12 ene. 2010

Hace casi un año un amigo me regaló un reproductor de mp3 Sony, el cual mi eMac se rehusaba a leer porque, pues Apple sólo lee iPods, además ni siquiera podía cargar la batería porque para eso se necesitaba una pc más bien reciente, así que la idea de cargarle música en otra computadora no era una opción. Durante casi todo ese año recordaba otro año: el 2003, el único año (mi año sabático) en que tuve un discman y escuchaba música en la calle, era una especie de capa nueva sobre la que podía medir mi día: no asociaba mis ánimos a la música que escuchaba (principalmente progresivo), pero me gustaba caminar por CU escuchando Close to the Edge camino al metro Copilco, saliendo del cine Carlos Lazo; otras veces medía el tiempo que hacía a la Enap por las canciones que había escuchado: el record fueron 26 minutos, medidos por cuatro canciones del The Wall. No sé si estaba conociendo una dimensión distinta de la música escuchándola en mis recorridos, me gustaba pero no movía mi mundo. Eventualmente mi modular Aiwa, comprado en 1999, dejó de funcionar y fue mejor idea conectarle este discman para poder escuchar mis discos, aunque unos meses más tarde también dejaría de funcionar. Un par de años después compraría otro con lo que obtuve de la venta de un cuadro (que no sé si aún esté en casa de Tamara), que fue directamente a las entradas de video/aux de mi modular y ahí sigue hasta la fecha, y es donde escucho mis discos hoy día. Volviendo al presente, hace unos días descubrí, casi por casualidad, la manera de cargar la batería de mi mp3 Sony; de hecho, más que casualidad es la manera más alburera de cargar una batería: se tiene que meter apenas la punta de la entrada usb en la computadora, prácticamente colgando de la ranura para que el mp3 no detecte nada salvo la corriente eléctrica, así que teniendo la manera segura de recargarlo, procedí a cargarle mis 1.8 gb de música por vía de un usb y la computadora de un amigo. Me tomo el ocio y la libertad de contar todo esto para dar a entender que la idea de tener mi música a la mano nunca ha sido una prioridad ni algo que me emocione sobremanera. A través de incontables posts he tratado de dejar esto en claro (sobre la música como adquisición en vez de experiencia, o del punto sin retorno que implica el iPod), pero ahora, con mis 1.8 gb de música-a-la-mano mientras camino y voy en el micro, se me ocurre que tal vez todo eso que escribía no estaba tan equivocado como podría suponerse. Supongo que no me explicaré del todo, pero desde que puedo escuchar música fuera del lugar donde solía hacerlo (a saber, mi cuarto), siento una especie de culpa, como si no estuviera escuchándola en serio, sino como una especie de acompañamiento o soundtrack. Quizá para quitarle esta culpa habría que definir lo que uno entiende como soundtrack y quitarle peso, pero aun así, mientras escuchaba Bad Timing en la calle sentía que no era la forma en que debía funcionar, o más bien, sentía que había una forma que conocía en la que sí funcionaba (escuchar tus discos en tu cuarto con la puerta cerrada) y que esta no iba a funcionar, pero creo que la culpa viene del hecho de suponer que conoces la manera en que funciona y hacer una distinción con la manera en la que piensas que no lo hace. No sé. Por supuesto, esto no pasa cuando escucho a CSS o Blur, ni siquiera con Marc Ribot, de hecho me gustó escucharlo ayer en el RTP de Av. Revolución, pero esto, viéndolo de cerca, habla (mal, creo) del compromiso que uno toma para con un tipo de música u otro. O tal vez hable (también mal, creo) de los músicos y las bandas. Por ejemplo, tengo un track de Morton Feldman en mi mp3, Principal Sound, un track de 16 minutos de órgano, pero no me atrevo a escucharlo todavía, creo que no puedo parear a Feldman con ningún escenario, la calle o el camión (lo mejor de escuchar a Feldman es que pones la cabeza completamente en blanco). Como ven los tres o cuatro desempleados que leen esto desde su oficina, casi todo es complicado cuando está en un blog. Mis 1.8 gb no son, creo, suficientes. No es que le falten canciones, sino que mientras veo la lista de discos casi siempre pienso: ¿esto es todo lo que hay? Pero no lo digo como extrañando mi pared de discos, queriendo tenerla a la mano siempre, sino que cuando notas la sencilla, casi insignificante naturaleza del archivo de sonido tipo mp3 en un reproductor portátil, piensas en cómo hasta la música que escuchas puede dejar de ser importante tan sólo por la plataforma en que existe. Sé que la idea de ver el mundo correr por la ventana de un camión en una carretera con tu iPod haciéndole segunda al paisaje es agradable, pero cuando conoces la música más en tu cuarto con la puerta cerrada que como soundtrack, entonces se escucha complicado. Ni iTunes (ni Radiohead) deberían vender mp3’s, es un formato sumamente perecedero e insignificante cuando piensas que se supone que estás comprando música. Creo que es un gran formato de transferencia, para conocer música nueva y compartirla con otros, y en ese sentido me gusta mucho el mp3, pero como compra de música no me emociona. Es algo así como comprar y enmarcar cromos de cuadros de Hopper: son tan bonitos, en marco no te interesa si son cuadros o reproducciones, pero no estás consumiendo arte realmente, o al menos no como me enseñaron en la Enap, aunque en la Enap no me enseñaron gran cosa. Quizá también habría que definir lo que implica comprar música. Aquí podría tomarme la molestia (molestia verdaderamente) de hablar de cómo Radiohead puede darse el lujo de vanagloriarse de su decisión de vender su disco en mp3 y considerarse ejemplos a seguir en la industria de la música, pero esto es fácil cuando desde hace varios años vives de tus rentas y te da igual si puedes o no pagar botellas de agua de dos libras o haces música tan mediocre como Radiohead. Saludos a todos los fans de Radiohead que saben cómo es la cosa en este blog, sobre todo si son chicas guapas, y muchas veces lo son; pero güeyes no, perdón.

Acabo de ver Julien Donkey-Boy de Harmony Korine (no lean el link si no la han visto). Lo pensé después de ver Mister Lonely y lo pensé ahora: Harmony Korine es un genio. Tiene una forma de contar historias que simplemente no conocía y que creo que funciona de maravilla, una manera sumamente decidida pero no por eso pesada, que no tiene miedo de obedecer una idea por difícil que pueda ser y que puede darle a una historia aparentemente anodina una dimensión brutalmente profunda. Estas deben sonar como las líneas más pretenciosas en la historia de este blog, pero hablar de películas es muy dado a eso. En los extras del dvd, Korine cuenta cómo a 100 años del inicio del cine se supone que deberían estar haciéndose películas cada vez más complejas, y sin embargo el cine es cada vez más simple. Cuando ves lo que hace sientes que es el principio de una nueva manera de abordar el cine en general, algo que nadie había hecho antes. El cambio de Julien Donkey-Boy a, por ejemplo, Mister Lonely, puede parecer total, sin embargo su trabajo tiene esta cualidad general que hace que sus películas no puedan esconder esta especie de storytelling. No sé, en serio no me gustan las reseñas-críticas de películas, es como lo que suelo decir de los periodistas de rock (aunque con espacio para pretensiones más culturosas fallidas), pero Julien Donkey-Boy es de verdad una cosa increíble. Creo que las películas (o libros o música o arte) que más fuerte me han pegado en los últimos años suelen ser cosas tan humildes que te permiten pensar que hasta tú las puedes hacer (Thomas Hirschhorn, Douglas Coupland, Michel Gondry, Otomo Yoshihide). Me gusta pensar que eso habla más de esto de ser artista que de cómo deben hacerse las cosas, no sé si lo que yo hago o hiciera se vería así. Pero en verdad, Harmony Korine es increíble. La escena en la que Julien camina por la calle con Happy Days de Jim O’Rourke sonando de fondo, o Werner Herzog estallando ante Julien y Chloe Sevigny, que no puede tocar el arpa:

-Why don’t you tell your sister that she is a dilettante, she’ll never learn to play that harp. A dilettante and a slut (…) If I were so stupid, if I were so utterly stupid, I’d slap my face.

O Herzog bañando a manguerazos de agua fría en la calle a su hijo que es anoréxico y quiere ser luchador:

-Come on, come on, don’t shift around, come on, stop that moody brooding.

O Julien llorando en la iglesia, o el albino que rapea, o la historia del periquito ganador, o cuando la niña a la que cuida Julien le cuenta a Chloe Sevigny sobre que pensaba que podía ver bien pero no estaba siquiera cerca. Con Harmony Korine me pasa algo que me pasa con muy pocas personas: después de ver lo que hace lo primero que pienso es: ¿Qué tiene en la cabeza, cómo puede hacer algo así? Estas líneas no sólo son aburridas, sino que ni siquiera están bien escritas (nunca he sido bueno en la redacción-tipo-revista), son pretenciosas y no me gusta cómo quedaron, pero el caso es que consigan Julien Donkey-Boy de Harmony Korine.

Cuando era niño, uno de los primeros placeres matutinos, aparte del desayuno, era la posibilidad de que el día amaneciera nublado. Nublado y lloviendo era demasiada felicidad. No es que me gusten los días nublados: es que no me gusta el sol en lo más mínimo. Este es un comentario gratuitamente ridículo, pero el sol siempre se me ha hecho como de mal gusto. Siempre que había ‘mal tiempo’ pedía que algún día viviera en un sitio donde todos los días fueran así. Sí, me congelo, pero siempre será mejor que tener calor. Ahora que el frío y la falta de sol no sólo son demasiado ominosos como para disimular (y demasiado común para no encontrarlo en los estados de tus amigos de Facebook) sino continuos, uno no puede dejar de recordar las causas de semejante frío: condiciones climáticas tan inestables como bochornos premenstruales. Quizá esto no es una cosa de naturaleza sino de justicia divina: antes del fin del mundo tenemos semanas de clima frío, lo cual forza a todos a estar un poco (sólo un poco) más melancólicos y reflexivos. Crash, y antes de que el mundo se desplome, estados de Facebook sacados de un libro editado por Selector y se cae el sistema. Agarras tu gato, papeles, dinero y celular y en unos días todo el mundo vive en Mazunte. El nuevo mundo, fundado por chairos que no aguantaron el frío. Igual y nos merecíamos todo esto.

Ya sabes, esta gente, que siempre tiene sed y siempre está cansada

En un cartón de Magú de hace muchos años, creo 1992 más o menos, supongo por la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América, George Bush padre y su achichincle llegan a invadir México por enésima vez y, por fin, se les recibe con loas y el mejor trato. Cuando les pregunta a los indios que qué onda, por qué tanta cooperación, les responden: ‘Es que ya aprendimos, hace 500 años cometimos el error de dejarnos conquistar por unos que hablaban español’. ¿Nunca se han preguntado cómo sería si los gringos nos conquistaran y tuviéramos un Barnes & Noble en Madero e Isabel La Católica? No aplica decir que también tendríamos un montón de comercios basura, porque ya los tenemos. Algo me dice que sería un poco como cuando a Bob Esponja le sustraen el cerebro y lo ponen en un robot y éste sigue siendo un haragán: si nos convirtiéramos en gringos de segunda categoría, no dejaríamos de tener sed y estar cansados siempre. Tal vez el mito de la improductividad latinoamericana sea cierto por tantas playas. No sé, es decir, eso de la geopolítica es cosa vieja, pero en serio, ¿cómo tenemos tanto tiempo para ir a la playa si siempre dejamos algo a la mitad? Ojalá que este clima se prolongue hasta mi cumpleaños.

Acabo de comprar un libro de Sartre, en inglés porque costó $9: Words, cuyo subtítulo es Me asquea mi niñez y todo lo que queda de ella. Está dividido en dos partes: Reading y Writing. Sartre, como Proust y Houellebecq enfatizan mucho las primeras lecturas como decisivas. Mi primer libro leído ever fue ‘El fascinante viaje de Nico Huehuetl’, y es una versión tropicalizada de El Maravilloso viaje de Nils Holgersson de Selma Laggerlof. Pienso que mis primeras lecturas tvieron que ser mis primeras caricaturas ligeramene irreverentes, como Ren & Stimpy o Beavis & Butthead. Este libro tenía como 130 páginas y me tomó un año leerlo, a mis 11 años. Creo que fue hasta la prepa que empecé a leer a ritmo de no-retraso. Yo era medio retrasado, de niño, y aunque siempre supe que leer era una de esas cosas importantes, que se debían hacer con más apremio que hacer ejercicio o no engordar siempre me costaba trabajo. Una de las peores cosas que le puede pasar a un niño es que una educadora que lee Vanidades (a lo mucho) le recomiende –obligue a leer- a un niño de 13 años un libro de Sor Juana, o Lope de Vega o Calderón de la Barca. Es triste decirlo, pero los primeros momentos de la literatura de nuestro idioma es increíblemente aburrida y poco interesante. Siempre se me ha hecho o cursi o demasiado grandilocuente. Ah, el español. Leer Fuente Ovejuna a tus 15 años no sólo es un martirio, sino un absoluto fuera de lugar. No sé explicar esto, pero los libros, como los discos, no es algo que te puedan dar, no es algo que te puedan prestar, es algo que tienes que encontrar, es por eso que regalar un libro de cumpleaños es una mala idea en alguien que no conoces perfectamente. Uno puede heredar discos y libros, pero esos no son los que le van a cambiar la vida. Un primer momento de la experiencia. Y si te dejan leer en la secundaria un libro de Ángel del Campo es un hecho probado que va a pasar completamente de noche. Mi maestra de español de primer año de secundaria, la maestra Emilia (la maestra que más veces he visto ser sabroseada por preadolescentes en toda mi vida de escolar –y con razón) nos dejó leer Cartilla Moral de Alfonso Reyes (seguramente en conjunción con alguna maestra) y unos cuentos de Horacio Quiroga. Fueron geniales, pero no regresaría a Quiroga hasta mucho después, cuando ya pasaste por Kafka y Poe. El caso es que Words De Sartre promete estar lleno de esto. Yo nunca he leído a Sartre, pero me gusta que siempre que lo comparan con Camus, sólo marcan dos diferencias:

Uno era guapo y le gustaba el futbol

El otro era feo como una rana y lo detestaba

Nunca olvidaré ese episodio de Monty Python donde la Mrs. Premise y Mrs. Conclusión viajan hasta casa de Jean Paul para preguntarle una cuestión filosófica. Nunca olvidaré a Monty Python, en general. ¿Cuál es su sketch favorito? El mío es el de las clases de defensa personal con frutas.

Jeff Koons dice que cuando sales de la escuela lo único que te queda para seguirte educando es tu experiencia personal y los medios de comunicación. En este momento abuso de la segunda parte, pero pronto, ya verán.

Se enterarán por Twitter.

Ah, sí, síganme en Twitter!

Ya viene RADAR 2010!!! Los días más felices de mi calendario! Pronto, se enterarán por aquí y por acá.

1 comentario:

Lear dijo...

estimado, a mí me pasa igual pero completamente diferente. Las pocas veces que he intentando subirme a un camión o caminar por las calles mientras escucho música me siento raro, fuera de lugar, porque siento que me estoy perdiendo algo, no de la música, sino de lo que pasa afuera (porque entonces me dejo de sentir parte de ese caos reinante) y me avergüenzo.

Mis primeras lecturas fueron malas y pocas, pero supongo que algo hubo en ellas que me hicieron acabar como acabé, víctima. Por pocas y malas también me quedó ese defecto de mi afición por las comedias románticas, pero ¿qué mierda puede hacer uno si el primer libro que leyó completo fue Corazón: diario de un niño?