9 abr. 2010

tú no sabes dónde ha estado ese teléfono





Con la polémica… ¿polémica? A partir de la noticia de que sería necesario registrar el número de celular, las voces ociosas que leen el periódico en línea en la hora que la oficina les da para comer se alzaron de nuevo. Discutámoslo en términos netos: ¿les gustan sus Metrobuses en Insurgentes y Xola?, ¿sus tarjetas de prepago para el Metro?, ¿sus bicicletas rentadas en el Centro y la Condesa?, ¿sus Starbucks con cafés de $43?, ¿se sienten cómodos pagando su Metro de $3 porque ay es que uno no paga nada?, ¿les gusta su nuevo museo universitario de arte contemporáneo de cinco días laborales y exposiciones de seis varos que cobran como si fuera museo importante?, ¿les gustan sus tiendas Adidas y Nike?, ¿les gustan sus tiendas de diseño trendy, con monitos ojones y libros con estilo exageradísimo?, ¿les gustan sus bares indie? Somos tercer mundo, eso incluye a la Ciudad de México,va, pero nos gusta pensar que vivimos en Ámsterdam cuando pagamos una playera de $699 y compramos café orgánico como si fuera una curiosidad folklórica (que lo es, pero no para nosotros), pero cuando se nos pide que dejemos de ser animalitos salvajes con comercios que no pagan impuestos y anonimato generalizado (leyes tolerantísimas para cambiar de domicilio sin notificarlo, de colonia a colonia, de estado a estado o, en este caso, números de teléfono móvil prácticamente mutables), entonces vemos la posibilidad de hacerlo un tópico trendy. Hashtags contra el Renaut, gente que se ampara contra la ley (son las empresas de telefonía las que deberían buscar el amparo, en todo caso). Y todo porque no sabemos vivir, a la buena, la completa, en una mínima idea de civilización. Creemos que pagar más por un transporte, más por un café, más por una blusa, es estar cerca de primer mundo. La verdad es que tenemos lo que merecemos. No digo que sea una buena o mala idea el registro (de hecho, es un mero asunto de civilidad). Como dice De La O, el Facebook te pide menos datos que el Renaut, no mames. Lo que en verdad es un autogol, o un propio jalón de orejas, es que somos lo suficientemente soberbios y ociosos como para ampararnos contra un proceso de registro simple. Cierto, muy cierto, es un proceso de registro simple en un país en el que la mayoría de sus legisladores no saben siquiera hablar correctamente y confunden Honestidad (“Aceptamos nuestra falta”) con Cinismo (“¿pus qué tiene?”), pero, cuando a nosotros, ciudadanos, se nos pide un poquito de civilidad, se nos hace más fácil pensar que algo malo hay ahí. A partir de cierta generación, es muy dado pensar que hay algo malo con todo lo que se mueve (¿recuerdan los forwards de retrasados que decían que “la influenza es una gran mentira NO LES CREAS NADA?”). Somos uno de los 15 o 20 países más ricos del mundo, pero nos encargamos de vivir en una provincia. ¿Saben por qué tanta gente le va a las Chivas?, porque el tapatío es el mejor ejemplo del mexicano promedio. Ejemplos: un club de altos ingresos como las chivas de Vergara, con dineros que también generaban cosas padres (la revista WOW o Celeste), pero que cae en la publicidad de quinta a la menor provocación. Un club que tiene, como uno de sus grandes íconos, a un jugador tan soberbio y mediocre como Omar Bravo. Una ciudad tan preciosa como es Guadalajara, que es una ciudad por derecho propio, sí, pero cuyos habitantes se empeñan en seguir viviendo en provincia, porque así somos y nos gusta. Por eso, amamos la frase ‘Orgullosamente Mexicanos’, porque implica una cierta soberbia y un orgullo en esa tozudez que no se va a ir tan fácil en algunos años (no tantos, no se crean). Y cuando se nos da la oportunidad, decimos en Facebook: “¡NO REGISTRN SU CELULAR!!!”, o “último día que uso mi celular, jejejeje, no lo registre”. No somos más ni menos listos que un austriaco, no necesariamente, sólo menos preparados y con menos ejemplos, es todo, pero eso no nos quita lo autóctonamente asnos.

La primera vez que conocí el sonido estéreo fue impresionante. Fue un día de 1994 en mi escuela, la siempre querida Escuela Primaria Reino Unido de la Gran Bretaña, en la colonia Del Valle. Una amiga (la primera niña que me gustó, ever, pero que ya no me gustaba porque ahora estaba enamorado de la segunda, la güera de rancho que vivía en Neza) traía un Walkman, yo llevaba el soundtrack de The Bodyguard, ya saben, ese donde Whitney Houston canta superbonito. A la fecha, escucho “I will always love you” y se me pone la piel chinita. Cuando empezó a sonar una cosa por un oído y otra por el otro, el mundo se abrió. Creo que ya había mencionado esto, pero es bonito y no tengo mucho qué postear, todo en 1994 fue bonito.

Nos faltó malicia

Alfredo Castillo, jefe de las investigaciones del caso Paulette y Subprocurador de justicia del Estado de México

El caso Paulette es maravilloso, es el tipo de noticia que necesitábamos. Las noticias de ciudadanos paupérrimos que asesinan a sus hijos o que los tiran a la basura con apenas 5 meses de vida nos causan malestar de la misma manera en que nos causa malestar ver a un gato llevar un pajarito en las fauces, porque, básicamente, es el orden de la naturaleza. Esas personas no están demasiado alejadas de un animal, y las atrocidades que comete un animal en terror, angustia, pobreza, en pleno uso de la tradición y de un absoluta ignorancia (linchamientos, ajusticiamientos familiares, hostigamiento en una esquina, mostrar los dientes) son naturales. Sobre si está mal que un país esté conformado de animales violentos es otro punto, pero, el caos es que la portada de La Prensa o El Metro no nos asusta, porque sabemos que esas cosas pasan con esas personas. Pero cuando el caso es el de una familia que vive en un departamento que parece el lobby de un hotel, que vive en una de las zonas más acaudaladas del EdoMex, la cosa es distinta. Nos molesta que una mujer que ha dado a luz 6 veces en 5 años mate a su bebé porque no tiene con qué alimentarlo, pero ver a una mujer acaudalada, que lo tiene todo, asesinar a su hija (las fotos de Paulette son las de la niña más bonita que hayan visto los páneles de asociaciones de niños perdidos y anexas), entonces la cosa no es malestar, es indignación y furia. Si el crimen es completamente gratuito y conlleva el necesario buen gusto que, querámoslo o no, siempre trae el dinero, entonces la cosa es indignación. Ver las escenas de la casa miserable donde la familia de 9 vio la muerte de su miembro más pequeño puede asquear o hasta hacernos sentir una mínima lástima, pero en el departamento de Tecamachalco de hiperlujo donde asesinaron a la niña, nadie puede identificarse, y no queda más que marcar distancias. Pero lo mejor fueron las consideraciones que se tomaron con la familia, las más grandes que hayamos visto en un caso televisado: una permisividad gigantesca, una tolerancia a las declaraciones ridículas que cualquier policía consideraría una grosería. Sabemos que los pobres se matan entre sí, pero también sabemos que los güeros no, y entonces la justicia se perdió en la cosa mediática, y, ante un cuerpo plantado de la manera más torpe, las autoridades del EdoMex, con la cola entre las patas, tienen que aceptar, como todos los televidentes, que les faltó esa malicia y saña por omisión que acompaña a la justicia en miniatura que tenemos. Sentimos un apoyo exorbitante, una indignación de clase pocas veces vista, un entendimiento de la moral basado en la estética y el buen gusto. En casi tres semanas descubrimos que los ricos también lloran.

Hacía años que no traducía mis fotocopias de libros mamertos, últimamente, con mis accesos de insomnio, me acordé de este y aquí les va:

He permanecido en la cama mucho tiempo, demasiado, más del que es necesario, no sé cuánto es necesario, pero suficiente tiempo como para que el día comience a rotar y del descanso pueda pasar al cansancio. Sí, me levanto cansado. Y la idea de dormir se vuelve amenazante. Me paro de la cama sólo para no pensar en horizontal. Camino por la casa, del cuarto a la sala, al baño, a la ventana, al cuarto, a la ventana, que no es realmente una ventana, o al menos no con los objetivos de una ventana: sólo puedo ver otras ventanas vecinas, afortunadamente nadie está haciendo lo mismo que yo, y puedo ir y regresar a la ventana sin preocupación, aunque todas las veces, mis últimos pasos antes de llevarme frente a ella son más pausados y cautelosos. Hoy vi movimiento, no mucho, una mano, parte de un brazo, cerraba las cortinas, o las sacudía. Alguien que no debe de caminar mucho, mirar por una ventana sentado es triste, es algo que ni siquiera a mí me gustaría hacer. De la ventana a la sala al cuarto a la ventana a la sala al cuarto a la sala al cuarto a la sala. Demasiada luz, el día está perdido. No me gusta desayunar, pero es lo primero que hago. Desobedecer me gusta aún menos. Siento que alguien está allí. No hay nadie, me consta. Veo poco, demasiada luz, el día está perdido. Sí, otra vez, perdido. La luz se mete por la sala, por la misma ventana por la que veo otras ventanas. Tal vez ellos sí observan por ellas, tal vez sólo me vean a mí, cegado por la luz. Sólo veo luz, partículas. No veo colores, o sólo veo color, o no sé, ambas cosas. Cuando era niño hacía algo similar, veía la televisión, era una televisión en blanco y negro, y yo veía color, veía algo rojo, con partes naranjas y rosas. Mira cómo se alcanza a ver el color. Mi mamá decía ‘en verdad estás ciego’. Entendía perfectamente, pero el color estaba ahí. Es algo con lo que he cargado toda mi vida. También demasiada memoria. Demasiada memoria, demasiada memoria, demasiada memoria. Mucha luz y mucha memoria. Es suficiente para mí. De camino a la ventana recuerdo, y cuando la luz me ciega sólo pienso en que no veo más que luz o color o ambos, y de regreso recupero la memoria (recupero la vista), y regreso a la ventana y vuelvo al mismo punto. Un nuevo punto: el sillón: del sillón a la cama a la sala al sillón a la ventana a la sala a la cama al sillón. No me gusta estar demasiado tiempo en el sillón. A veces espero en el sillón. Realmente no espero nada, sé a qué hora pasan las cosas. No hay sorpresas aquí, excepto por la ventana, que a veces trae cosas. No muchas. Nada importante. Nunca paso por la cocina. Me asusta ir por ahí, descalzo. Es pequeña. Antes sí pasaba mucho tiempo en la cocina, pero por la ventana que estaba allí. Eran otros intereses. Me escondía, no podían verme. No me gustaba, tenía que cuidarme. Nadie me vio nunca, estoy casi seguro. De lo contrario hubieran tocado a la puerta. Nunca lo hicieron. Y si lo hubieran hecho no habría respondido. Es lo mismo. Aquí tampoco pasa nada en la puerta. Ni en la puerta ni en la ventana ni en otras zonas de acceso. Estoy pensando en grietas en los muros y por las tuberías. Una absoluta estupidez, no son accesos, el aire no son accesos. El aire corre, te pasa por la cara, pero el aire no es un acceso. Puedes entrar al mundo dejando que el aire te golpee en el rostro. Mundo de mierda. El mundo es más que aire. No, no es agua. Agua de mierda. Mar de mierda. Odio el mar. Mar de mierda, en verdad. Es curioso: no me asusta el mar. Las fotografías que he visto son aterradoras. Entiendo que alguien pueda morirse de miedo ante una fotografía del mar, es oscuro, es un hueco. Nunca ha sido algo, el mar. Es un hueco. Pero el mar no es gran cosa. Hueco de mierda. Personas vestidas de blanco. No sé de dónde vienen, pero vienen juntas. Tal vez. Y creen que pueden meterse en las primeras olas, ante el paisaje se mueren de miedo. Escriben libros, hacen metáforas. Y se meten al mar, y creen que podrían trazar una línea en él y sobrevivir, como si el mar fuera tierra. El mar no es tierra. Vemos el mar como tierra porque el mar no nos pertenece, y pensamos en él como otra masa en la que podemos hacer cálculos, pasar el compás, levantar construcciones. Si entras en el mar simplemente abandonas el mundo. No es una línea en la que puedas moverte. El mar es un hueco. Hueco de mierda. Una postal tenebrosa y una experiencia palpitante. Yo también he entrado en él. Olvidé muchas cosas, pero no olvidé el mar. Eso es algo que pasó porque iba a pasar. Entrar en los primeros metros del mar, chapotear y lanzar agua al aire. Aire y agua. Tierra y agua. Aire y tierra. Tierra y tierra. Agua y agua. Una experiencia palpitante. No estamos en el mundo si estamos en el mar y tampoco estamos en el mundo si estamos en el aire, pero no estoy seguro. Sólo vemos tierra. En forma de agua, en forma de aire. Y luz, demasiada luz. Mucha más de la necesaria. El sillón es como el mar y la ventana es como la tierra, o la luz de la ventana. Del sillón a la cama a la ventana al sillón. La cocina no. Demasiados ejemplos. Cuando voy a la ventana, o al sillón o a la cama o a la sala no uso ejemplos. Sé dónde están. Quizá las personas en las otras ventanas sí usen ejemplos o historias o mitos o cálculos. Quizá cálculos. Nueve pasos a la cama y los mismos a cualquier sitio. No los cuento. No es para tanto. Quizá las personas en las otras ventanas sí lo hagan. Me sorprendería, no miento, en verdad me sorprendería mucho. Creo que ni siquiera yo lo haría. Cuento muchas cosas. Recuerdo la mayoría de ellas. No es importante. Demasiada luz. Una aguja en la piel y luego en las venas y luego al corazón. No es un ejemplo. Estoy leyendo mal. El algo que ya he hecho. Quizá ellos también. Los fieles. Es un ejemplo. Pero está bien. De otro modo, tendría que ir por ahí, tendría que usar zapatos. Está bien. He olvidado muchas cosas, como los zapatos. Mucho tiempo aquí. No sé dónde estén. Desde que llegué aquí no sé muchas cosas. Los zapatos, por ejemplo. No sé si sean un ejemplo o no. Como sea, no sé de ellos. Mejor. Del sillón a, bueno, sería lo mismo. Quizá si espero lo suficiente podría preguntarle muchas cosas. ¿Dónde están mis zapatos?, ¿dónde está mi cama, mi otra cama?, aquella. ¿Qué hora es? No sé qué hora sea. Le preguntaré cuando llegue. Ahora olvidé a qué hora va a llegar. Quizá siempre ha sido así. Quizá sea mejor. Ya no hay luz para entonces. Ahora hay demasiada, demasiada luz. Tengo tiempo. Puedo hacer tiempo. No mucho. Le preguntaré. No tengo prisa. Nunca he tenido prisa. Recuerdo mi niñez. No es mucho. Tampoco tenía prisa en ese entonces. De la sala a la cama a la sala a la cama al sillón a la ventana a la sala a la ventana a la cama. Eso es todo. No es un ejemplo.

Didier Thierbout, In Account of my years as an adolescent, 1991


Como ya nadie comenta en este blog, empezaré a escribir cosas muy muy personales a ver si pega: nací un miércoles, siempre me despierto de malas, me aterroriza llamar por teléfono y dejé las drogas hace años, junto con las rebanaditas bimbo, de las que plaqueta también era adicta.







Los amo mucho.

5 comentarios:

No va a pasar. dijo...

Yo no sabía que te drogabas. Te sigo leyendo pero a veces no se me ocurre nada interesante que decir. Tengo un maestro que no le gusta que le digan así de fotografía bien buena gente. Y deberíamos vernos ya.

Lear dijo...

caramba, amigo Bob, no pude pasar en un tiempo. Así que va largo y tendido.

1
el símil entre las chivas y el tesón del mexicano me parece una de las cosas más sabias que he leído últimamente. Es bastante parecido a cuando se televiza el caso estúpido de una familia rica de estúpidos que parecen haber asesinado a su hija. Dice mucho esta noticia, amigo Bob, porque nos gusta el show mierdero, siempre y cuando esa mierda venga disfrazada de clase alta. Es como cualquier reality de televisa, pero peor, porque no hay guión.

2
El post que le dedicó sabandija es sencillamente hermoso. Y, seguro que lo notó, tiene mucho de usted. Aunque ignoro si eso suena a cumplido, así lo quiero decir.

Yo también odio eso de ir por un café, pero cuando estoy en eso el disgusto se me olvida. Una molestia pasajera, pero luego soy yo el que paso de ella.

No se disguste tanto con los fumadores, amigo Bob, porque me toca de refilón el zape.

3.
La risa y la crueldad, qué tema, qué tema. Será un poco de simetría, supongo.

Le mando un abrazo, amigo bob, por aquí estamos.

O.M.A.R. dijo...

Ok wey, no es por nada pero siento que a últimas fechas tu blog está de un mamón...

Estaba leyendo un ensayo de Nietzsche que habla sobre las capacidades (¿son capacidades?) de recordar y olvidar, ¿no tendrás tú esa en la que no puedes olvidar?

Ah, y claro, tenías que ser Americanista...

La Diabla dijo...

cual es tu postura? estar en contra de los que estan en contra? crees que es retrograda estar en contra?

claro, no estoy atacando ni pienso ponerme a debatir furiosamente pero no entiendo bien tu punto, no registre mi telefono y probablemente no lo haga porque no me parece pero siento que tu estas diciendo que es lo menos que podemos hacer o bueno quiza no entendi bien.

Bob dijo...

Creo que mi postura es que somos tercermundistas que, a falta de un ejemplo de progreso real, tomamos los más a la mano, como pagar cafés Venti de $43 o tapetes de yoga de $1599. Básicamente, creo que somos animalitos salvajes que sospechan de cosas de civilidad muy básica y enseñan los dientes a los estímulos equivocados (deberíamos gruñirle a la sobrepoblación de tiendas de primer mundo y a los que creen que eso es lo normal, como una consecución lógica de todo, no a un registro simple). Pero te lo dice un no-fumador, estoy amargado muy en el fondo.

Aprovecho el comentario en mi propio blog para decirles que los amo a todos, menos al O.M.A.R. por feo y por leer a Nietzsche (te vas a quedar enano leyendo esas cosas)