4 mar. 2009

(...) Algunos animales pueden experimentar, no sin ciertas limitantes, un símil de la culpa humana, algo digno del estudio mediante el cristal. Aunque estamos hablando de complicaciones mentales en niveles muy básicos, es probable que algunos mamíferos, por ejemplo, puedan desarrollar un sentimiento de inconstancia e incompleción. Por ejemplo, el macho que no logra defender a su familia y que está demasiado herido (el cuerpo ha dejado de responderle) para seguir volcando todo el huracán emocional que tiene dentro de sí en la pelea, y que debe resignarse con ver las espaldas de los depredadores que se alejan, tranquilos, casi taciturnos, de la presa amedrentada y dejada a sí misma y a su suerte. Aunque algo extraordinarios, estos desórdenes no modifican la naturaleza animal en grados contrastantes, si acaso dejan algunos especimenes inválidos mediante shocks emocionales como la imagen o el fantasma del cuerpo del otro que se ha dejado ir, algo similar a quienes pierden un miembro y piensan que aún está ahí a pesar de la enorme visualidad del muñón ensangrentado o la prótesis limpia, demasiado vertical, demasiado erguida, casi con decisión, la necesaria para poder decir: “ya no más, no sigas buscando aquí, tendrás que volcarte hacia dentro, hurgar hasta que te parezca insoportable la propia introspección, despejar la mayor parte de los huecos que tienes atorados, limpiar las propias heridas, pulir las balas”. Este sentimiento de culpa semi animal y la incompleción del lisiado son similares en las rutinas y tics que les prosiguen: constante revisión de los recuerdos, amortización de la ira y sustitución de algunas conductas prácticas y necesarias para la supervivencia (tales como saltarle al cuello a otro animal o embatir de un puñetazo un espejo) por otras más pasivas aunque mucho menos creativas; la expresión ‘como león enjaulado’ se refiere a una animalidad controlada y sustituida por una especie de acto civilizatorio que tiene que ver directamente con este tipo de accidentes. SI bien es cierto que algunos momentos biológicos inevitables, como las palizas brutales en la búsqueda del alimento o la humillación enconada en la socialización por parte de algunos seres humanos que han decidido intercambiar la compasión por el desarrollo personal, son traumatizantes, también es cierto que sin estos seres humanos, literalmente carne de cañón de una especie demasiado ocupada en sí misma, sería imposible avanzar en las metáforas y las analogías que nos hacen mejores personas a través del papel y la imagen. Algunas personas, mediante una continua y angustiosa serie de intentos basados en el mero ensayo y error, han logrado volver a la vida por algunos segundos después de aplicar shocks eléctricos o de mantener las conexiones vitales activas (los cables de la cabeza a los hombros que constituían el cuello, las vísceras). Los resultados, aunque en la mayoría de los casos han sido desastrosos, también han resultado alentadores para quien aún lleva a cabo los cálculos y los números desde su mesa. Se ha podido comprobar que la sensación de incompleción una vez pasado el miedo a la muerte pasa a un segundo plano comparada con el insoportable sentimiento de la despedida. Así, pongamos un ejemplo, la cabeza degollada que descansa en la canasta o el césped, durante los segundos que logra extender su existencia al campo de los datos exactos y las medidas, sufre del abrumador peso de una idea de no tener absolutamente nada por delante, ese vacío que experimenta el animal por la pérdida encuentra, aunque algo tarde, otro símil en el ajusticiado que puede ver, con muy poco tiempo para cambiarlo, que su vida, reducida a hechos fisiológicos, en efecto, tiene un término. Y cuando todo esto sucede, quienes pueden verlo desde afuera pueden experimentar la misma sensación, en este caso mera culpa, pero no sin antes divisar, desde la fría mesa del laboratorio, que, sí, que todo lo que tocan las manos es finito, que todo lo que ven los ojos es frágil, que aunque cándida y relajada, dispersa a veces, esta vida puede tornarse en tu contra, puedes procurarte un tiempo para ti sólo, quizá todo tu tiempo, pero al final del día siempre acabas con el corazón deshecho, y todas las imágenes que en algún otro momento sirvieron para enseñarte datos demasiado peligrosos como para experimentar en carne propia, ahora son procesiones demasiado largas, discursos demasiado pesados, que tu espalda pesa más que antes, que los hombros ya te son insoportables, que la sorna y la necesidad de abrazarte a ti mismo se han nivelado al grado de revolverte el estómago (algo similar a la nausea pero sin las contracciones físicas) y asquearte. Que, después de todo, no puedes seguir riendo cuando tienes todos tus expedientes y archivos frente a ti, que la mesura que te acompañó durante tanto tiempo, flexible y desinteresada, acaba por volverse un recuento demasiado agrio como para tomarlo en cuenta como una contabilidad real. Si bien la mayoría de estos sentimientos suelen experimentarse en animales que sufren pérdidas mayores, graduales o de golpe, también es cierto que otros especimenes en los niveles más bajos, cuya vida se ve constantemente nutrida por el miedo y el ansia, también pueden desarrollar este sentimiento con resultados menos irreversibles. El rencor y el resentimiento funcionan de maneras distintas aquí, y mientras el Alfa se encuentra enterrado y atado de manos, el Omega se procura, durante toda su vida, los medios necesarios para seguir sustituyendo sus puños, ensangrentados de todos modos, por sus suspiros y huecos. Es mera supervivencia.


Wyatt Byrnamm, Omega, 1987

3 comentarios:

BotayFalda dijo...

brbrbrbrbrbr ya tengo clases y son las once, pero lo voy a imprimir para leer camino a la escuela...
Saludos BobElectroPopRock

M*

Lear dijo...

Este fragmento sí que me deprimió bastante, aunque todavía no sé si por el Alfa o por el Omega.

Como sea y mientras lo descubro, digo lo que digo siempre que aparece Byrnamm por aquí, aunque esta vez no lo diga.

Anónimo dijo...

Yo creía que amaba a Wyatt Byrnamm hasta que leí esto e imaginé la cabeza degollada con los ojos entrabiertos sobre el césped, oh por dios, lo tengo que dibujar.

Y luego usa dos de mis palabras favoritas: prótesis y muñón.