funcionaba, me recordó a One de Ken Ohara. Había una sala llena de retratos, me gustó, aunque casi nunca me gustan las expos de foto. Al parecer, el lugar también es la Cineteca, y pasaban una película de Fatih Akin. Greñas pensó que sería buena idea entrar y le hice cara de ‘ya no seas forever wey’. Antes de salir, las chicas nos regalaron un pasaporte de descuentos para el Fundidora que no tuve el valor de rechazar. Saliendo, un chico nos ofreció nueces dulces de un puestito muy colorido. De nuevo, la pregunta en el regio promedio puede intimidarte. A petición del greña nos sentamos afuera. Más amabilidad: una chica de la primera sala y otra de la segunda nos abordaron para invitarnos a un concierto de bossa nova. En serio, de la amabilidad hablaré después. Salimos de Fundidora, en el metro un sujeto me preguntó si tenía cambio de un billete de a veinte, pero de nuevo su acento me hizo no entender bien y dije que no, cuando de hecho sólo tenía monedas en el bolsillo. Nos disponíamos a ir a la central de autobuses para comprar el boleto de regreso en un par de horas y a comer. A partir de aquí, el greña se hacía cargo de la misión.

Llegamos a la estación. Greña tenía descuento en una línea por algo así como viajero frecuente, pero olvidó traer el cupón. Duh. Compró unos boletos para las 8, y eran las 6 o casi las 6. Al final ir al Fundidora de una buena vez sí fue una buena idea. Greña trató de confiar en su memoria y dijo medio-recordar una pizzería en los alrededores. Sabrán que no apareció tal cosa. Pasando por la calle en un antro donde nos dijeron, ante nuestro evidente desinterés: ‘Es téibol, jóvenes’, noté que daban la chela de medio litro a $10. Pensé que entrar sería como esas películas donde uno pierde todo antes de regresar a la comodidad del hogar. Seguimos. Cuando estábamos a punto de dar una vuelta perfecta de donde empezamos, greñas, sin decir nada, entró en un restaurante chino. Era el restaurante chino menos chino en su decoración del mundo. Se llamaba Hui-Xin. Parecía un pedacito de Burger King: mesas de esas como de formica con las sillas pegadas de color azul ultramar, piso de azulejos como de B.K., una barra igual y fotos de los productos exactamente igual. A decir verdad, como mis comidas en los últimos días se basaban en la hora y el lugar (bajar al restaurante del hotel a cierta hora), que es como como en mi vida diaria, no tenía hambre realmente, y tuve que mirar las fotos por horas para decidirme. Pedí pollo de ese que está capeado y pollo agridulce. El sujeto que atendía tenía un criterio simple para servir la comida: agarras un plato, cuando veas que el monte de alimentos pudiera empezar a ser peligroso y desparramarse, entonces dejas de servir. De tomar pedí un Nestea. Como el señor era uno de esos chinos que aún no aprende bien español, tenía que señalar: ‘quiero este y este… Nestea, el de allá, el de acá, ese, ok’. Tengo una especie de cariño por los restaurantes chinos. Si fuera presidente haría una legislación para hacerles las cosas más fáciles, como prestadores de servicio social o publicidad gratis o algo. Como sea, de todas las veces que comimos como marranos, tendría que venir la comida china para hacernos ver la nuestra: simplemente fue difícil limpiar el plato, el sujeto servía mucha comida. ¡Y estaba deliciosa! El pollo agridulce estaba perfecto, el pollo capeado mejor aún, y el arroz se beneficiaba de todo lo que caía de ambos pollos. Respiraba lento, pausado, con dificultad. En verdad, no creí acabar, ya estaba pensando en pedir una bolsa para llevarme lo que faltaba. En la tele del restaurante pasaban una película fea del canal 7. Había hormigas subiendo por la pared, supongo atraídas por el dulce de los condimentos y la temperatura de Monterrey. Mientras estábamos ahí entraron unas 7 órdenes para llevar. Un mariachi y su esposa e hija entraron a comer. Se ve que le iba bien. Pensé que se trataba de un pequeño restaurant pero más tarde me enteré, por una publicidad que tomé a manera de recuerdo, que era una sucursal o la matriz. Eso quitó un poco de magia al asunto. Cuando salimos el sujeto se despedía con una enorme sonrisa. Le sonreí de vuelta y salimos. De todo lo que hice en Monterrey, comer en Hui-Xin es de mis mejores experiencias.

Este sujeto no era una chica guapa detrás del mostrador, pero era increíblemente amable también. No recuerdo a casi nadie en todo el viaje que no sonriera y no pareciera estar contento. Las chicas de recepción del hotel, la señora que aseaba el cuarto, nuestro mesero estrella, la chica del restaurante en la noche, el chino, las chicas de servicio social del centro de las artes, la chaira que vendía empanadas. Creo que la mayor hostilidad fue con las credenciales en el Marco. Esto también lo vi en el 2008, pero esta vez era demasiado evidente. No entiendo, pero simplemente parece que la gente en Monterrey es feliz. No tengo teorías salvo que quizá, simplemente, allá la vida es más simple, un poco dictada aún por reglas elementales de la humanidad: un hombre a cierta edad ya está casado y trabajando y reproduciéndose y se acabó, vive su vida sin mucha complicación. Es une estado donde en general las cosas son de precios accesibles, donde hay comida por doquier como aquí. La economía es próspera, creo. Pareciera como si la gente allá fuera más sencilla. Además, la manera en que todo el mundo sonríe hace pensar que todos son más sinceros, es decir, que uno llega con sus precauciones capitalinas de ‘todo el mundo te quiere matar’ y hasta se siente incómodo. Nadie parece tener prisa particularmente. Sé que suena a una mala visión de un lugar, pero la verdad es que esa me dio, y para ser de los que se sienten acechados casi todo el tiempo, me emocionó darme cuenta que podía sentirme tan confiado y casi alegre en otro sitio. No sé qué decir: la gente en Monterrey parece ser muy amable y contenta.

Salimos de Hui-Xin y pasamos cerca de unos almacenes de ropa como de mediana calidad, o sea, barata. Vendían playeras de equipos de futbol versión estadio (o sea, nada de bordados ni cosidos: todo pintado). Venden de los cuatro grandes: América, Chivas, Cruz Azul y Pumas; y de Tigres y Rayados. Ni por error hay de otros equipos. Estaban lindas, tenían manga larga y se veían elegantes, costaban sólo $49, pero ya tengo una del América. Greñas compró una botella de agua en un Seven-11. Antes de abordar el camión entré a los baños más feos del universo. No entiendo por qué los baños de hombres pueden parecerse tanto a un establo semi abierto, es como si fueran diseñados por mujeres, que creen que en verdad nos gusta revolcarnos en la mugre. Fueron los $4 más mal invertidos pero necesarios de mi vida. Nuestro camión ofrecía lunch: te daban un sándwich cuya marca no recuerdo (creo que era Kasi o algo así), un refresco (yo escogí Sprite) y se supone que podías hacer té o café en el camión. Yo escogí té. Los boletos de regreso eran evidentemente más classy (si es que se puede decir eso de boletos de camión) que los de ida. Había cosas en el asiento que no sabía que existían y más espacio entre asientos. Curiosamente, no eran necesariamente más cómodos. Elaboré teorías malvadas sobre el tipo de personas que prefieren gastar más en una cosa por la que podrían pagar menos, lo cual era obvia señal de que, en efecto, ya iba de regreso al DF. Me dormí inevitablemente una media hora o menos, sólo para, antes de entrar a carretera, ver un Peter Piper Pizza enorme. No sabía que eran tan grandes, se veía como un mercado de pizzas. No sé. Siempre había querido ver uno.

Eso fue lo que hice, vayan a espiar a alguien más.

1 comentario:

Poala dijo...

Mmbob sí había visto tu comment :)
Yo también pienso así de la frontera, leíste alguna vez la WOW? hay un reportaje donde un wey va a piedras negras a buscar el origen de los nachos, priceless

Los lugares de comida china son lo mejor, yo ya tengo mis spots aquí y en Cancún, debes venir y hacemos un tour jaja

Stamm devuelve los saludos