29 jun. 2008

Why don't you ever get the point? / You're much too slow for me

Te pareces a esa chica de la que está enamorado Charlie Brown, que nunca aparece, que creo que de hecho es pelirroja y que es así, muy misteriosa, que ni siquiera se inmuta. Sí, tú eres más o menos así.


La esfera de ‘vida real’ que suele ser el principal pretexto de este blog es cada día más escasa. A cada inconveniencia que aparece (cosa común), la idea de postearla no se me cruza por la cabeza. Más bien es sentido común, una idea general de supervivencia (que debería entenderse como lo mismo que dignidad, pero no es así como es) o un método de defensa, creo. Por ejemplo, podría escribir de cómo tendremos que mudarnos próximamente, de cómo recién visité los lugares donde pasé mi infancia y no deja de ser triste saber que no regresaré allí salvo por algún caso de extrema buena suerte u oportunismo, pero hey, así se supone que debe funcionar siempre. Pero la verdad es que últimamente lo que más bien he hecho es leer los mismos libros y escuchar los mismos discos. No ha habido encuentros furtivos, no ha habido depresiones súbitas (hurra –y léase con pasividad- por eso). Creo que la última vez que el corazón me latió fuerte fue hace un par de días, el martes para ser más exactos, cuando vi en el anaquel de editorial Alfaguara el último ejemplar de La Posibilidad de una Isla de Houellebecq en esa venta de remates del Auditorio Nacional. La verdad es que sí, en efecto, había mucha basura, pero había dos que tres saldos (y no tanto) que valían la pena y muy bien. Pagué la mitad de lo que suele costar en tiendas: $100. ¡Victoria!, le dije a Alice, que me acompañaba ese día, mientras se lo mostraba e frente. Ya empiezo a pensar que de verdad la suerte me acompaña cuando Alice está presente: las brocas me las dan al dos por uno, los cafés de $15 cuestan $11, las biografías Sunrise de Duchamp, Monsiváis y Proust aparecen en las papelerías, así como las engrapadoras de brazo largo, o aquella vez que encontramos Microsiervos de Coupland por la irrisoria cantidad de $90 en un puesto callejero, o ahora, que encontré ese libro de Houellebecq entre un mar de libros-basura. He allí lo que he hecho: encontrar cosas, caminar en el sol, ver cómo lo inevitable pasa. Ver cómo lo evitable no pasa. Ver las dos cosas.


En los últimos días me hecho de las siguientes posesiones materiales:

-La Posibilidad de una Isla, de Michel Houellebecq
-Una engrapadora de brazo largo (cuidado, mundo de las publicaciones de arte raras y hechas a mano, tengo con qué) y una caja de grapas
-50 biografías Sunrise de Marcel Duchamp (Ah, Duchamp)
-50 biografías Sunrise de Carlos Monsiváis
-Un grabado
-Microsiervos, de Douglas Coupland
-Un helado de yogurt sabor nuez
-Muchos periódicos de arrrte
-Nueve cervezas gratis
-Otras tantas (no, de hecho menos) un día antes
-Una estampita cuya leyenda resume mi vida amorosa: “Que las expectativas no excedan las posibilidades”.
-Una tortuga de cerámica de esas que suben y bajan la cabeza como si estuvieran de acuerdo todo el tiempo (esa apareció en mi escritorio, cosa rara)
-Un par de camisetas
-Un par de chamarras


Supongo ya ha pasado antes, que se recuperen los ímpetus de repente, con cierta sorpresa, pero no deja de ser extraño ver cómo no deja de sorprender a pesar de todo: que pienses, nada, ya nada, olvídalo, y después te bastan unos segundos, unos segundos después de varios días, para decirte que sólo estabas distrayéndote del objetivo principal, cosa de ánimos o humor solamente, algo circunstancial, y que tendrás que seguir, igual, con las dificultades y todo, pero no podrías hacer otra cosa. Habrá que seguir intentándolo, sí. Seguro valdrá la pena. Sí.


Ya acabé de leer Generación X de Coupland. No mamen, es un librazo, tiene momentos increíblemente bonitos. Léanlo, en verdad. Además, todas las expresiones que explica son increíblemente proféticas. Bueno, quizá no proféticas, pero hay cosas que no dejan de joder la vida de nadie. Como eso del Jet Set Pobre, o el bajofondismo. ¿Cómo se llamará aquel complejo que obliga al que asiste a fiestas a conectar invariablemente su ipod a la compu donde se oye la música? Piénsenlo. Es un fenómeno relativamente nuevo del que las películas y las novelas sobre post adolescentes aún no ahondan. Música de yuppies. Ja. Hay un capítulo en Petits Autels, de Wyatt Byrnamm, donde el tipo se clava haciendo algo así como un altar-instalación en su casa, algo así como el sujeto de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo con el puré de papa, pero en plan libro-culto-sublimado. No creí encontrar eso en otro lado y en Generación X lo hay, cuando Andy llena el cuarto de velas y…oh, estoy a nada de mandarle un mail a Douglas Coupland para agradecerle. Lean a Coupland, por favor.

He aquí un a muestra:

Pero yo tengo una sensación…
Es la sensación de que nuestras emociones, si bien maravillosas, resultan vacías, y me parece que eso se debe a que somos de clase media.
Ya se sabe, cuando uno es de clase media, tiene que vivir con la conciencia de que la historia le ignorará. Tiene que vivir con la conciencia de que la historia nunca apoya sus causas y que la historia nunca siente pena por ti. Es el precio que hay que pagar por las comodidades y el silencio cotidiano. Y debido a ese precio, cualquier felicidad es estéril; cualquier tristeza carece de consuelo.
Y cualquier pequeño momento de belleza intensa y refulgente como el de esta mañana quedará completamente olvidado, disuelto en el tiempo como una película de super-8 abandonada bajo la lluvia, sin sonido, y pronto reemplazada por miles de árboles que crecen en silencio.



Platicando con Sirako, coincidimos en que las plantillas de mensajes predeterminados de celular deberían incluir uno que dijera: “Sabes que te amo”.

También platicamos sobre la idea de hacer una banda de pura gente alta. El nombre de la banda ya está, es genial, con eso nos basta para que sea un éxito; se llamará: “Poca Cultura de la Gente Alta”. La idea me vino de un comentario que ella hizo y es un contexto del que ustedes, lo siento, se perderán. Si eres alto y tocas algún instrumento y tienes un blog, bueno, nadie es perfecto.


A: ¿A quién le gusta el jazz?
B y C: (al unísono) ¡No mames, wey, pon algo más movido!
D: Me chocan estas fiestas, yo quería ir a bailar.
E: Te amo. Lo siento, tenía que decírtelo.
(D se ríe sin mucha malicia o efusividad, no se mueve)


Si he de agregar cinco canciones a ese cd quemado hipotético que me llevaría a una isla desierta, agrego estas:

6. Sonic Youth/Sunday 7. Mudhoney/In the blood 8. Pink Floyd/Dogs 9. Entre Ríos/Más 10. Morphine/I'm Free Now


Mi novela sobre post adolescentes y grouppies de la escena musical local que de hecho no existe tiene nuevos elementos a incluir: gente que pone sus ipods en las fiestas, jazz que a nadie le interesa en las mismas fiestas; la aparición (más bien el recordatorio) de una generación más vieja cuyos miembros, invariablemente, tienen por lo menos un disco de Ornette Coleman o Charlie Parker y les gustan las películas de Woody Allen; usan, además, chamarras más masculinas que el tono imperante (y despistado, condición sine qua non). Chicas que dejan a sus novios por chicos que parecen –o son, casi lo mismo- emos. Eventualmente comenzaré a escribirla. ¿Se podrá hacer una novela que consista únicamente en describirla? Seguro no.


Ah, y cómprenle una piedra al Bicho (así como se oye), que es artista y es mi cuate. Más informes aquí o en su blog. Sobra decir que está baratísima y es un proyecto de arte y esas cosas que a los artistas nos gustan. Ya voy por la mía.


Ya me voy, que ya va a empezar el programa de los gordos, que es el mejor del mundo, que me emociona y me llena. Necesito novia, lo sé.




Why don’t you ever get the point
You’re much too slow for me

Why don’t we ever flip our coin
Reliability

Some like it a lot
Just give a little to me

That’s why I sing this song

They call us crazy early birds
Too early never hurts

Warmth is not as dangerous as
As dangerous as those words

Some like it a lot
Just give a little to me
That’s why I sing this song

Sometimes
We’ve got to sing this song

Sometimes
It takes us way too long

Sometimes
We’ve got to sing out of key

Winter never gets me down
It's just a feeling
Feeling fine

To care for you or not to care
A goddamned thin thin line

Sometimes...

Hooverphonic / Sometimes / Singles 96-06




(el título de este post iba a ser "Il faut tenter vivre", tómese en cuenta, aún así funciona: gracias por el grabado, Alice)

23 jun. 2008

God, do I miss you!

Yoshitomo Nara / strange girl from another planet


¡Hey, tú, Hola!

Con el advenimiento de los días lluviosos siempre me acuerdo de que es verano, que las vacaciones empiezan, que los escolares (y amigos, también) dejan de verse, algunos para toda la vida. He conocido a gente a la que pensaba que seguiría frecuentando hasta que alguno de los dos tuviera hijos y a la fecha nada sé de ellos. Es triste, claro, pero nada más. No sé si esas personas hayan sido importantes en su momento, yo creo que sí, pero según yo, en los noventa las cosas eran más lentas y más entrañables (al menos en retrospectiva), pero algunos de ellos merecen menciones, menciones que no haré ahora.

Me acuerdo cuando iba al cine tres o cuatro veces a la semana. Era mi año sabático, entre el 2002 y el 2003: decidir cambiar de carrera, y de esto me di cuenta mucho después, requiere unos arrestos que, quién sabe cómo, tuve, o tal vez sólo lo hice sin pensarlo mucho. Antes, ya lo dije, algunas cosas funcionaban mejor. Recuerdo que hace un par de años, recordando estos días de ver películas todo el jodido tiempo, una amiga me preguntaba cómo le hacía para el varo que requería ir al cine con tanta asiduidad. Un gesto interno de franca ternura despectiva, me acuerdo, me invadió de pies a cabeza; no necesitas dinero (no en el sentido convencional de su uso-circulación-petición y depilfarro) para ir al cine, sabes dónde ver qué, sabes que en el futuro todo va a salir bien, lo sabes (sabíamos, quiero pensar), sabes que no necesitas los miércoles. Yo era un estudiante (cosa que legalmente ya no soy) y todo lo que necesitaba era mi credencial. Hooverphonic lo dijo antes: The World Is Mine. Ya lo había dicho antes (y comentado con tino por De La O): el oportunismo forma parte de muchas cosas que eran nuestras y que, en algunos casos, ya no lo son. Y en verdad eran nuestras, pero algunos no nos dábamos cuenta. Cuando éramos más jóvenes nadie perdía el tiempo porque no había tiempo qué perder. De repente, cuando empiezan los cortes de pelo y llegan los ‘puntos de engorde’ (Ah, Coupland) y un insano sentimiento de obediencia adulta del post estudiante-post adolescente, parece forzoso ir a algún cine donde el boleto cuesta $50, pagar cervezas que cuestan el triple que en el 7-eleven, se muere de lunes a viernes, se revienta de viernes a sábado y se empieza de nuevo el lunes. No estoy en posición de negarme. Sin embargo, tampoco se ha preparado el terreno lo suficiente como para aceptar cambios frontales. Vamos, ¿quién bebe té hoy día? Y deberían; alguien me dijo hace poco que el dinero nunca debería ser un problema y tenía mucha razón, mucha.

Creo que no hay tanta prisa, más bien yo me sofoco con facilidad de un tiempo a la fecha, pero eso no deja de hacer que todo se vea más rápido, lo sea o no. Habrá que encerrarse un par de días (yo llevo cinco). Exacto, ya habrá tiempo para sacrificarse después por algo que valga la pena. Yo no me acuerdo con extremo detalle de los noventa, pero me acuerdo que fueron tiempos geniales. Creo que las expectativas eran mínimas, al menos comparadas con la escala (nótese, no dimensión, en cuyo caso la comparación sería ingenua) actual, y creo que las cosas salían. Recuerdo que una de mis frases más usadas era: “Ya veré cómo le hago”. Había un dejo, casi déspota, de orgullo al decir esto, pero funcionaba. Fiona Apple dijo: my method is uncertain, it’s a mess, but it’s working.


You look so neat
Everyday is your birthday
You're such a treat
I'm just a drip in your faucet
Before the party's over
Before the highway road
Before the day begins
There's something I need to say
There's no one else
There is no one quite so perfect
When you're foreign bound
I am the coin in your pocket
Just wait for me the night through
Like I do for you
There's no one left to cry boo hoo
play it through ok ok ok ok oh
You're not like me
It seems that people stick like flies to you
And my mystery
Is just that I've no one to cling to
I think it's the Chinese New Year
Of this I'm fairly clear
And what better way to celebrate
Than run away with little boy blue?
Come along now now now now now
Don't think on an offer that you can't refuse
Yesterday's not quite the same let's make it plain
There are things that I can do
Some day we're going to make it all right
It is a radio tells me so.

Clap Your Hands Say Yeah! / Emily Jean Stock / Some Loud Thunder

20 jun. 2008

algún momento entre 1983 y 1995

Jonathan Monk / The little things make all the difference, 2004
***
jugando futbol con un bote de frutsi en 1994

andando en bicicleta en el parque desesperadamente rápido para no tener que saludar a un adulto

lanzando todos tus juguetes y objetos por la ventana por el gusto de hacerlo

frente a la portería contraria en tu primer partido ‘oficial’, con el balón en tus pies, fallando

soplando por un agujero en la pared mientras alguien mira del otro lado

el momento justo a punto de golpearte en la boca con el borde de la mesa

escuchando pulsar fm en el radio todo el día y toda la noche

el momento en el que garcía aspe vuela el penalty ante Bulgaria en Estados Unidos 94

tú sintiéndote intelectualmente superior a un adulto por primera vez

logrando deslizarte de pecho una distancia considerable en el piso mojado mientras llueve

roberto baggio fallando el penalty en la final brasil-italia en el mundial estados unidos 94

encontrándote dinero en el suelo y pensando en lo que harás con él

esperando mientras tu mamá regatea el precio un videojuego

la primera vez que descubriste que podías engañar a aquellos menos listos que tú y la primera vez que viste que ya no podías

adivinando el lugar justo donde caería la pelota y sus consecuentes intentos (fallidos) de volver a adivinar

el momento en que lograste dominar la pelota en tres movimientos y despejaste por no saber qué hacer con ella

bailando sin vergüenza en tu fiesta de graduación, sudando, saliendo temprano de ella

la primera vez que te sentiste en franca ventaja sobre alguien y la pena que esto trajo

comiendo pizza a media noche mientras ves la repetición de la final brasil-italia del mundial estados unidos 94 y admirando la actuación de franco baresi

faltando a la escuela justo el día en que organizan un campeonato relámpago de futbol

viendo por la ventana cómo tu primo rompe tu bicicleta en dos

la primera vez que quisiste que tu vida fuera como una película

tú caminando a casa, deseando llegar pronto

machucándote los dedos con la puerta del coche, sin sentir el menor dolor

regresando a casa tarde, satisfecho
***
Este post se me ocurrió tras ver, acompañado (y esto es importantísimo), una pieza de Jonathan Monk cuyo título no recuerdo, pero todavía está expuesta en el muca campus, véanla.
Y vean mi contribución a Arjonismos, el blog sensación; y saludos a pat, al menos por aquí que aún se puede. Los amo a todos, lo saben.

16 jun. 2008

Mándalo a 15 personas en los próximos 143 minutos,después presiona F6 y el nombre de quien te ama aparecerá en letras mayúsculas, da tanta impresión porque es real.


Suppose the tax man becomes too soft
Suppose the tax man insists on you
Suppose the tax man catches some fever
Suppose the tax man arrives too soon
Suppose the tax man becomes a sunset
Suppose the tax man becomes the noon
Suppose the tax man raves,
across the lawn, in tiny circles
Suppose the tax man becomes too soft

Didier Thierbout, en Arrivals, 1990


I
Pero de todas maneras no lo vas a ver de otra forma, ya lo has visto antes, ya te lo he dicho antes, y asentiste, me acuerdo que asentiste sin mucho problema. No va a pasar así. Hay una parte en Proust, no me acuerdo exactamente, donde cuenta cómo todas las dichas que uno puede imaginarse están condenadas, desde el momento en que uno las evoca, a no ocurrir jamás. Todo lo que puedas imaginar, todas esas coincidencias excepcionales, aun cuando en la imaginación se sucedan como episodios frescos, con gracia, no van a ocurrir. No aparecerá cruzando la calle, no entrará de improviso, no te reconocerá entre la multitud.

II
Pero antes no había tanto qué pensar. ¿No? Desde que recuerdo, el que solía imaginarse ese tipo de situaciones relativamente complicadas (tan complicadas que, estoy seguro, si ocurrieran en vivo, con gente, con tiempo, no podría resolverlas, ni siquiera verlas desde un punto de vista amplio) era yo. Pero nada más. No esperaba a que realmente ocurrieran. No, pero ahora se vuelven cada vez más palpables, más dolorosamente imposibles, deseables.

III
Sí, puedes señalar aquí y allá, hay varias coincidencias, pero no hay más. No veo más, seguro tú menos que nadie.



Cuántos Starbucks donde antes no había nada, cuántos ipods por todos lados. Hasta hace poco me empecé a preocupar de esta proliferación de comercios nuevos. Guillermo Fadanelli dice que cuando dejas la música que te ha acompañado todo el tiempo es que te estás despidiendo, ¿pero qué pasa con los comercios? Recuerdo que cuando inauguraron el Trico que estaba por mi antigua casa, allá en Metro Zapata, causó revuelo que fuera panadería, rosticería y tienda de abarrotes (recordarán que en Trico, si aún quedan otros, vendían vinos, carnes frías y quesos mamones). No era una plaza propiamente dicha, si acaso era rondada como tal por vagos o adolescentes que no se habían enterado de la presencia de Plaza Universidad un par de cuadras. Había unas maquinitas adentro, he allí la causa. Eventualmente, el edificio que ocupaba los abarrotes se convirtió en un Seven Eleven y de repente demolieron la panadería para alzarla como una Panadería La Esperanza. Es extraño. Poco a poco, los metros cuadrados (pues sólo veía las fachadas) que rondaban a los pollos de Trico fueron convirtiéndose en comercios del todo olvidables: celulares, bon-ice, un negocio de tacos que se le ocurrió que la clave para prosperar era rebasar la informalidad (y al mismo tiempo el sabor, la picardía) y establecerse en un local, en la Del Valle. Había también una casa de empeño. Es tristísimo que ahora cundan las casas de empeño, es más triste que si comenzarán a cundir los despachos de abogados o de publicidad. Lo bueno de esta ciudad es que no es gradual, de los pollos va directamente a los préstamos, no te promete nada, no te da la oportunidad de acostumbrarte a que el viento te sople en la cara con amabilidad, alguien cierra la ventana y se encierra el olor de la cocina; ¿no era lo primero que percibían de las casas de sus amigos la primera vez que iban?, ¿el olor de la cocina? Era algo desagradable, lo confieso. Recuerdo pocas casas que no apestaran a cocina. Quizá, en algún nivel, este olor de bienvenida sea una metáfora amable del calor de hogar, de la cohesión familiar, de la presencia femenina en la casa. También puede significar que el ama de casa en cuestión es fodonga y deja las cosas sin hacer. Esta idea, la de la mamá malhecha y sucia me entristecía sobremanera de niño, supongo que algo querrá decir. La figura del padre rígido y desaliñado faltó por acá. Pero regresando al caso de la desaparición de Trico y la súbita aparición de La Esperanza, el punto es que mi madre ya le ha tomado cariño a dicho comercio, en últimas fechas trae una plétora de pan de dulce de una sucursal lejana: ahora irá a la de Zapata. Es como cuando a Krusty el Payaso lo meten en la cárcel y los niños se olvidan de él rápidamente para encariñarse con Bob Patiño, que leía libros en vivo y era culto. Eso ha de querer decir otra cosa, antes los Simpson eran otra cosa. Pastelerías La Esperanza donde antes había Tricos, Soriana donde antes era Gigante, demasiados Oxxos, demasiados cajeros automáticos (¿ya les dije que estoy leyendo Generación X de Coupland?), comerciales ingeniosos bajados de internet comentados en programas de variedad en televisión (odio el repentino, extinguido y aún sobreviviente en ciertos círculos amor a los comerciales); Aurrera, o por lo menos la sucursal de Plaza Universidad, vendía las mejores pizzas del universo (cuando la mejor cocinera del universo decide dejar pasar el cumpleaños de su hijo y comprar pizzas en Aurrera es porque deben ser las mejores del universo), y luego lo hicieron Wal Mart, y a lado le pusieron un Sams. Recuerdo, meses antes de dejar mi casa, que tenía, a menos de medio kilómetro a la redonda, una Comercial Mexicana, un Carrefour, un Aurrera, un Gigante y un Sams. No sé quién tiene tanta prisa.


Desde siempre, he interpretado el que un producto use sus cifras de venta para hacerse publicidad como una afrenta directa. Por ejemplo, te dicen que ahora su servicio está en todo el país, que uno de cada dos mexicanos lo usa, que llevan tantos millones vendidos. No sé, pero desde niño sentía que haciendo eso se burlan de uno. “Ya le vendimos esta mugre a doscientos millones de pendejos y lo vas a comprar, puto, te guste o no”. Esa cosa de la lealtad a una marca y de dejar la imagen en todos lados es una porquería. ¿No sientes que nadie tiene sentido del futuro ahora? ¿Cuántas veces sube su precio una revista antes de extinguirse?; el caso de las revistas es sintomático, son la prueba más prístina de las aspiraciones del jet set pobre (¿ya les conté que estoy leyendo?...oh, sí, ya), aparecen, son fugaces, se quieren hacer ricos con ella desde el primer número, se viene abajo, nada ocurre realmente. ¿Cuando suben los precios de las cosas, quienes los suben no pensarán en que si se siguen subiendo sin control eventualmente, y probablemente en vida, alcanzarán cantidades ridículas? ¿Qué no piensan que hay más vida después de la suya? Siempre he pensado que cuando hacen esto es porque se tiene una especie de visión fatalista del futuro, como si se fuera a acabar al mundo y nada más importara. Esto me provoca inquietud, o algo así.


Ya sé cuál es el sketch más hilarante en la historia de la televisión: en Family Guy, a Peter le detectan retraso mental y todos tienen que aguantarlo. Brian le pregunta a Lois si alguna vez en sus años de casada pensó con orgullo en el hombre con quien se caso, a a lo que ella responde que trata de no pensar en eso. Brian le pregunta si reprimir eso no es poco saludable, a lo que la cámara toma un close up del cerebro de Lois, en donde un montículo, con una boca que se mueve, dice, con tono animoso: "I'm a tumor, I'm a tumor, I'm a tumor; I'm a tumor, I'm a tumor...Oh, I'm a tumor".


Mi contacto humano últimamente me hace pensar que en verdad debería retomar varias cosas. Un vendedor callejero de libros logró hacer un buen trato y me llevé Microsiervos de Coupland sin regateo. El sujeto, un par de años mayor que yo quizá, estaba interesado en el cliente, decía que era un alivio que se lleven los libros, que haya interés en la lectura. Me preguntó si me lo estaba llevando ‘para el trabajo’, que qué estudiaba. Alcancé a dar un par de respuestas bienintencionadas pero muy lejos del entusiasmo del vendedor. Ahora mismo lo pienso y debí parecerle un amargado. Usaba la palabra amigo para dirigirse pero no la repetía lo suficiente como para hacerse odioso. Más tarde un mendigo me perdía dinero y, ante la negativa, utilizaba la empatía para lograr la moneda. La verdad, el tipo era simpático (las únicas causas de posible aversión eran, quizá, el olor, el aspecto semi amenazador que el sentido común en esta ciudad dicta, que no tenía, como casi todo el mundo, nada que perder), pero creo que, a pesar de mis tentativas de simpatía con prisa, seguro le habré parecido antipático también. Me siento culpable de parecerle desagradable a un vendedor callejero y a un mendigo, debería frecuentar a más gente. Por cierto: ¡Hola Pat!


Llegué por calle Corrientes
Salí por la diagonal
Recorrí lo suficiente
Sólo por verte cruzar

(Entre Ríos / Lima / Completo)


Ayer, cuando el vendedor de libros usados del párrafo anterior abría el plástico mientras me decía que me estaba dando un muy buen libro a un muy buen precio (odio a los vendedores como pocas cosas en el mundo), yo pensaba: “OK, haré lo de siempre, abriré un par de páginas y con eso tengo para saber si me lo compro”. Más que eso, le dije a Alice, que me acompañaba y que sospecho que me da suerte (en su presencia las brocas me las venden al dos por uno, aparecen los libros descontinuados, los cafés del seven eleven de $15 cuestan $11) que me dijera un número de página para hacer el juicio pertinente. Ella dijo 174 porque le había dicho que era mi número favorito. Esto es lo que salió en la página 174 de Microsiervos de Douglas Coupland; la palabra de la que habla es dinero, que llena las dos páginas anteriores:

He contemplado la pantalla llena de estas palabras y, al final, se han disuelto y han perdido su significado, como ocurre con las palabras cuando las repites una y otra vez, como ocurre con cualquier cosa cuando le quitas el contexto, como ocurre cuando entramos de golpe en el mundo de lo inmaterial utilizando los dispositivos más simples, como la multiplicación.


Sirako: imposible abrir tu blog, computadora se pasma, nos asustamos. Any: ¿Qué, si yo sigo dándome mis vueltas religiosamente por allá, re-li-gio-sa-men-te. Sí, me consta, andas por aquí, búscate bien, de verdad.






Las líneas que abren el post es la frase con la que cierra una cadena que me enviaron por mail.

12 jun. 2008

Lamento lo fácil que es hartarse por aquí últimamente. A falta de nada más, vuelvo, sólo por esta vez, a los textos et al, pero por fin pude traducir esto, helo aquí: un ensayo de Wyatt Byrnamm, publicado originalmente en la revista État D’Alerte, no. 74, abril-mayo 1991. Sé que ya he posteado cosas de este sujeto, ingoogleable, pero existe. También Manuel Joseph es ingoogleable, y me consta que también existe. Según leo en la fotocopia de la contraportada de un libro que tengo de él (del cual me hice por pura casualidad, ah, el cele), daba clases, se suicidó a los 35, escribió unos cuanto libros y se publicaron póstumamente. Etcétera, así pasa. Como sea, a mí me gusta. Gracias, vuelva pronto.


* * *



La Felicidad es algo deseable

¿Por qué somos tan infelices? La respuesta más simple pareciera paradójica: Porque intentamos ser felices. El intento es una posibilidad de fracaso, la posibilidad en sí misma no. El ensayo-error no representa un medio de aprendizaje ingenuo sino la evidenciación, casi siempre angustiosa, de nuestras aspiraciones más humanas. Los ejemplos que atinadamente suele usar la psicología son representaciones a escala del mundo: un chimpancé observa, uno creería que con ansia, un plátano colgando del techo de su cautiverio y se constriñe por no poder alcanzarlo. Apila unas cajas y logra hacerse del alimento. Éxito, ocurre el aprendizaje y el animal es feliz. O hay otro ejemplo, este menos enfocado al estudio psicológico y más una metáfora doméstica de perseverancia, me lo contó mi madre cuando muy niño: un sujeto va corriendo por el parque y descubre, así, de la nada, un muro alto. No existe otro camino, hay que saltar el muro o dar la vuelta. Aquí, lo recuerdo, yo contestaba que volvería sobre mis pasos, descansado tras la evasión de la decisión y seguiría corriendo. Si la actividad de correr alrededor de un jardín me parecía lo suficientemente anodina ya de infante (e insufrible, dada mi endeble salud respiratoria), la engorrosa tarea de sortear obstáculos no hacia más que reforzar mi idea: es un simple muro, el sujeto hipotético sólo está corriendo, dé la vuelta y siga ejercitándose. Pero mi madre corregía, sin solemnidad pero con certeza: el que responde que volvería sobre sus pasos es un cobarde que prefiere evitar los problemas, mientras que el heroico atleta que decide ensuciarse las manos y salvar la barda equivale al individuo tenaz que toma a la vida por los cuernos y triunfa. Y triunfa, me quedaba pensando. Yo pensaba en un parque real y un muro real, con leyes reales, uno al que uno ha llegado demasiado tarde como para organizarlo a su gusto: tras unos cuantos intentos de escalar, muy probablemente se acercarían policías a detener al tenaz luchador. La valentía y el heroísmo siempre conllevan un cierto grado de estupidez o por lo menos de ingenuidad. Después de todo se trataba de alguna enseñanza de sencilla, muy probablemente la habría sacado de alguna revista, sin embargo, desde entonces la idea me resultaba fastidiosa: o tomas el riesgo, te cansas, sufres y eventualmente triunfas, o rechazas las responsabilidades de tu propia suerte y resultas ser un fracasado. Desde que tengo memoria, mi nivel de competitividad es deplorable: no es la del obrero o el trabajador promedio que se empeña por todos los medios que le es posible no hacer su trabajo, sino la del espectador pasivo y aun así sofocado desde el principio que sufre de ver las posibilidades de la competencia, asqueado del sudor y la piedad ajenas. El chimpancé exitoso, con su plátano pintorescamente pelado y medalla al pecho, no tendría que pasar por los vericuetos que pasa en el laboratorio si se encontrara en su habitat natural, donde la supervivencia exige más que erigir torres de madera. Podría decirse que esta lucha animal por la vida exige mayor esfuerzo, sin embargo, en la fábula del simio, vemos el guión cinematográfico de un drama humano: el animal es forzado a luchar, a entregarse al mundo –o por lo menos a un mundo que no le pertenece en principio-, vemos cómo aparece la evidente responsabilidad de su propia alimentación y tiene que llevar su papel a cabo: el espectador en su butaca observa la forzosa tarea de alcanzar el alimento, el animal muestra síntomas de angustia pero sale avante y culmina con la conquista del mundo. El chimpancé es obligado a sufrir, no a sobrevivir, sin embargo dicho sufrimiento no existe realmente, pues no está enterado que está obligado a triunfar, así como tampoco tiene plena conciencia de su eventual muerte, lo que le evita la angustia, la desdicha.
¿Cuál es el sentido de la vida? A la solemnidad de la pregunta (una solemnidad no requerida) se interpone el tono desentendido y visceral que contesta, sin ánimos de amargarse: “Ser feliz”. Nuestro objetivo, el blanco de la vida es, pues, ser felices. Pero, ¿por qué ser feliz? De nuevo una difícil. ¿Por qué la pregunta? Otra vez se erige un teatro complicado donde antes sólo había buenas intenciones, como en el calvario del chimpancé. Ya hemos escuchado hasta el hartazgo que nuestra sociedad es la más triste que ha habido en la historia de la humanidad, sin embargo los síntomas siempre son engañosos: el aumento en los llamados deportes extremos como sustitutos de una vida más interesante, en el número de suicidios en temporada decembrina, la depresión, todo esto no indica sino que hay gente pasándosela mal, pero convendría más atender a los preparativos de la batalla que a las víctimas de guerra. Los niños son enviados a encarar el mundo desde sus pupitres, armados de mochilas demasiado grandes para sus espaldas, regresan al cuartel filial con noticias del frente: un ojo morado, buenas calificaciones o el fracaso tatuado en la frente. A grandes rasgos, cuando se es niño, el frente de ataque se reduce a salir airoso en la repartición o evasión de la tortura aplicada por los propios soldados o, en menor, y a la larga escasamente apreciada medida, la obtención de condecoraciones oficiales. Si se rebasa a los heridos se llega a diversos monumentos y procesiones del escarnio: el cuadro de honor, la escolta, el abanderado, el diploma al final de cursos. Los que aún conservan los vendajes se limitan a observar, apretando los puños lesionados, al airoso y el vividor.
Pero, en el fondo, la verdadera batalla no se lleva a cabo en el exterior, en los salones de clases ni en sus continuaciones, las oficinas y despachos, sino en el hogar. Uno de los pocos derechos que tienen los ciudadanos de este mundo es el más insaciablemente extinguido por la sociedad productiva: el ocio, el tedio, el aburrimiento. ¿Qué representan esas bajas del regimiento que constituyen los que mueren de hastío en sus casas, los que ‘pierden el tiempo’? El sistema implica que estos sujetos no deberían estar acomodados en la desidia que brinda el sillón (a menos que estén viendo televisión, lo que hace que vean comerciales y estén a la mitad del camino a la ciudadanía contemporánea: el consumo), sino que deberían ser productivos –tiempo es dinero-, deberían estar pasándoselo bien, deberían estar andando, en movimiento. ¿En serio? Los embates del mundo que exige la mayor de las diversiones y el menor de los esfuerzos bien podrían estar equivocándose de oponente. Pero concentrémonos en ejemplos, de acuerdo a esta idea de ocio y el malgaste de tiempo, más simples y anodinos. Piénsese por ejemplo en la ya mencionada temporada navideña: un sujeto ve televisión, le anuncian, con esa manera tan directa e indiferente, que esta navidad se lo estará pasando de maravilla con sus familiares o amigos, abriendo botellas de vino, comiendo hasta engordar (y con una sonrisa llena de sorna le dicen que también deberá pensar en eliminar el sobrepeso a lo largo del año que se avecina), recibiendo regalos, sonriendo con dientes perfectos y con una compañía atractiva. A decir verdad, nuestro conejillo de indias teórico ve este comercial el 24 de diciembre a las nueve de la noche, no planea pasarlo con nadie ni cenar viandas corpulentas porque no acostumbra cenar; desde joven vio la separación de la familia como una especia de obligación (una obligación impuesta en otro tiempo más ingenuo, la rebeldía y la independencia del supuesto yugo familiar fue un error mercantil, una familia aporta más al mundo –hijos, propiedades- que un solterón; después le informaron que debería consumir a lado de los suyos, pero ya era demasiado tarde), quizá reciba llamadas telefónicas pasada la medianoche, pero de su aparato no saldrá nada, y lo más probable es que para cuando los gritos y los abrazos se hagan audibles en los hogares vecinos él ya esté durmiendo. Y entonces nuestro sujeto teórico se parte en dos e interpreta dos papeles para nuestro experimento: en uno, se entera que deberá pasárselo bien por las vías usuales, que deberá sonreír mientras consume sus alimentos, que deberá llamar a todos sus conocidos para recordarles que ellos también deberán estar pasándoselo bien, que deberá producirse una sobremesa ligera, basada en la empatía y no en alguien en particular, que debería hacer regalos. Nuestro sujeto ‘a’ participa de los negocios e intercambios que representa la vida, o que más bien remedan la vida. En su otro papel, nuestro sujeto ‘b’ se entera de todo esto y se constriñe ante la imposibilidad de llevarlo a cabo, la omisión de todos estos factores lo hace sentirse fracasado: un sujeto obligado a ser feliz que no lo logra, entonces decide terminar de una vez y, en un acto de cobardía (pues sabemos que matarse a uno mismo es una cobardía) se tira de la ventana de su departamento o practica algún tipo de suicidio doméstico. Nuestro sujeto menos afortunado ha perdido su ciudadanía y es llevado al cementerio, pierde su lugar en la cadena de acontecimientos triviales que lo atosigaban y deja de ser humano –ahora es comida para gusanos-, deja de ser posible heredero –su madre y sus hermanas se repartirán sus muebles, regalarán sus libros y su ropa al hijo universitario de alguna conocida-, deja de ser motivo de posibles alegrías, como una boda o un nacimiento, y se convierte en pretexto para el silencio y la solemnidad que a partir de ahora acompañará su recuerdo en algunas personas. Volviendo al terreno de batalla, si los historiales fúnebres fueran llevados a cabo por la sección de contabilidad de las empresas el dictamen sería: usuario pierde la vida. Por lo menos –suele decirse- ya no sufre. Vaya, un pequeño grado de conmiseración, aún al final de su vida, a nadie se le niega el acceso al mundo que es este mundo.
Como sea, la obligación es pasárselo bien, estar contento, ser productivo, disfrutar la vida. Los cumpleaños son otro caso ejemplar: se celebra la propia existencia con frenesí, como si fuera la más grande de todas las mandas del ritual de vida.

-¿Y qué vas a hacer en tu cumpleaños?
-Mmm, nada.
-¡Oh, qué aburrido!

Aquel que decide aburrirse solo es tildado de hostil, incluso la pérdida de tiempo que la diversión puede suponer en el mundo de la producción suele trasladarse, en maneras extrañas, al caso del cumpleaños: no celebrar tu cumpleaños con furor equivale, en el campo del entretenimiento, al mal uso del tiempo y los recursos que supone la improductividad en el campo de los ministerios y las administraciones humanas. Quien va a cumplir un año más del tedio, está condenado a ejercer su papel con fidelidad: divertirse, alcoholizarse sin vuelta atrás, ser feliz, ser jodidamente feliz. Nada más importa.

-Pero deberías estar contento, es tu cumpleaños.
-No se me da la gana estar contento.

Y el pobre se amarga la vida porque no tiene amigos, piensa sin mucha seriedad el entusiasta que ha accedido, sin ser requerido, a conmiserarse del otro. Pero esta posición ante un entorno en el que el olvido y la sucesión del deseo más brutal dictan el orden de los días representa una posibilidad positiva. No a ser feliz, sino a fracasar en la búsqueda de la ansiada felicidad. Estoy convencido de que el fracaso puede revestir ese cariz heroico, de que el fracaso puede ser un acto afirmativo. Pero parece, no obstante que el que falla en su intento de felicidad resulta, por obvias y muy vulgares razones, un infeliz y un amargado, porque seguramente no lo ha intentado bien, porque podría ser feliz pero no lo es, no se le da la gana. Para el emprendedor feroz, es odioso ver al haragán o al vagabundo en el suelo ocupando un espacio que podría ocupar un comercio exitoso o unos cuantos metros cúbicos de barras de oro. De manera análoga, ver al triste o al depresivo haciéndose cargo de su propia existencia sin gozar de una alegría ingenua y sana en medio de las miríadas de satisfechos resulta detestable, recuerda que existen errores, fracasos, desviaciones. Camus decía que a partir de cierta edad cada uno es responsable de su propia cara, lo cual representa una agradable manera de decir que uno está condenado a sí mismo. Escrutar y procurar el propio rostro resulta casi decepcionante, a menos que uno sea guapo, en cuyo caso será un placer, nos lo han dicho en repetidas ocasiones y maneras, tiene que ser un placer. ¿No es usted guapo o mínimamente atractivo? Pierde su tiempo entonces.
¿Por qué se está condenado a ser feliz? Benjamin decía que uno se encuentra tirado en esta sociedad. Ahora se ha avanzado bastante en el escalafón existencial: uno se encuentra obligado a pararse, aunque la primera condición de este levantamiento sea que es imposible. Se sigue practicando el ensayo y error a sabiendas de que no consiste en una preparación para la vida, sino en un simulacro de acciones que habrán de preparar al joven ciudadano a afrontar las constantes crisis, es decir: vemos al sujeto horizontal en su intento por pararse en una superficie resbalosa, como un alce que ha tenido la mala suerte de entrar en un lago congelado y no poder salir, quemando sus rodillas contra el hielo. Con el tiempo, nuestro sujeto-tortuga volteada se cansa de intentarlo, aprieta los dientes y cae una y otra vez cada que logra elevarse unos centímetros. Cuando ha sufrido lo suficiente como para nunca olvidarlo, una mano generosa lo levanta y le dice que está listo. Su vida es así. Una vida previa deseando levantarse y permanecer vertical le ha condenado a mirar con desdén. Para cuando se yergue la penosa horizontalidad ha mermado su ser. No es posible voltear hacia atrás. Cada pequeña victoria se vuelve motivo de furia y total resentimiento. Nada hay más enternecedor que escuchar historias de piedad contadas por hombres exitosos: multimillonarios, dueños de monopolios, políticos que han logrado pasar por encima de todos los que tenían que pasar, gente que ahora vive la vida con descaro. El relato inicia casi siempre con las mismas palabras: “Yo empecé desde abajo”, o “Empecé a ganarme la vida desde muy pequeño”. Y nuestro personaje televisado de la semana comienza a soltar fluidos discretamente: lágrimas, sangre que emana de las encías, sudor de la sien, bilis. Recuerda cómo ahora –y este es el momento crucial de la historia- le ha demostrado al mundo quién es, el odio y el rencor no se ha ido, pero se ha canalizado en un orgullo y un egoísmo bárbaro aunque, económicamente, de una plusvalía sana, provechosa. Nuestro sujeto logró levantarse pero sigue pataleando en el suelo, retorcido, sanguinolento. El deseo que ha alimentado su vida ha invadido todo el cuerpo, y ahora llega a la meta: nuestro caso ejemplar es un ganador. Logra la felicidad práctica, no añora nada, pero no puede dejar de desear.
Habría que definir esta palabra: deseo. Deseo por sentir placer, deseo por estar contento, deseo por competir, deseo por sobrevivir, deseo por alcoholizarse hasta el punto del olvido. Al final del día nuestro sujeto teórico ha decidido abandonar todo intento de reincorporarse, en el fondo sabe que ese intento vano es lo que lo hace tan infeliz; no es el fracasar o el dar la peor de sus batallas cada vez sino la idea de que debe intentarlo, de que debería disfrutarlo, lo que verdaderamente le agobia. Este juego de vivir la vida dejó de ser divertido cuando comenzó a alejarse cada vez más del personaje que le correspondía, cuando comenzó a ser crítico. Para ese momento, ya estaba irremediablemente condenado a ser prisionero de sí mismo. Asiste, con una frialdad impecable, a su propia autopsia.
Pero la teatralidad ha sido olvidada de la alegoría de los días y el tono épico del drama doméstico es visto como una antigüedad ridícula, lenta y aburrida. Nuestro sujeto es un elemento incómodo. La sociedad, por lo tanto, se compromete a recordarle, por supuesto, que debería estar feliz, que debería pasárselo bien, que debería, y puede tomarlo como juego o no, vivir la vida. Oh, vaya que lo ha hecho, pero ya no tiene ganas de hacerlo. Y mientras, nuestro desgraciado individuo lleva, en el pecado, la penitencia. En un mundo donde el olvido frenético controla la conciencia y el interés por vivir, la atribución desmedida de importancia para con cualquier cosa es mal vista, eres acusado de aburrido, casi una amenaza.
Piénsese en los centros comerciales, catedrales contemporáneas: el visitante asiste a estruendosas simulaciones de vida en todas sus variantes: la seducción del vestir y la competencia de la moda, los –necesariamente deseables- cuerpos jóvenes en la flor de la vida, todos los servicios para relacionarnos están ahí, desde cafés hasta discotecas o cabinas telefónicas aisladas del ruido; sin embargo, la comunicación está absolutamente vetada. El aglomerado de personas no es impedimento para que marchen sin reparar en el otro, con cierta rapidez, sin detenerse. Y en el anfiteatro de la existencia que suponen los centros comerciales estas trivialidades resultan, de hecho, el campo de batalla real y encarnizado, la bandera del enemigo a la que hay que secuestrar. Así, los fracasados y los perdedores (término relativamente nuevo, esta vez despojado de su antiguo matiz épico para ser suplantado por otro más bien ridículo) están forzados a cumplir su papel, lo mismo que los vencedores ejecutan su ritual de permanencia. Al parecer, la posibilidad de hacerse responsable de la cara de uno sí es deseable, pero desfasa con el orden de los movimientos humanos hoy. Se tiene conciencia de uno mismo y paf, se está condenado. Y sin embargo, juegas tu papel, lo intentas, pero fallas, eso ya lo sabías de antemano, pero te has obstinado en pensar que la distancia en contra con la que te ubicas en la línea de salida no era del todo insalvable, podías pensar en ella, incluso, como una especie de motivación. Craso error. Ése, y sólo ése era tu espacio de combate, espacio mínimo, casi negativo en la escala. Deseas, pero sabes de antemano que cualquier realización está prohibida, así que sufres, y no obstante no has dejado de interpretar tu parte. Te angustia la idea de que tienes que echar a correr aunque no te has dado cuenta que ya has comenzado, y pasas toda la carrera pensando en cuán difícil será decidirse a empezar. Estás cansado, has corrido toda la vida, cada insignificante reto. Las decisiones más o menos relevantes que te quedan no tienen que ver contigo sino con tu imagen: la imagen que proyectas al mundo. Esa es la cara por la que tienes que responder. Deberías estar feliz.
Y otras caras se asoman, son rostros felices, siempre se nos ofrecen, para establecer un odioso punto de comparación y continuar la competencia. En otras ocasiones las imágenes de felicidad se otorgaban sin mala intención: eran síntomas ingenuos de un creciente deseo por combatir. Con el tiempo, el intercambio de golpes en la mirada, en las insinuaciones, en las maneras del decir, del vestir, comenzaron a teñirse de un espíritu que pretendía manifestarse en cada pequeño gesto, por incipiente que pudiera parecer el minúsculo y aparentemente ingenuo impacto. Las cándidas palmadas en la espalda dadas en un tiempo filial de manera indolora ahora pueden convertirse en un roce lleno de seducción, en una tentativa de compra. Y te miras al espejo y piensas “¿Qué podría yo ofrecer en estos negocios?” Todo. En una maquinaria, los engranes inservibles se reemplazan por otros nuevos y se mantiene el equilibrio: equilibrio de un desgaste monótono, de un sistema que precisa de perder energía y sacrificar elementos para poder seguir cambiando y permaneciendo igual. Los cuerpos, igualmente, cumplen algunas funciones en nuestro sistema: la reproducción, la satisfacción, la dependencia, la muerte. Cada cuerpo que se nombra eventualmente se menciona y, finalmente, existe. Alguien más hace el trabajo sin contarnos demasiado de cómo sucedió.
Pero, en algún momento, decides prescindir de los intercambios, te mantienes firme: nada que ofrecer, poco espíritu de lucha, decidido a caer sin emitir ningún sonido, como los árboles, que dependen de otros árboles para certificar su muerte. Por la ventana no se cuela la vida de nadie más y estás tranquilo en tu angustia, sigues teniendo miedo pero es soportable, no eres desgraciado realmente. Pero el conjunto de acciones de otros seres humanos encuentra camino, se hace fuerte, y la batalla se traslada al punto que ocupas en el espacio, ese punto mísero, raquítico. Frente a tus ojos se lleva a cabo un conjunto de canjes y reciprocidades del que te notas ausente, se acabó todo, moneda de cambio, los engranes echan a rechinar en tus oídos, estás listo para comenzar a desear con todo tu corazón.
Las puertas de los aeropuertos se abren cada cierto número de minutos, miles de criaturas son expulsadas de la cálida matriz, otros rituales similares se llevan a cabo en otros grupos similares: palizas de iniciación, bienvenidas sanguinolentas. Pronto los ojos inyectados en sangre del compañero se tornan de un amarillo hepático que no hacen más que despertar un sentimiento de infinita piedad: se está acompañado en esto, por más que se intente dar el aislamiento, siempre habrá alguien que tome las medidas del ataúd y se disponga a devolver el cuerpo a la tierra o al asfalto. Pero la conmiseración dura poco, pronto otra caricia humana propinada con el puño se manifiesta y te hace olvidar, definitivamente, la lástima. El sentimiento de grupo depende del grupo y nada más: los ojos amarillos vuelven al rojo, y nadie recuerda cómo levantarte del suelo una vez más, una vez de más. Las entradas suelen ser así, inolvidables y didácticas, sumamente condescendientes con el nuevo individuo que ignora todo lo que ha aprendido y que aprenderá. Tienes frío pero sabes que no morirás, no es así como funciona, sería un desperdicio. Tus relaciones con el mundo son armónicas y apresuradas, como una melodía entonada por alguien, saltando varias secciones más o menos aburridas. Te dedicas a observar y ejecutar. Los animales suelen ser excelentes ejemplos/recipientes de juicio humano: reciben y dan. Un hombre vive sólo con su perro, que un día no duda en morderle mientras le sirve croquetas en un plato. El propietario se siente ofendido y retrocede un paso o dos, mientras el animal se abalanza sobre la comida sin darle importancia al asunto. El sujeto sigue palpando la zona atacada revisando posibles daños. Lamentaba que la gratitud fuera algo que sólo se le exige, tan violentamente, a los seres humanos; no veía reparo en civilizar al perro con un martillazo en la cabeza, un simple golpe de muñeca, apenas audible y luego una leve depresión en la mollera, un pequeño grito ahogado y es todo, era como desbastar el perro a ciudadano. Habría algo de sangre quizá, se imaginaba que no respondería al golpe, que se quedaría inmóvil, prolongando el desmayo, o que se echaría para atrás en su perímetro de acción, delimitado por la distancia que guarda con su plato (tal como funcionan los departamentos), como arrepentido de meterse con el mundo, o por lo menos con uno que no era el suyo. Definitivamente, en su hipotético castigo y eventual conmiseración, le estaba dando todos los derechos a los que cualquier ciudadano puede aspirar. Definitivamente estamos ante una nueva versión de cómo la gente organiza sus deseos, dolores, temores, esperanzas, ambiciones, límites, relaciones sociales e identidades, una versión más veloz y llamativa. Pero la imagen deseada está allí. No así el otro. El otro nunca está presente y es más que evidente que jamás se podrá acceder a esos cuerpos, a esa vía de satisfacción que nos aseguran odiosamente que es el terreno sexual.
Cada ciudadano contemporáneo debiera tener el derecho inalienable a estar al margen. Y no hay constricción ni deber, sino la posibilidad de cada individuo en su propio hastío de afirmarse a sí mismo. Esto, por supuesto, implica un compromiso y la toma de una posición ante el entorno.
Algunos ejercen su depresión amablemente, y todo el mundo parece estar de lo mejor. ¿Qué pasa si no se le da la gana a alguien sentirse siempre bien? Incluso se nos ha despojado de nuestro derecho a estar tristes. La depresión, se suele recordar al común de la población vía radio y televisión, es una enfermedad. Pareciera que basta con introducirla al vocabulario popular para que exista en el mundo y se difunda vulgarmente la idea de que algunas personas no soporten enfrentarse a sí mismos. Y así, la felicidad tan deseada le es negada al depresivo y al autista, que no conoce el deseo y por lo tanto no lo necesita, tampoco la felicidad le es imprescindible, sólo la mera supervivencia.

Wyatt Byrnamm, febrero de 1991

7 jun. 2008

Une promesse de bonheur

Bas Jan Ader, Please Don't Leave Me, 1969




Cada vez tengo menos qué contar por aquí
Escuchando: Morton Feldman / String Quartet 2, CD 3, Ives ensemble
(el aparato se traba media hora después, posteando en silencio)

Anoche me dio flojera cambiarle de canal a la tele después de Malcolm in the Middle y le dejé en el cinco. Vi una serie llamada Dr. House, de la cual estoy más que seguro que ustedes saben más que yo, así que me limitaré al trasfondo personal: desde que empezó esta fiebre por las series (momento marcado con el abarrotamiento de temporadas en dvd y una arrolladora e inevitable plática sobre si alguien vio Lost) desarrollé de inmediato una hostilidad casi patológica. Nunca me interesó ver Lost, ni Desperate Housewives, ni CSI, ni The OC, ni nada. Yo me quedé atrás, soy de la opinión de que las series llegaron a su punto culminante con Married with Children. El punto es que las series y todas sus temporadas me dejan frío, de hecho, siempre he querido que se presente la situación adecuada para hacer este comentario increíblemente mamón:

A: weeey, qué pedo con tu amigo ca’on
Bob: te va a caer bien, creo que le gusta Lost y así

El punto es que ayer vi como dos horas de Dr. House. Lo que alcancé a pergeñar es que es un tipo que rompe madres en eso de la medicina, diagnostica en fracciones de segundos pero necesita opiáceos para aguantar un dolor que supongo se explica en capítulos anteriores. Es uno de esos personajes endemoniadamente carismáticos. Uno le agarra cariño en un rato. Creo que Dr. House tiene síndrome de Asperger, por cierto. El caso posteable es, más o menos, el siguiente: de niño (otra vez de niño) yo tenía un entendimiento del mundo de que las cosas se decidían desde el principio, que las decisiones se toman desde mucho tiempo atrás. Por ejemplo, cuando me encontré por primera vez con esa cosa de Juan Diego y que le habla la virgen, pensaba que ese hombre debía de haber llevado toda una vida de bondad y buenas acciones y que yo, a mis seis o siete años, ya estaba muy lleno de cosas malas para que se me apareciera una virgen. Cuando vi por primera vez Mi Pobre Angelito (costumbre navideña entre mi familia non grata) recuerdo que se decía que Macaulay Culkin era un niño era muy inteligente, que era bien abusado, que cómo hay niños bien despiertos. Yo pensaba, sentado en un sillón, incómodo entre familiares iguales, que yo ya era un retrasado mental y que nunca podría hacer esas cosas tan ingeniosas y arriesgadas. Ayer, mientras veía como un doctor decía un montón de nombres impronunciables y resolvía las cosas con efectividad (y gracia, sobretodo gracia) pensaba cómo esta idea de máximo rendimiento y competencia agresiva me hubieran hecho sentir mortificado. No sé. Volveré a ver Dr. House, creo.

Sí, creo que ayer me preguntaba Alice si Dulce María estaba embarazada. No sé, pero le decía que sería una verdadera pena, pues sería la segunda chica con la vida hecha que lo tira todo por la borda. La otra era Camila Sodi. La chica tenía toda una vida de fama y comodidades sin tener que hacer nada, es decir, no cantaba, no actuaba gran cosa, no nada, podía pasársela yendo a fiestas y luciendo como una menor de edad muy sexy y se le va la vida y se embaraza con el primer actor que encuentra. Dicen, también, que va a interpretar a Bulma en la película de Dragón Ball Z. Este tipo de chicas son parte de una nueva generación de celebridades que básicamente son celebridades, algo así como esa chica Cory Kennedy, de quien apenas me enteré que era un fenómeno global. Como sea, el caso de Dulce María sería otra cosa, pues no dudo que constituyera, de repente, un ejemplo de vida para otras tantas chicas en desgracia. Mi fragmento de esta semana será este:

Vacía

Dime cuándo fallé.
Dime cuándo te mentí.
Dime cómo fue
Que se extinguió ese fuego en ti.

Me siento vacía,
fría y con mucho dolor.
Siento que estoy en un abismo y nadie se acerca a detenerme.

Por qué si saben que estás mal,
se empeñan en hacerte sentir peor.
Por qué a la gente que le das todo
es la que se burla de tu amor.

Por qué a la gente que te quiere y te da su amor,
es a la que haces sufrir,
Y depositas tu amor en quien te hace llorar.

Hay que ver más adelante, ser fuerte y salir
de la gente a la que no le importa tu dolor,
Porque sin tu amor, hoy no serían lo que son.

Qué malagradecidos son, si se llevaron parte de tu corazón.


Y en internet dice que no está embarazada.

La próxima expo del Tamayo es de Henrik Håkansson, cuyo sitio recomiendo.

El programa de los gordos no tiene corazón. Este es un punto muy rebuscado pero vale la pena contarlo: la semana pasada hubo competencias entre los gordos, que se dividen en dos equipos. El equipo ganador se llevó el derecho de comer con sus familiares, a quienes no ven desde hace tres semanas porque es un reality show. Un gordo simpático y por ende fuerte contendiente al premio, decidió cederle su derecho de "cena familiar" a una gorda del equipo que perdió porque consideraba que la gorda histérica a quien se lo dejó necesitaba más ver a su familia. Como gesto de recompensa con él por su noble gesto, Televisa se contactó vía telefónica con la novia del gordo en cuestión (su sueño es adelgazar para ponerse un traje y pedirle matrimonio) para traerla al estudio y grabar el emotivo encuentro. La chica se negó. Le dijeron todo esto al sujeto (es decir, el intento de la televisora y la negativa de la chica) y su vida ahora es una montaña de preocupaciones en close up y llantos televisados. Véanlo.
¿Por qué a las chicas no les gusta Entre Ríos?
¿Quién se apunta a jugar Bomberman?
Saludos a Luís, donde quiera que esté.

En estos momentos se lleva a cabo un festival en Tepoztlán organizado por chairos y anexas. Nunca confíen en un chairo. Ya están grandes jóvenes (jojo). Elsa: queremos fotos.
Seré un hombre nuevo
En próximos días, el administrador de este blog pretende llevar a cabo un montón de actividades que me harán un hombre nuevo y sano. Primero, antecedentes: descubrimos que Alice medio sabe leer la mano. Yo sugerí, con tono de jocoso cariño, que llevó un diplomado en CNCI, lo que me redituó en un franco golpe como respuesta. Después de esto, se comprometió traerme algo así como una descripción general basada en mi fecha y hora de nacimiento mediante una página de internet. Cinco a diez días hábiles después, leía con avidez cómo estas cosas describen con mucha precisión la vida de uno. Sí, ya lo había dicho antes, estas cosas del horóscopo son cosas de señora, pero uno no puede dejar de asombrarse ante tanta precisión. Desde hoy, en este blog se cree en esas cosas. Como sea, aunado a otras circunstancias, un hálito de espíritu emprendedor me llena, me pondré a retomar mi tesis (en la cual creía y aún creo con pasión), retomaré la vida sana, empezaré a aprender francés por mi cuenta (nadie quiso el intercambio de clases de portugués) y sobretodo: comenzaré a hacer mi servicio social. El tema me aterraba hasta hace unos días y me llena de felicidad desde hace unos minutos. No creo en la parte del servicio ni en la parte de lo social del Servicio Social. Ante la manda de lo justo que es retribuir a la sociedad algo, he aquí mi dictum: My Ass. Además, se agregaba el hecho que durante buena parte de mi carrera gocé de una beca de pobretones y como consecuencia, estaba obligado a hacer un servicio del tipo Comunitario, o sea, sucio y apestoso. Por fin, después de cuando menos dos años de desidia, me di a la tarea de investigar cuáles eran mis opciones. La felicidad me inunda, de tres opciones viables (entre 39, valga decirlo), ninguna es sucia ni apestosa, una de ellas tiene la fama de ser el servicio social más soportable de la carrera de artes y otra es grabar audiolibros, que es aún más fácil. Victoria. Esto es un claro triunfo de una de mis frases más duraderas en mi vida: ya veré cómo le hago. Justo ayer el gabacho me decía que vivo de los demás, y yo digo que el oportunismo y tomar lo que nadie recoge del suelo es una gran cualidad. Me choca la gente que se vanagloria (¿está bien usada la palabra?) de haber hecho su deber y cumplido como debía. Recuerdo que, tras mi absoluta negativa a hacer esa cosa de la precartilla y demás, entré a la carrera para encontrarme con un sujeto que tal hecho le parecía casi detestable. Le decía que un par de años después de aquellos tiempos dejó de ser obligatorio tenerla para salir del país: no oía razones, debía hacerla. También le gustaba bañarse con agua fría. Prrt. Después de todo, la competencia se me da, en un sentido huidizo y rodeador, pero está allí, de algún modo. Sabrán de mí. Este blog será testigo de todo esto.
De verdad no tengo nada más... Estoy leyendo Retrato del Artista Adolescente de Joyce y sigo teniendo un crush con Oh Well de Fiona Apple, quien gobierna (entendí, De la O, sí). Leeré Generación X, que hace un ratote que quería leer y sigo dibujando fotos...

Et mon coeur est vivant

1 jun. 2008

Una pequeña temporada entre invierno y primavera, quizá antes, ojalá después, mucho después

Anri Sala / Naturalmystic (Tomahawk 2), video, 2002




¿Se acuerdan cuando eran niños e ir a casa de un amigo de la escuela era un verdadero suceso las primeras veces? Era angustiante, las mamás se empeñaban en no quedar de acuerdo y nunca podías ir ni venían. El tiempo pasaba lentísimo de chico, a mí las semanas se me hacían eternas. El miércoles fuimos a ver películas a casa de la Caro, así, sin ebriedad de por medio, nomás chescos, papas, comidita y películas. ¡Qué amable es pasar las tardes así! Y cuando acaba, con el estómago lleno, te da sueño, y no te quieres ir, y no hay prisa, no.


Una gigantesca cámara de vigilancia tan grande e intimidante que ocupa todo el espacio que vigila, la gente tiene que rodearla, rozando las paredes del cuarto. Vibra levemente, como las lámparas.


Mi reporte Radiohead:
Ok Computer: Lindo, muy lindo. Ya a mis quince años escuchaba repetidamente Paranoid Android, Karma Police y No Surprises; a estas se agregan Airbag o Subterranean Homesick Alien y ya. Fuera de las señaladas, ahora sí me parece ingenuo declarar que se requerirían tres años para entender el disco. Se acuerdan, ¿no? Que el mundo entendería después y todo eso. ¿Han escuchado el Silver Session for Jason Knuth de Sonic Youth? Ese sí me tomó un rato amarlo. Por ejemplo, escuchen lo que Erik Satie ya hacía en 1902. ¡Mil novecientos dos, coño!
Kid A: Me gustó Everything in its right place y Optimistic. The National Anthem es forzosa, obligatoria. Con Idioteque entendí eso que me dijo ella de "una generación a la que eso le tocó primero con Radiohead", pero me gusta más The Pyramid Song, así que ahora me tengo que hacer de una copia del Amnesiac. ¿Se dan cuenta que el objetivo de este tipo de posts es que que empiecen a detestar a Sonic Youth nada más por fans como yo de la misma manera por la que a mi Radiohead no me emociona?


Y entre estos comentarios de discos, escuchen a Calexico, es como beber cerveza en un pórtico, o como en las películas donde he visto que hacen esto.


Y aquí está la página del reality show ese de los gordos. En serio, es el programa más diabólico que he visto. ¿Nunca se han puesto a pensar cuál será el comercial de televisión que hará, por fin, que las amas de casa de este país y del mundo se cansen de que les hablen como les hablan? Yo sí, a veces.


Y el Santos es campeón de nuestro futbol pachón y mexicano. No, en serio, y cito al Greñas, que no se acuerda o no sabe pero me citaba a mí: ¿por qué alguien le habría de ir al Cruz Azul?; bueno, el No Estoy Borracho, pero en ese blog todo es de risa loca. Saludos a Gabriel.


¿Nadie quiere comprar un mastodonte de pieza que hice y ahora no tengo cómo moverlo? Mide como 1.80 de alto y un metro y pico de ancho, tiene forma de L al revés y tiene una tabla que dice: "Todo va a estar bien, todo va a estar muy bien, todo no va a estar bien, no todo va a estar muy bien", además de libros empaquetados y un dibujito de un libro de Proust, entre otras cosas. Se los dejo baras. Pronto: fotos.


Y vean esta pieza de Alfredo Jaar. Cuando me contaron de ella (ya ni viéndola, nada más escuchando de qué se trataba) sentí que el corazón se me hacía chiquito.


¿Qué se sentirá...

...tener una amiga argentina de esas ridiculamente notorias?
...tener entre tus amigos del hi5 a un menonita?
...tener la suerte como para siempre encontrarte una moneda de $5 olvidada en los lockers cada vez que vas a Gandhi y contar con ello?
...ser como los actores de esas películas finlandesas en donde la gente prácticamente no habla y se entienden perfectamente bien?

Una compañía de toallas femeninas (Saba, creo), se le ocurrió que el siguiente comercial era una buena idea: una chica fresca y guapa (juar juar) pide aventón en la carretera y nadie la recoge (existe la posibilidad de que esto sea falso y no me esté acordando, cualquiera levantaría a una chica fresca y guapa), entonces ella saca un gesto de "estoy bien, puedo hacerlo sola". El punto es que utilizan la Primera Gymnopedia de Satie como jingle. No mamen, no me hagan eso, en serio. Si tuviera que llevarme un disco quemado a una isla desierta con sólo cinco canciones (sí, sólo cinco) una de ellas sería, definitivamente, la primera gymnopedia. La primera y única vez que la escuché tocada en vivo estuve a punto (pero a punto, de verdad) de llorar. Suspiré sonoramente, me contuve, pensé: "hay otras personas igual de emocionadas que tú, cállate". A ver, creo que en este momento el tracklist de ese disco quemado sería:

1. Entre Ríos/Enormes 2. Sonic Youth/Rain On Tin 3. Fiona Apple/Oh Well 4. Olivier Messiaen/Quatour Pour La Fin Du Temps (octavo movimiento) 5. Erik Satie/1ère gymnopedie (lent et doloroeux)



Esta campaña anti obesidad no me pega ni me hace mella, pero últimamente pienso que debería hacer ejercicio, y le decía a la cucú alicia o como chintrolas quiera que le diga que yo creo que me voy a poner a procurar mi salud. Fuera de eso, anoche vi una especie de telenovela temática en donde una familia de hipergordos-botarga no permiten que sus integrantes adelgacen y otra familia 'normal' (yeah!) mata de hambre al hermano pequeño que es del tipo rechoncho. Es bien triste. Después de ver este panfleto, se sacan las siguientes conclusiones:

-Los gordos son pobres
-Los gordos son retrasados mentales
-Los delgados son ricos
-Los delgados viven en un caos familiar
-Los gordos viven felices pero hundidos en la ignominia de su gordura
-Las gordibuenas rifan (yeah!)
-El sexismo lo practican gordos y delgados por igual


Y para cerrar el post: Dulce María

la vida

La vida, como buena alma femenina, es complicada, sin razones, con reproches, sin soluciones, con temores; es valiente, determinante, pero vulnerable. La vida es bella, es frágil, pero nunca débil; es fuerte mas no insensible.
La vida sigue su camino, pero nunca olvida. Te cierra muchas puertas, pero te enseña muchos caminos. La vida te da muchos golpes, pero sabe cuándo parar. la vida tiene muchos deseos, pero no cinfunde el placer con el amor. La vida no te hará promesas que no podrá cumplir, pero te dará esperanzas para que luches por tu sueño. La vida te pone obstáculos para que te detengas a observar el horizonte en los momentos más difíciles. La vida es amarga, pero tiene momentos de dulzura. La vida es salvaje, pero jamás ataca a los suyos. La vida está para vivirla, no para juzgarla. La vida es ella misma, no pretende ser diferente, depende de ti como quieras verla, saborearla y vivirla.

pd. No mamar, vean este post de Plaqueta, una maravilla.


¿Van a ir la la inauguración de Jeff Wall el jueves en el Tamayo? Nos vemos allá, si no, no.