31 oct. 2009

los periodistas de rock sí son unos lelos que no saben escribir (este post es onda smart-ass mala onda, si lo piensan no necesito escribir esto)

Mi primer encuentro con las reseñas de discos fue en una revista La Mosca que, de hecho, creo que aún tengo (pese a haber tirado muchas que compraría después). Es, si no me falla la memoria, de Abril de 1999, tenía a los Beastie Boys en portada (mi grupo favorito en aquel entonces). Recuerdo muy bien, eso sí, la situación: la compré en la Comercial Mexicana, la huelga de la UNAM estaba a unos días de estallar si no es que ya lo había hecho y le daba un trasfondo de desempleo más grande a esto, iba con mi mamá, creo que la había visto en la sección de revistas de las cajas y me la llevé para leer mientras rellenaba el agua en la máquina de Harmony Brook (cuando alguien dice la marca de lo que está hablando en vez de sólo decir de qué producto se trata siento que es lo más gringo del mundo). El artículo de Beastie Boys era corto y sencillo, pero el resto de la revista se veía lo suficientemente apetecible para gastar $15 y comprarla. Mi historia de compra de revistas es discontínua: puedo ser mucho muy fan de una y dejar de comprarla al día siguiente. Buena parte de mi niñez la pasé leyendo la Club Nintendo (el número 3 fue algo así como mi regalo de Navidad en 1991); alguna vez traté de comprar comics (no puedo leer comics, se me hace lo más pesado del universo); hoy día compraba la Baby Baby Baby pero ya no la encuentro. El caso es que la llegada de una revista nueva a mi casa siempre suponía verter todo mi tiempo en ella en los días siguientes (a esa edad el tiempo pasa muy lento). Mi encuentro con La Mosca fue mi primer encuentro con una revista de corte 'juvenil' pero 'subversiva' y, especialmente, de esas que decía groserías. Más que groserías, llamaba la atención que era el tono y no tanto las palabras lo que retenía un tono sumamente violento. Este es el tono del que habla para que lo escuchen, pero para mí era muy nuevo. Los articulistas despotricaban abiertamente de MTV, Telehit, Molotov, y al mismo tiempo, y con la misma violencia, alababan a bandas underground, algunas de las cuales nunca volvería a escuchar (como Sonios, Lost Acapulco, Sr. González y El Gran Silencio). Lo que más me llamaba la atención del tono 'escucháme cabrón' era que no parecía albergar espacio para la duda. Por decirlo como lo leerías en un libro de sociología, era un comentario ingenuo que no albergaba su propio contracomentario, no tenía un mínimo dejo de humor y no suponía posible que existiera algo que pudiera no ser. Es por esto que cuando lees consignas de mantas estudiantiles en marchas (estoy de acuerdo, Elso, las marchas son lo más naïve del mundo) no puedes dejar de sentir una especie de pena ajena al leerlas: están completamente indefensas, y uno siempre siente pena ajena por quien no tiene ya nada a su favor. Dicho de otro modo, uno no puede sentir ninguna empatía con este tipo de escritura: o te adhieres a lo que dice o dices no way. Este, por simplón y burdo que sea, y estamos hablando de un chico de 15 años, es el principio de aprender a pensar por uno mismo. Cuando mis compañeros paristas de 15 años hablaban, para mí era obvio que habían leído más que yo y que conocían cosas que yo ni por equivocación conocía (como los pies de página y palabras como sociología o marxismo), pero que difícilmente eran más listos que yo. No way, en serio. Si eres un adolescente de 15 años que no lee, que usa pants y gorra y que veía caricaturas y sientes que un contemporáneo que habla de derechos sociales y hacer una huelga no es más listo que tú debe haber un problema, y la única manera de creerte más listo que alguien es ser un cretino, y si no lees, usas pants y gorra y ves caricaturas no puedes ser un cretino, a lo mucho un tonto, pero no un cretino, así que debía haber algo en la manera de decir de estas personas (ya sea que hablaran del Ché Guevara o de Sekta Core o los dos) que estaba mal. Es como en la película de South Park, cuando la chica que le gusta a Stan se enamora del francés que viene a organizar una revuelta para que liberen a Terrance y Phillip. Debe ser como una versión retorcida de cuando tienes 8 años y ya quieres aprender a manejar pero por el lado cultural, que ya le quieres gritar a la gente qué hacer. Regresando a La Mosca de Abril de 1999, este era el primer momento de novedad: pensar en voz alta. Podías, por la música que escuchabas, hacer una bandera y sugerírsela a alguien más. Algunos de los artículos que pasaban por el número de La Mosca además del de Beastie Boys eran sobre el Push the button de Money Mark, un disco de Sonios y Guillotina, el Are you experienced? de Jimi Hendrix, así como reseñas de discos aislados, como el 4 de Lost Acapulco, Celebrity Skin de Hole o NYC Ghosts & Flowers de Sonic Youth. Creo que es difícil, pero una revista como estas puede, no obstante, representar un primer momento en una educación 'cultural' de alguien (no sentimental, sino cultural, de cuando cada cosa nueva que conoces es una adquisición nueva, de cuando no escuchas aún, sino que consumes), sobre todo por un hecho: venían reseñas de películas underground y de arte así como de discos de jazz y blues. Por supuesto, estas reseñas eran por demás simplonas (cuando lees que alguien se expresa de Jamal Davies o similares como 'una chingonería jazzística' sabes que algo ahí no está bien canalizado) y los músicos eran músicos de cajón (en 1999 podías encontrar reseñas de Miles Davis o John Coltrane por jovencitos que apenas los descubrían, pero como nadie conocía al respecto, un editor complaciente no veía mal que se incluyera cualquier artículo con tal que fuera Jazz). Además, las películas, obviamente, eran lugares comunes de los cineclubes estudiantiles. En esta, reseñaban Doberman y hablaban de las películas de El Santo como joyas de la cinematografía mexicana; no discuto que lo sean, pero tienen más de 30 años para que alguien te quiera cuentear con eso. Es más o menos por este tiempo que el auge del diseño popular mexicano como kitsch empezaba a popularizarse en varios medios de comunicación del tipo 'jóvenes'. El punto culminante de extrañeza con el mundo juvenil-contestatario-undermusical-culto de mi experiencia con La Mosca fue un fragmento de un cuento de Armando Vega-Gil, músico retirado y escritor mediocre que apostaba a asustar chavos (como Limp Bizkit o Requiem for a Dream en sus respectivos campos). Este texto hacía sobreuso de palabras rimbombantes, lugares comunes atractivos para un público de 15-19 años y temáticas prometedoras (drogas, chicas calientes y rock, básicamente). Como las personas que después de decir 'huitlacoche' voltean para ver si alguien se empieza a reír. Tuve varios momentos con La Mosca: reconocí el tono brutalmente coercitivo de los articulistas, el tono laxo y neutro de las reseñas de discos en particular (que hacía que pareciera que los discos estaban ordenados por color, sobretodo cuando existen "calificaciones" y recomendación tipo 'te puede gustar si te gusta...'), el tono aguerrido ingenuo de los que hablan de algún objeto de consumo cultural relativamente underground, lo ridículo del rock guera de lugar y tiempo y, también, la publicidad juvenil (La Mosca, como cualquier revista que viva de tener ingresos, no tenía problemas con tener en contraportada un anuncio del Maybe you've been brainwashed too de The New Radicals). Yo ya sabía que el rock estaba relacionado con una idea de rebeldía, pero era la primera vez que accedía a él de manera segura: por una revista. Esto no lo hacía más deseable ni tentador. He de decir que, pese a no sentir empatía con La Mosca en la pared, sí accedí a algunas bandas por ella (Guillotina, Jimi Hendrix, Yes), no hay gran cosa en decir esto en tiempos pre internet en México (en los que había mínimos accesos para muchas cosas), pero el tono hiperfiltrado del rock editorial hacía que los momentos musicales sonaran a adquisiciones culturales, era todo. Como mis compañeritos cuando presumían gustar de Lacrimosa y se burlaban que me gustara Plastilina Mosh. Creo que el quid de este post (si es que lo hay) es que las ideas de escuchar y consumir se confunden con muchísima facilidad cuando confundes las esferas en las que te desenvuelves. Prueba de esto en todos los sentidos está en un juicio simple: La Mosca en la pared era una revista increíblemente pretenciosa. Por alguna razón muy muy extraña, cuando regalaban la revista Círculo MixUp también en aquellos años, se sentía un aire sumamente diferente: despreocupados de 'tirar línea' y bajo la lógica simple de no escribir mal de algo que, por definición, se espera que se compre, las reseñas eran más mentalmente sanas, más elaboradas, menos en pie de lucha y, el punto importante, se sentía mucho más que escuchaban los discos. Por decirlo de alguna manera, cuando leías reseñas escritas desde revistas como La Mosca sentías que tenías suficiente con ir a la tienda y ver la portada del disco, mientras que con una reseña más sincera y menos pretenciosa podías desarrollar la necesidad de ir y escucharlo. No estoy santificando la crítica de música pagada y cómoda (podemos estar hablando todavía de gente que no sabe escribir ni escuchar), pero sí creo que esta es de las principales señales de distinción entre la música como adquisición y la música como experiencia: cuando quieres compartir con el mundo la música como una experiencia de vida no sientes la necesidad de usarla como pretexto o disfraz de tu propia esfera de una vida no resuelta y puedes proceder a hacer una contribución al mundo. O dicho de otro modo, cuando no quieres tirar línea ni usar tus adquisiciones culturales como pancartas, es cuando realmente empiezas a tener una experiencia. Dada la naturaleza de la música en esta primera década, más fashionable y trendy, una crítica común suele caer en lugares comunes como reducirse a decir: 'está bien padre' y apelar al chiste común con el lector. La complicidad no es un asunto nuevo en el mundo editorial: tú escribes mal y yo lo leo, ligero y rápido, y me comprometo a leer lo próximo. Sobre el paso de un columnista que escribe en términos medios a una figura de opinión pública no hay demasiado qué decir: se agradece una opinión ligera cuando se pretende leer lo mismo cada cierto tiempo, y así algunas figuras que no saben redactar dos renglones pueden convertirse en una opinión de confianza. Cuando escuchaba las Dos Horas Debrayan me gustaba la música que ponían y todo. Algunos años más tarde, conocí a una amiga que escuchaba cosas similares (rockabilly, garage, fuzz y esa música tocada como si hubiera sido escrita hace 30 años) y se expresaba con un orgullo desmedido sobre el hecho que le gustaba esta música. Recuerdo cuando fuimos a Tepito a comprar piratería, le preguntaba qué iba a comprar y decía algo así como que la música que le gustaba era muy rara y no la tenían. Cuando yo buscaba piratería ya sabía que no tenían discos de Gastr del Sol, Jazkamer, Glen Branca u Otomo Yoshihide, pero poder vivir, aunque sea por unos segundos, de alardear al respecto, era demasiado. Es cierto, la contracultura tiene una aportación en la educación de muchos, pero siempre he creido que es un completo error glorificar el underground. El underground no exige mucho (es cierto, piénsenlo), es más cómodo de lo que los fanzines dicen, suele pecar de conformista con facilidad y, sobre todo, estos músicos no son hérores. ya he dicho que es muy fácil ser un campeón en silla de ruedas: si el enemigo es un fantasma allá afuera que no te deja triunfar porque el mundo prefiere lo comercial and so, para tí será my fácil vivir de quejarte al respecto. Y hay carreras forjadas así. Los músicos de este tipo no son héroes, en verada que no. Es algo similar a cuando el arte vitupera los logros de los grafitteros como marginales, alejados del mainstream y puros, es muy fácil caer en la trampa e ignorar que son artistas movidos principalmente por el estilo, mucho más susceptibles de caer en las facilidades de la repetición y la autocomplacencia cobijados bajo la idea de que están peleando contra algo y que el mundo y los espacios les deben algo. Así como 'no hay foros de expresión' para esta música rara y difícil de conseguir, ni espacio para un arte al que nadie le quiere abrir las puertas (o, en serio, ¿alguien cree que el peso del mundo es sentido por un grafittero o un ilustrador con la misma fuerza con que lo percibe, digamos, Richard Serra? -ya sé que es como comparar a Pink Floyd con Los Cavernarios o Los Elásticos, pero el principio es exactamente el mismo), cuando alguien, en calidad de consumidor, siente orgullo de esta contra cómoda y edifica héroes cuya principal característica es un handicap adverso, es ahí cuando se construye una educación sentimental basada en la música como consumo y cuando escribir al respecto se vuelve una conveniencia. ¿O alguien ha leído una reseña en la que se sienta la incomodidad del autor? ¿Cómo leíste hasta acá?




si alguien es periodista de rock o trabaja en una revista de esas, deme trabajo, por favor




Creo que el resumen perfecto de este post es un fragmento de Pinche Vatito de Charlie Monttana:

Pinche vatito, qué jodido estás
Confundes el rock and roll con las ganas de miar






los amo, ya saben

5 comentarios:

Octopus Queque dijo...

Oh monsieur Bob, leer sus posts es como ahora saber qué sentía yo por la mosca cuando la leía. Es raro, me parecía muy violenta en el sentido de que si le ponías un pero al artículo, de entrada ya eras un iletrado porque de todos modos, tú no tienes un programa de radio y no escribes en una revista. Bandita buena onda elitistas o qué se yo. Había una que se llamaba kitsch, pobretona también. Tengo sólo el primer número porque una amiga me la regaló y ahora que la leo, pfuta, qué cosa más mediocre y cretina. La tristeza. E internet, bueno. Internet es un tema que me complica mucho la vida. Yo sólo quiero una casa con un jardín de girasoles, qué más da.

Besos, monsieur Bob.

BotayFalda dijo...

http://www.hereisnirvana.com/

M*

O.M.A.R. dijo...

También llegué a comprar La Mosca, pero sólo los ejemplares monográficos. Por alguna razón, cualquier artículo de corta extensión me parece malo sin siquiera leerlo, y en La Mosca abundaban.
Güey, soy yo o usas demasiados americanismos en tu lexico, termino entendiendo la mitad...
Desde hace unos años yo también he querido ser articulista o algo así.

O.M.A.R. dijo...

También llegué a comprar La Mosca, pero sólo los ejemplares monográficos. Por alguna razón, cualquier artículo de corta extensión me parece malo sin siquiera leerlo, y en La Mosca abundaban.
Güey, soy yo o usas demasiados americanismos en tu lexico, termino entendiendo la mitad...
Desde hace unos años yo también he querido ser articulista o algo así.

Poala dijo...

Jaja a mi me gustaba leer los artículos y las reseñas que salían en una revista de skates, creo que se llamaba Transworld.

El tipo que escribía las reseñas que me gustaban se llamaba Andreas Trolf, ya no me acuerdo muy bien pero una era algo así que la hermana de su amigo le regalaba un cd que decía "Are you feeling siniester?" y eran puras canciones de Belle & Sebastian, pero él nunca salio con ella, era la hermana de su amigo, sigh.

Aquí la joyería era onda mas bien taller de pocos días hagan algo muy loco de pasarela, nosé al final me salí temprano y me fui a sentar al pasto y rayar gente.