29 mar. 2010

your mind's a machine, it's deadly and dull

Leyendo una reseña de jóvenes y prometedores diseñadores de moda, me llamó la atención un par de chicas que dicen retomar patrones indígenas y retrabajarlos para, ya saben, resignificarlos sin vanalizarlos y encontrar una identidad nacional auténtica, moderna en pleno Polanco and guara guara. Lo más interesante del articulo (que no tiene fotos de bolsas ni chamarras ni nada) es cuando mencionan que los bordados originales son hechos por ‘comunidades’ de mujeres indígenas y que así su diseño tiene consciencia y equidad. Este tipo de visión, como si el pasado estuviera a millones de años de nuestra era, como eco de una historia totalmente inexistente, es la característica principal de esta nueva época en la que México, o al menos su juventud con poder adquisitivo, piensa que ya es parte del primer mundo. Piensen: la mayoría de nosotros (a menos que sean hijos de maestros de la ENAH y hayan crecido en Coyoacán) recibimos las artesanías y esas cosas como souvenirs en tierra propia. Muestra inefable: todos tus amigos chairos goeei. El pasado indígena (un pasado que históricamente es nuestro pero al que no necesariamente pertenecemos) nos parece leyenda de cromos de calendarios. Siendo un país del tercer mundo, somos lo suficientemente soberbios como para consumir el souvenir indígena de otras latitudes como si no tuviéramos el nuestro. Estamos en un punto entre el orgullo latinoamericano y la soberbia del desarrollo primermundista en tercer mundo. Incluso es un tópico económico: cuando se habla de incrementar los precios de algún servicio, por momentos, sólo por cortos momentos, vivimos en primer mundo. Se habla de subir costos y nos dicen que el metro en Viena cuesta diez veces más, que en Japón pagan el doble de IVA que aquí, que en Estados Unidos la educación cuesta doscientas veces lo que aquí, y con eso tenemos para decir: sí, me parece justo, lo que pagamos no es nada, y regresamos a nuestro iPhone para concertar cita en el Covadonga y pagar cervezas de $40. Lo que no nos dicen, pero sobre todo, lo que no se nos da la gana recordar, es que un vienés tiene una infraestructura cultural un millón de veces mejor que la nuestra, que un japonés, con todo y que Japón es el país que más días de asueto marca su calendario, entienden la palabra trabajo años luz delante de nosotros, que un estadounidense lee más de 0.4 libros al año. Como cabeza latinoamericana, y como hermano incómodo norteamericano, supongo que es una parte inevitable del desarrollo económico global. Como mi entendimiento de la cultura ancestral tampoco evade el ser un souvenir en mayor o menor medida, esto nunca me ha quitado el sueño. Me pesa más el hecho estético, el que la cultura milenaria sea un trend que se confunda tan fácilmente con la palabra, pesada y densa, posición. Regresando al tema de las diseñadoras que salpican sus creaciones indigenistas con el seductor toque de verosimilitud que da la mano de obra nativa, se me ocurre que la existencia de un trabajo remunerado como cualquier otro, de personas –casi casi- tomadas como animales místicos, se vuelve mágico, y cuando se vuelve mágico, al menos en cabeza de artistas, digamos, de ligas menores, como diseñadores o ilustradores, se vuelve o pretende volverse artístico, y cuando un acceso a lo artístico se basa en estos hechos místico-mágico, entonces hay un problema de entendimiento de prioridades culturales, explotación y autoría. Nada hay de malvado en pagarle a mujeres indígenas artesanas por un bordado que tienen toda la vida haciendo, sin embargo, cuando pensamos estar lo suficientemente lejos de donde de hecho estamos y vemos este trabajo como un acto mágico hecho por simios amaestrados, entonces merecemos lo que tenemos. ¿Qué tenemos? Ustedes lo saben mejor que yo.

Ya se acabó el Festival de México, del que tanto les hablo y durante el cual tan bien me la paso una vez al año. Estoy muerto, me duele la espalda. Vi a mucha gente por ahí, desde los hipsters que aún tienen una credencial de estudiante que inundaron Radar este año hasta mucha gente que tengo como contactos en Facebook y que no sé quiénes sean, o la gente de mi escuela de la que nunca me enteré qué hacían y a la fecha no me da curiosidad. Todos los eventos fueron memorables valieron la pena, en serio, y fui a cosas de danza y teatro después de décadas de no ir (cuando en la primaria te obligaban a ver las mismas obras feas en las que la maestra recibía comisión, en aquellos tiempos no teníamos computadoras y aprendimos a leer, no obstante). Por ejemplo, Hey Girl! me gustó y mucho, creo que por el hecho de no saber nada sobre teatro y que, cuando eres artista y eso, eres un poco más abierto (salvo los que no, pero esos no cuentan). Lo que más me gustó fue el hecho de que todas las lesbianas y directoras de asociaciones de género que fueron no salieron muy contentas que digamos, creo que esperaban ver más mujeres comunes analfabetas siendo golpeadas y metiendo a la cárcel al marido; una treintona a lado mío que iba con un extranjero que evidentemente consiguió en internet le dijo al terminar que “I don’t know, I think it doesn’t explore the woman identity”. Cuando escuché eso supe que no era yo, que Hey Girl! sí había estado buena. Saber si me gustó o no fue importante para mí, porque, como le dije a alguien, son dos cosas de las que no sé ni pito: teatro y estudios de género. El ciclo Kagel de Radar fue maravilloso, lo más increíble es que aparecieron muchas cosas no-musicales que te abrían el oído, cosas que al verlas en vivo podías entender que había muchas cosas que antes no estabas escuchando. Metamkine me hizo revalorar los proyectos que dicen que fusionan la imagen con el sonido, porque generalmente se trata de videos hechos por diletantes con música de dilleis que creen ser artistas sonoros. Boredoms fue, así, sin más, el mejor concierto de Radar ever, y me hizo querer tocar la batería y gritar un poco más. Tony Conrad se ganó mi corazón con su violín, su pedal y su discman al que no le sabía quitar el beep. Charles Gayle fue demoledor y muy difícil (entiendo que mucha gente pueda haberlo odiado). Fat Mariachi me gustó, próxima que toquen en algún centro cultural los iré a ver. Me empecé a sentir muy muy mal y me costó entrarle a KK Null y antes de que me diera cuenta estaba flotando, literalmente flotando. Pero eso no es nada, Bare Soundz de Savion Glover fue el toque que cerró el festival, está cabrón, tengo ganas de bailar tap, fui dos veces y en ambas salí impresionado. La clausura del festival fue rara: Bomba Estéreo estaba refeo, con las letras más lelas del universo (e’que tu me pone so jai carajo, e’que tu me pone so jai carajo) y con una vocalista que tenía cara de chaira a la que sientes que conoces de algún lado. Podía ser la chaira engreída amiga de alguien, o la chaira que vende empanadas en pasillo de filos, o la chaira que en cuanto acaba la clase se va corriendo y no se lleva con nadie. Nortec movió a la banda durísimo, yo pensé que ellos iban a abrir, no a cerrar. Estuve hasta el frente, en la zona de prensa, aunque por un error, realmente debimos estar en la zona VIP, pero cuando entró banda fea tipo Rulo de Reactor o Héctor –no le hace que se haya impreso mal, tú vende ese lote de discos- Mijangos, decidí que estábamos mejor allí. Estaba frente a la gente, chicas que se morían por Nortec, que les gritaban como si fuera Coldplay. Una cosa rara que creo que no me volverá a pasar en un rato es que, al no estar junto con el público, podías sentir cómo se movía el piso cuando brincaban. Está duro, no es como en un temblor, que se mueve el piso de lado a lado, sino de arriba hacia abajo, como si el concreto fuera flexible, como en un tumbling, de miedo, cuando pasaba mejor brincaba yo también. Tuve lo suficiente del Festival como para no empezar a pensar en el siguiente desde ahora y decir: Amén. Por mi parte, si quieren, como yo, que Radar traiga a Jim O’Rourke, usen en Twitter el hashtag #jimenradar10 (una iniciativa mía y desarrollada por Iván) ¿o qué?, si lograron lo de internet necesario, podemos traer a O’Rourke.

-¿Qué haces m’hijita?
-Mira mamá, estoy conociendo a mi diputado por internet. La maestra dijo que nuestros diputados nos representan hasta a nosotros, los niños.
-A ver
-¡Mira mamá, nuestro diputado estudió hasta quinto de primaria!
-Ahora miremos sus actividades, ¡mira mi amor!, nuestro diputado es dueño de una refinería en Zacatecas y dos tienditas en el Ajusco
-Y aquí dice que antes de ser diputado en nuestra zona lo fue en otros tres estados
-Y ha estado en 3 partidos distintos
-Sabiendo estas cosas estamos más tranquilas

A partir de que el régimen priísta se fue, llevándose la solemnidad y el secreto, nuestros pasos como sociedad que vive a lado de sus gobernantes van, poco a poco, a niveles de sanidad cada vez mejores. Antes, la sola idea de ver a tres candidatos a presidente pegándose entre ellos nos parecía imposible y casi risible. Desde 1994 a la fecha (o al menos son las elecciones más tempranas que recuerdo), nuestras campañas se han vuelto de risa loca, por ejemplo. Creemos que el camino a una civilidad medianamente vivible es, para empezar, la honestidad. Eso no quita el cinismo, así que nuestra honestidad es desparpajo, y si van a conocer a su diputado muy probablemente se rían, y mucho, pero, después, ay.


Leí que Steve Jobs dijo, cuando lanzó el iPod, que representaba un salto cuántico en el entendimiento de la música. Si a mí me hubieran dicho eso antes me hubiera evitado muchos posts largos y explayarme en mis conversaciones con gente a la que el iPod le da igual y dice que es un gadget como cualquier otro.



Por el momento, A Ghost is Born, de Wilco, se postula como mi disco favorito del año y hasta el momento nada parece que le vaya a quitar le puesto. Ni Happy Days de Jim O’Rourke, que aunque es maravilloso no es como para escucharse más de una vez a la semana, ni Vortex Temporum de Gérard Grisey que es densísimo. Uno de mis propósitos de Semana Santa es aprenderme las letras y cantar en el baño. Tengan unas felices vacaciones, las mías acabaron ayer, yo me voy a enclaustrar en mi cuarto-estudio. Los amo mucho a casi todos.

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