16 jun. 2008

Mándalo a 15 personas en los próximos 143 minutos,después presiona F6 y el nombre de quien te ama aparecerá en letras mayúsculas, da tanta impresión porque es real.


Suppose the tax man becomes too soft
Suppose the tax man insists on you
Suppose the tax man catches some fever
Suppose the tax man arrives too soon
Suppose the tax man becomes a sunset
Suppose the tax man becomes the noon
Suppose the tax man raves,
across the lawn, in tiny circles
Suppose the tax man becomes too soft

Didier Thierbout, en Arrivals, 1990


I
Pero de todas maneras no lo vas a ver de otra forma, ya lo has visto antes, ya te lo he dicho antes, y asentiste, me acuerdo que asentiste sin mucho problema. No va a pasar así. Hay una parte en Proust, no me acuerdo exactamente, donde cuenta cómo todas las dichas que uno puede imaginarse están condenadas, desde el momento en que uno las evoca, a no ocurrir jamás. Todo lo que puedas imaginar, todas esas coincidencias excepcionales, aun cuando en la imaginación se sucedan como episodios frescos, con gracia, no van a ocurrir. No aparecerá cruzando la calle, no entrará de improviso, no te reconocerá entre la multitud.

II
Pero antes no había tanto qué pensar. ¿No? Desde que recuerdo, el que solía imaginarse ese tipo de situaciones relativamente complicadas (tan complicadas que, estoy seguro, si ocurrieran en vivo, con gente, con tiempo, no podría resolverlas, ni siquiera verlas desde un punto de vista amplio) era yo. Pero nada más. No esperaba a que realmente ocurrieran. No, pero ahora se vuelven cada vez más palpables, más dolorosamente imposibles, deseables.

III
Sí, puedes señalar aquí y allá, hay varias coincidencias, pero no hay más. No veo más, seguro tú menos que nadie.



Cuántos Starbucks donde antes no había nada, cuántos ipods por todos lados. Hasta hace poco me empecé a preocupar de esta proliferación de comercios nuevos. Guillermo Fadanelli dice que cuando dejas la música que te ha acompañado todo el tiempo es que te estás despidiendo, ¿pero qué pasa con los comercios? Recuerdo que cuando inauguraron el Trico que estaba por mi antigua casa, allá en Metro Zapata, causó revuelo que fuera panadería, rosticería y tienda de abarrotes (recordarán que en Trico, si aún quedan otros, vendían vinos, carnes frías y quesos mamones). No era una plaza propiamente dicha, si acaso era rondada como tal por vagos o adolescentes que no se habían enterado de la presencia de Plaza Universidad un par de cuadras. Había unas maquinitas adentro, he allí la causa. Eventualmente, el edificio que ocupaba los abarrotes se convirtió en un Seven Eleven y de repente demolieron la panadería para alzarla como una Panadería La Esperanza. Es extraño. Poco a poco, los metros cuadrados (pues sólo veía las fachadas) que rondaban a los pollos de Trico fueron convirtiéndose en comercios del todo olvidables: celulares, bon-ice, un negocio de tacos que se le ocurrió que la clave para prosperar era rebasar la informalidad (y al mismo tiempo el sabor, la picardía) y establecerse en un local, en la Del Valle. Había también una casa de empeño. Es tristísimo que ahora cundan las casas de empeño, es más triste que si comenzarán a cundir los despachos de abogados o de publicidad. Lo bueno de esta ciudad es que no es gradual, de los pollos va directamente a los préstamos, no te promete nada, no te da la oportunidad de acostumbrarte a que el viento te sople en la cara con amabilidad, alguien cierra la ventana y se encierra el olor de la cocina; ¿no era lo primero que percibían de las casas de sus amigos la primera vez que iban?, ¿el olor de la cocina? Era algo desagradable, lo confieso. Recuerdo pocas casas que no apestaran a cocina. Quizá, en algún nivel, este olor de bienvenida sea una metáfora amable del calor de hogar, de la cohesión familiar, de la presencia femenina en la casa. También puede significar que el ama de casa en cuestión es fodonga y deja las cosas sin hacer. Esta idea, la de la mamá malhecha y sucia me entristecía sobremanera de niño, supongo que algo querrá decir. La figura del padre rígido y desaliñado faltó por acá. Pero regresando al caso de la desaparición de Trico y la súbita aparición de La Esperanza, el punto es que mi madre ya le ha tomado cariño a dicho comercio, en últimas fechas trae una plétora de pan de dulce de una sucursal lejana: ahora irá a la de Zapata. Es como cuando a Krusty el Payaso lo meten en la cárcel y los niños se olvidan de él rápidamente para encariñarse con Bob Patiño, que leía libros en vivo y era culto. Eso ha de querer decir otra cosa, antes los Simpson eran otra cosa. Pastelerías La Esperanza donde antes había Tricos, Soriana donde antes era Gigante, demasiados Oxxos, demasiados cajeros automáticos (¿ya les dije que estoy leyendo Generación X de Coupland?), comerciales ingeniosos bajados de internet comentados en programas de variedad en televisión (odio el repentino, extinguido y aún sobreviviente en ciertos círculos amor a los comerciales); Aurrera, o por lo menos la sucursal de Plaza Universidad, vendía las mejores pizzas del universo (cuando la mejor cocinera del universo decide dejar pasar el cumpleaños de su hijo y comprar pizzas en Aurrera es porque deben ser las mejores del universo), y luego lo hicieron Wal Mart, y a lado le pusieron un Sams. Recuerdo, meses antes de dejar mi casa, que tenía, a menos de medio kilómetro a la redonda, una Comercial Mexicana, un Carrefour, un Aurrera, un Gigante y un Sams. No sé quién tiene tanta prisa.


Desde siempre, he interpretado el que un producto use sus cifras de venta para hacerse publicidad como una afrenta directa. Por ejemplo, te dicen que ahora su servicio está en todo el país, que uno de cada dos mexicanos lo usa, que llevan tantos millones vendidos. No sé, pero desde niño sentía que haciendo eso se burlan de uno. “Ya le vendimos esta mugre a doscientos millones de pendejos y lo vas a comprar, puto, te guste o no”. Esa cosa de la lealtad a una marca y de dejar la imagen en todos lados es una porquería. ¿No sientes que nadie tiene sentido del futuro ahora? ¿Cuántas veces sube su precio una revista antes de extinguirse?; el caso de las revistas es sintomático, son la prueba más prístina de las aspiraciones del jet set pobre (¿ya les conté que estoy leyendo?...oh, sí, ya), aparecen, son fugaces, se quieren hacer ricos con ella desde el primer número, se viene abajo, nada ocurre realmente. ¿Cuando suben los precios de las cosas, quienes los suben no pensarán en que si se siguen subiendo sin control eventualmente, y probablemente en vida, alcanzarán cantidades ridículas? ¿Qué no piensan que hay más vida después de la suya? Siempre he pensado que cuando hacen esto es porque se tiene una especie de visión fatalista del futuro, como si se fuera a acabar al mundo y nada más importara. Esto me provoca inquietud, o algo así.


Ya sé cuál es el sketch más hilarante en la historia de la televisión: en Family Guy, a Peter le detectan retraso mental y todos tienen que aguantarlo. Brian le pregunta a Lois si alguna vez en sus años de casada pensó con orgullo en el hombre con quien se caso, a a lo que ella responde que trata de no pensar en eso. Brian le pregunta si reprimir eso no es poco saludable, a lo que la cámara toma un close up del cerebro de Lois, en donde un montículo, con una boca que se mueve, dice, con tono animoso: "I'm a tumor, I'm a tumor, I'm a tumor; I'm a tumor, I'm a tumor...Oh, I'm a tumor".


Mi contacto humano últimamente me hace pensar que en verdad debería retomar varias cosas. Un vendedor callejero de libros logró hacer un buen trato y me llevé Microsiervos de Coupland sin regateo. El sujeto, un par de años mayor que yo quizá, estaba interesado en el cliente, decía que era un alivio que se lleven los libros, que haya interés en la lectura. Me preguntó si me lo estaba llevando ‘para el trabajo’, que qué estudiaba. Alcancé a dar un par de respuestas bienintencionadas pero muy lejos del entusiasmo del vendedor. Ahora mismo lo pienso y debí parecerle un amargado. Usaba la palabra amigo para dirigirse pero no la repetía lo suficiente como para hacerse odioso. Más tarde un mendigo me perdía dinero y, ante la negativa, utilizaba la empatía para lograr la moneda. La verdad, el tipo era simpático (las únicas causas de posible aversión eran, quizá, el olor, el aspecto semi amenazador que el sentido común en esta ciudad dicta, que no tenía, como casi todo el mundo, nada que perder), pero creo que, a pesar de mis tentativas de simpatía con prisa, seguro le habré parecido antipático también. Me siento culpable de parecerle desagradable a un vendedor callejero y a un mendigo, debería frecuentar a más gente. Por cierto: ¡Hola Pat!


Llegué por calle Corrientes
Salí por la diagonal
Recorrí lo suficiente
Sólo por verte cruzar

(Entre Ríos / Lima / Completo)


Ayer, cuando el vendedor de libros usados del párrafo anterior abría el plástico mientras me decía que me estaba dando un muy buen libro a un muy buen precio (odio a los vendedores como pocas cosas en el mundo), yo pensaba: “OK, haré lo de siempre, abriré un par de páginas y con eso tengo para saber si me lo compro”. Más que eso, le dije a Alice, que me acompañaba y que sospecho que me da suerte (en su presencia las brocas me las venden al dos por uno, aparecen los libros descontinuados, los cafés del seven eleven de $15 cuestan $11) que me dijera un número de página para hacer el juicio pertinente. Ella dijo 174 porque le había dicho que era mi número favorito. Esto es lo que salió en la página 174 de Microsiervos de Douglas Coupland; la palabra de la que habla es dinero, que llena las dos páginas anteriores:

He contemplado la pantalla llena de estas palabras y, al final, se han disuelto y han perdido su significado, como ocurre con las palabras cuando las repites una y otra vez, como ocurre con cualquier cosa cuando le quitas el contexto, como ocurre cuando entramos de golpe en el mundo de lo inmaterial utilizando los dispositivos más simples, como la multiplicación.


Sirako: imposible abrir tu blog, computadora se pasma, nos asustamos. Any: ¿Qué, si yo sigo dándome mis vueltas religiosamente por allá, re-li-gio-sa-men-te. Sí, me consta, andas por aquí, búscate bien, de verdad.






Las líneas que abren el post es la frase con la que cierra una cadena que me enviaron por mail.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Es dificil acostumbrarse a las cosas, personas, lo que sea, en esta ciudad.
Y cuando me ha pasado, parece que un ente supremo se mofa de mi arrebatandolas de pronto.
Y luego eso que dices de las casualidades y Proust, sublime.
"¡Porque en la vida hay que sublimarlo todo! nunca hay que dejar nada sin sublimar..."

Y es extraño.
Una vez un tipo me pidió dinero argumentando lo triste que era su vida...
A ver, ¿Por que un vagabundo piensa que es más miserable que un oficinista?
Todos estamos enfermos de una u otra manera.

Aunque me llamo Liliana, me dicen la China. dijo...

Bob,

Efectivamente tenemos que vernos. Tengo algo para usted. Tal vez le interese, tal vez no.

Por cierto, ¿ya no está yendo a la colmena? Supongo que no porque su paquetito protegido por la ENAP y los horarios se cayó del poste (lo noté hoy por la mañana).

Si ya no está yendo, presionaré al chico para vernos por un café o lo que sea.

Un abrazo (y gracias por las visitas a mi bobo blog). Je.

O.M.A.R. dijo...

Es de lo más ridículo que intentes acostumbrarte a algo, en esta ciudad todo viene y va, como los BurgerBoy....

Googleé por casualidad a Byrnamm y 5 de los links arrojados por el buscador lo remiten a tus sitios, ja.

Si, ya sé que este debió ser en el post anterior.

Lear dijo...

Bueno Bob, junto a la trico de metro zapata está el comic castle de mis infancias, algo de memorable habrá en ellos, supongo (porque si uno no se asume parte de toda la historia quién lo hará entonces..., y digo historia con minúscula, la historia de las novelas y los comics y la propia que uno se arma todos los desgraciados días).

Aquel Aurrerá fue el primero en todo el país. Novo tiene una crónica muy buena al respecto. De Family Guy habríamos de hacer congreso, porque yo recuerdo una cuando simulan a Osama videograbando un mensaje a los EStados Unidos. Al final, luego de que ya eso es un aquelarre, llega Stewe a madrear a todos. Y, eso sí, Los simposons eran antes otra cosa.

Saludos, amigo Bob

sirako dijo...

chale ya no hay ese trico. el comicastle por fortuna ahí sigue.

ahora vuelvo, voy a quitar ese post de mil videos.

Guillermo N. A. dijo...

Para bien o para mal, yo tengo "facha" de maleante... o por lo menos de malhumorado... y varias veces he despertado sospechas entre los transeuntes con los que me cruzo... alguna vez incluso una señora, descaradamente, se cambió de banqueta para no cruzarse del mismo lado conmigo... Será por eso que soy de los pocos que no han sido asaltados en esta ciudad...

Alguien me dijo que "se dice que fabricamos nuestros recuerdos... y que a fin de cuentas para eso son nuestros..." y parece ser que así mismo, fabricamos nuestras ilusiones... lo patético del asunto (detesto la palabra patético...) es que, siendo extremadamente; "fantaciosamente" creativos, basemos en ellas nuestras espectativas (supongo que la creatividad debe ir en proporción directa con la "credulidad", ya que a fin de cuentas se deben sustentar mutuamente...)

Tengo malísima memoria para los cambios en la ciudad... Ejemplo: Sólo porque "lo sé", sé que alguna vez El paseo de la Reforma y el Circuito Interior, En Chapultepec (que entonces supongo no era ningún Circuito de nada)formaban un cruce a nivel de tierra... sin semejante desnivel... y apenas como que recuerdo haber visto los trabajos, pero siendo un punto que cruzaba con frecuencia, es inconcebible que no lo recuerde... en fin...

Saludos...

Paolalala dijo...

Ja, el segundo párrafo me hizo reír, porque de hecho, hoy si entro de improviso y yo tontamente fui feliz.
Mmm olor de cocina no, pero si cada casa tiene como su olor. Me acuerdo de una err examiga? Que su casa hacia que me picara la nariz.
El “Todos somos telcel” es muy castrante, no sé quien se sienta orgulloso al ver el comercial, pero que triste.
Yo soy antipática con los taxistas platicones, pero no me siento culpable por eso, no todo el tiempo.
Lo de abrir el libro en la pagina 174, me recordó cuando le hacíamos preguntas al libro de biología o algo así y daba respuestas coherentes, spooky.

Corriendo Despacio dijo...

No me importa que este post sea el pasado, de todos modos comento.

Las señoras que dejan su casa oliendo a comida perpetuamente, efectivamente son odongas, se abren las ventanas y listo.

Los Simpsons todavía lo son todo, solo mire con recelo ciertas temporadas, pero las últimas tres me han hecho casi llorar.

Y adoro tu pluma, lo sabes... En fin, continuemos con nuestro romance el jueves.

Saludín.

joseph stam dijo...

mmm
las tiendas nos invaden, es como ese capitulo de los simpson cuando bart y lisa van a una plaza y todo a su alrededor son starbucks, entran a una tiempo mientras le cajero los apura porque la tienda se convertira en starbucks en 5 min.eso sucede me siento invadido.

eso de los olores de la casas, siempre m,e pregunte de donde veniaan o que les daba origen ya que ninguna casa huele igual.

algunas veces les hago platicas a los taxistas, algunas veces sus platicas son interesantes, otras no.

luego estan los taxistas acosadores.

hay campañas de publicidad que me molestan como por ejemplo la del pavo que anunciaba televisión de paga es demaciado odiosa pero igual y asi les funciona.



cuando vivia en el Df, hace ya un tiempo tengo recurdos vagos
de que mi mama me llevaba a hacr la despensa a un aurrera, cuando empezaron a abrir aqui fue un suceso y mas cuando los saquearon en un huracan.



bueno, sin nada mas que decir me despido.


amigo y serdor

saludos1