30 oct. 2007

Harto

Harto, al menos hasta el domingo en la noche. Mi organismo sigue diciéndome de maneras bien sutiles que le baje cuando se me sube; la cruda por la fiesta del sábado, llevadera, pero igual se veía venir. Le comento a una amiga ayer (que me abordó con ¿qué tal la cruda del sábado?) que deberían vender papelería para el día siguiente con un machote en la parte superior de la hoja donde se leyera "Me siento profundamente apenado por:" Nada del otro mundo en realidad, lo que resulta peor. Harto de nuevo desde ayer por la tarde, tengo que retirar el dinero de mi cuenta del banco o me empiezan a cobrar como si, en efecto, tuviera dinero. Me voy en una hora. Detesto los trámites. Necesito comprar discos y/o quemarlos urgentemente. El momento llegó para mí de entrarle a Blur. El domingo el América le ganó a las Chivas con soberbia y contundencia, grité desaforadamente el primer gol (golazo en verdad), después el segundo. Desde entonces todo más o menos igual. Comienzo a sospechar que debería dejar de provocar nada ventilando mi americanismo. Sucios. La he visto poco, necesito actuar ya. En serio, ¿cómo se hacía antes? Odio mi post adolescencia, que es como decir que la quiero mucho. El frío lleva terreno ganado y ahora sí ya ansío que termine, aún cuando hace una semana me dió tema de conversación. Mañana intentaré renovar fuerzas en la noche en Daft Punk. Si no consiguieron boletos les diré lo que le solía decir al greñas: "Se les advirtió". Otra nochecita complicada se anuncia para este sábado, estoy considerando dejarlo después de ahí. Tengo que hacer ejercicio. Anoche pensé estar expermientando el zumbido de orejas más brutal y alarmante que alguien que pretende conservar el sentido del oído pudiera expermientar, me tomó varios minutos descubrir que, de hecho, era mi despertador electrónico al que se le acababa la batería a gotas, a pesar de todo fue interesante sentir miedo sin el menor dolor (en verdad que el zumbido era desconcertante). Creo que a fin de cuentas ya se descompuso porque al ponerle pilas nuevas pasa una hora en treinta minutos; es el único despertador que me ha durado buen rato, me despertaba con un sonido de gallo bien molesto. Ayer recibí un regalo 'complicado', la primera recomendación hecha desde el envoltorio era "No lo desprecies". Terminó ganando la amabilidad y cierta tolerancia temerosa de mi parte, como cuando te das cuenta que, sin notarlo, ya te metiste en la vida de alguien o te enteras de ella; por más que uno lo intenta, se nos educó cínicamente, aunque al final seguí sintiéndome mal. Otro momento interesante, el jueves: vi 'Luz Silenciosa' de Reygadas y vaya que me gustó, chúpense un codo si disienten, aquí no voy a ceder. Fuí a la inauguración de Tunick en el MUCA el sábado, pensé salir de allí con la cola un poco entre las patas después del anterior post pero resultó todo lo contrario; me entrevistaron de TV Azteca solicitando mi opinión al respecto y ahí me tienen, me dijeron que lo pasaban al día siguiente y perdí mi tiempo viendo el 13 de a gratis porque nada más no apareció (cuánta cobertura le dieron a las señoras que corrieron en tacones). Por último, sirva este medio para agradecer al finísimo inquilino del www.finoyelegante.blogspot.com por aguantar a un borracho eufórico y por ponerse la del Puebla con el mezcal el sábado, que vino después de cerveza y cubas, que antecedió a más cervezas. Una amiga a quien lamentablemente -muy lamentablemente- he visto muy poco en últimos días me cuenta lo molesto que resulta quien te cuenta qué ha hecho a base de todo lo que bebió en qué orden y cuándo. No podría estar más de acuerdo con ella, como casi siempre. Harto aún.

23 oct. 2007

SPENCER TUNICK EN MÉXICO: Ok, regresen a sus casas, aquí no hay nada que ver

ADVERTENCIA: ejem, este post es bien largo y pretencioso, así que si ya llegaste hasta aquí, ¡adelante!


No fui a la fotografía que Spencer Tunick tomó en el Zócalo el domingo 6 de mayo, entre otras cosas porque la noche anterior salí con motivo de mi cumpleaños (aunque no suelo celebrarlo, y de hecho no lo hice) y porque tendría que disponer de un coche (y saber manejar, e interés) para llegar al centro a las cinco de la mañana. Por otro lado, nunca me interesó la idea de desnudarme en el frío del zócalo con otras miles de personas.
Siendo un estudiante de arte, el tono de la expectativa que sobre la llegada de Tunick comenzaba a flotar en el aire me parecía distinto. Los alumnos de mi escuela, mis compañeros, conocían, aunque fuera de la manera más vaga, la obra del fotógrafo estadounidense. No era cosa difícil. Haciendo una valoración a ojo de pájaro de los métodos educativos de los maestros de mi escuela, insertar a Tunick en alguna mención abierta en clase era sencillo: Giorgio Morandi pinta botellas, Botero pinta gordos, Christo & Jean Claude envuelven edificios, Spencer Tunick fotografía desnudos masivos en exteriores. Voilá. Pero lo que me pareció de llamar la atención era que cierta sensación de que algo grande se veía venir envolvía particularmente a la comunidad estudiantil. Muchas personas solían sacar a conversación ‘lo de Tunick’ con insistencia los días previos, que si uno ya se había inscrito o si iba a ir, que si sabía dónde iba a ser. Para quienes no sepan cómo funcionaba, era sencillo: uno se registraba en una página de internet, era la única manera de poder estar en la toma. Vía correo electrónico se les informaba a quienes llenaron el registro dónde se tomaría la fotografía unos días antes, a fin de evitar centenares de ‘mirones’. Inicialmente el rumor indicaba que se haría en el espacio escultórico de Ciudad Universitaria (pues es la UNAM quien logró traerlo), pero eventualmente la tónica de secreto a voces o de petite comité cambió por otra de evento ampliamente difundido del que todos hablan; al final del día la fecha se pospuso una semana o dos (no recuerdo bien) y el lugar, y esto era bien sabido, sería el Zócalo de la ciudad de México. Quienes no se hubieran registrado podían llegar directamente al centro y hacerlo ahí mismo en la madrugada. Como agradecimiento por su participación se prometió una copia de la fotografía (ejem, mmm, ja ja).
Regresando a la excitación de la comunidad la víspera a la toma del centro por Tunick, una cosa se definía bien: siendo artistas o estudiantes de arte la presencia en la fotografía adquiría –o parecía adquirir- un tinte más cercano, podía ser que fueras, “que te diera pena”, que no pudieras ir por algún asunto o que ‘igual y fueras’, pero definitivamente estabas enterado, sabías de lo que se estaba hablando. Rápidamente, lo que en crudo representaba la elaboración de una obra de arte se tornó euforia ante algo entendido como un gran evento cultural. Aquí empieza mi opinión de lo que considero fue un gran engaño y una amplia pérdida de tiempo.
En conferencia de prensa Tunick se dirigía a los medios. Las palabras de una conferencia de prensa suelen ser neutrales, genéricas, algo vagas y desilusionantes (una banda de rock o alguna celebridad extranjera llega y dice que le encanta la idea de venir a México, que hacía mucho tiempo quería hacerlo y que espera que todo salga bien, también puede ser que le pregunten sobre la salida de un miembro de la banda o su rompimiento amoroso con otra celebridad). En este caso no hubo gran excepción, sin embargo habría que tomarse el tiempo de reparar en lo que dijo Tunick con mayor énfasis. Decía venir a presentar una instalación, de hecho usaba más la palabra ‘installation’ que ‘artwork’; decía que su obra sería una celebración de libertad y liberación. Creo que podemos empezar por aquí; Si bien no hay error al considerar a la fotografía –o más específicamente el día y la experiencia de la fotografía- de Tunick como un evento cultural (como lo es una exposición pequeña, una mesa redonda o una ceremonia religiosa o tantas cosas más), sí me parece que hay algunas confusiones peligrosas. El tono de dicho evento es monumental, sumamente espectacular. Prensa, artistas y público en general supieron de él, era algo que iba a pasar, lo sabíamos. La expectativa por el día de la foto pudo ser más provocada por la prensa que por la pieza misma pero de todas formas repercutió en todos por igual. Como sea, creo que Spencer Tunick prometió y presentó un espectáculo sesgado en su percepción por múltiples factores: su origen, su condición, la gente (y aquí el término ‘gente’ como un tilde demagógico tiene cabida), el lugar, la institución, la incisión, lo político (pues todo arte es político en alguna manera y en cierto grado).
En primer lugar creo que se accede al evento en una retórica megalómana y demagógica aunque no lo aparente mucho: un sujeto/artista llega, apoyado por una institución del tamaño de la UNAM a prometernos la liberación, una celebración de libertad. Se está hablando de la pieza pero realmente se está pensando y considerando la experiencia en sí, y aún así se está banalizando. La idea de prometerle algo al espectador (y en este caso resulta innecesario querer distinguir al asistente/participante del mero vouyeur, pues el evento fue enorme y así fue pensado) siempre resulta una tiranía simplista, valga decir una coerción. Cuando tal promesa viene del otro lado de las cámaras, con una institución detrás, habría que desconfiar con mayor motivo. ¿Cómo puede prometerse o anunciarse la ‘libertad’ y/o ‘liberación’ a través de un espectáculo revestido de acto/evento cultural? Podría objetarse que las dimensiones de una obra no necesariamente conllevan un discurso imperativo, por ejemplo, la obra de Christo, de tamaño monumental, cuya documentación del forcejeo institucional resulta parte integral del trabajo o casi el trabajo en sí. Pero también puede decirse que la obra de Tunick puede rastrearse de un tipo de arte monumental de inicios de los noventa que solía considerar al visitante de la exposición como una especie de conejillo de indias, a menudo expuesto a experiencias abrumadoras en piezas del tamaño de la sala. Sin embargo, la experiencia era posible y depende del espectador, era su parte el negociar la lectura de una pieza –monumental o anti monumental- para obtener –o no- una experiencia. En este caso la promoción de la pieza reside en presentar un ‘espectáculo liberador’, una obvia –y lamento la obviedad de reiterarlo- contradicción. De aquí, la idea de acto o evento cultural (pues estamos hablando de arte, de cul-tu-ra y de alguien que la organiza), que es, en parte lo que creo o que percibí que motivó con particular emoción a quienes ví se interesaron en él. Sin embargo el evento cultural está por demás malentendido, y más aún la idea de ser parte de algo, pues no hay tal evento, no pasó nada. A los que asistieron a la fotografía de Spencer Tunick: no fueron parte de nada. Mala suerte. La celebración fue una celebración banal, con el poder emancipatorio de una feria del café o una convención de comics, aunque más autoritaria. Por supuesto que nadie va a venir a emanciparnos, eso lo sabemos, nunca creímos nada más, pero la forma que tomó dicho espectáculo fue casi paternalista, demagógica, entendido como un evento, sí, pero con un grado de compromiso nimio por parte de los asistentes y del realizador. Además, a pesar de las dimensiones históricas y políticas del Zócalo de la Ciudad de México la mirada de Tunick siempre fue la de un turista, que no reconoce el lugar en el que se encuentra, algo similar a lo que ocurre cuando vemos todas las fotografías de quien viaja: se encuentra en todas las imágenes, posando frente a los monumentos y sitios turísticos. La imagen que esta memoria y la experiencia del viaje proyecta sobre él a través de las fotos es mucho menor que la que él proyecta sobre el mundo, apareciendo siempre, de manera incesante. Al moverse de un país a otro a fin de encontrar un nuevo sitio (pues no es peligroso decir que Tunick ha tomado la misma fotografía en cada sitio) no se reconocen más que diferencias, como el viajero que se sorprende que cada país que visita no es el suyo, cuando él es todo el tiempo el mismo ciudadano o paseante.
Elegir el zócalo hace complicada la tarea de quien decide trabajar allí, pues el sitio tiene una memoria enorme, no se puede elegir un lugar de tal magnitud argumentando preferir un interés u otro, el lugar no se fragmenta en versiones, es todo el mismo sitio todo el tiempo y habrá de ser el artista quien decida qué evidenciar. Pero cuando se tiene el nivel mediático que tuvo la fotografía de Tunick y se habla de liberación y de instalación entonces las cosas se complican pues lo político y lo espacial no están allí. Varias manifestaciones artístico-políticas se han presentado en el zócalo, es el lugar de protesta por excelencia de esta ciudad y del país. Ya antes hemos visto desnudos en la Plaza de la Constitución, pero por deudores, campesinos que demandan estabilización de precios, proletarios que exigen la destitución de tal o cual funcionario corrupto, los hemos visto –en mayor o menor medida- en las marchas lésbico-gay. Los comentarios de la prensa y el vox populi al respecto suelen caer mayoritariamente en el sensacionalismo, el humor vulgar y lo populachero cuando son la ‘noticia en turno’, como el escarnio, cuando un reportero le pregunta a las amas de casa si ellas protestarían desnudándose o ‘enseñando sus miserias’ como los campesinos que hace no mucho lo hicieron en avenida Reforma (hombres, mujeres y niños); las respuestas provocaban un sonrojo, una risa desenfadada o un sencillo desinterés fundado en el hecho de que en esta ciudad las manifestaciones de este tipo no son nada remotas, hay una historia larguísima de protestas y actos políticos. ¿Por qué exigírsele a Spencer Tunick que lo haga entonces? No se hace, pero no creo que haya mucho que apreciar, sobretodo atendiendo a lo que dice antes de llevar a cabo su pieza. El entendimiento del lugar por parte de Tunick es nulo, en su calidad de turista utiliza la plancha del zócalo como sitio turístico y pintoresco para tomar una fotografía que no produce más que un souvenir. El ‘poder de liberación’ de su “instalación” es mínimo comparado con cualquier otro desnudo de protesta en el pasado o algún mitin. Posiblemente la gente que regresó a sus casas después de ir a una marcha que desemboca en el zócalo, a sabiendas de que lo que se exige nunca se concede, terminó más amargada y menos esperanzada que quienes corrieron por su ropa la mañana del 6 de mayo después de la fotografía, sin embargo, la incisión sociopolítica y el compromiso de los segundos no tiene comparación con los primeros, y tal contraste es aún más grande cuando se recuerda que estas promesas se dieron por hecho desde el principio de manera demagógica. El acto cultural se malentiende y se participa como un espectáculo y una celebración banal, el compromiso que habría de tener quién se piensa va a ser liberado –idea algo incongruente- es inexistente (pues muchos fueron específicamente a liberarse, de las “imposiciones morales”, de las “restricciones de las buenas conciencias”, de la “engorrosa prohibición de no poder andar desnudo por las calles”, “de los complejos”, “de los prejuicios”), se vende una idea de emancipación que opera en la misma tónica de un discurso de campaña política, se es parte, en una manera atractiva y pintoresca, de la elaboración de un souvenir que hace un realizador que se distancía de su objeto –no sujeto- cultural, en este caso los participantes, de nuevo los conejillos de indias. Es también innecesario y engorroso hablar de la repetición de la palabra instalación en las palabras de Tunick pues ni siquiera es algo a considerar. Claro que es difícil trabajar con el zócalo, ya si no con el pesado contexto que contiene, con el lugar en sí, con su espacio: se trata de un sitio cuadrado delimitado por edificios de la misma altura por sus cuatro lados, con un centro marcado por un asta bandera. El cuerpo aquí actúa como un módulo, no hay gran riesgo en decir eso, pero tampoco queda mucho por decir, podemos –en una línea de aburrimiento y condescendencia- decir que es una instalación porque se interviene el espacio (aunque para esto el gobierno de la ciudad cooperó cerrando calles y restringiendo pasos) y demás renglones recurrentes, pero también habría que recordar que cosas similares han pasado antes de mayor incisión en el entorno. Cuando a mediados del año pasado aparecieron cientos de carpas y tiendas de campaña sobre Reforma hasta llegar al centro me parece que ocurre un fenómeno más interesante que miles de desnudos en la plancha del zócalo (y ni siquiera hablo de lo político, aunque cabe mencionar que ambos tuvieron apoyo gubernamental), donde se pueden considerar más cosas acerca del espacio en esta ciudad, donde cualquiera puede delimitar su zona con un tubo metido en una cubeta llena de cemento y generar un territorio. Cómo sea, agregando características a la ‘instalación’ de Tunick también vienen a colación las posiciones que los asistentes debían aprender –ampliamente difundidas por televisión en los días previos- a fin de lograr una eficiencia mayor el día de la foto: erguido, horizontal y agachado. Por supuesto no podría llegarse el día de la toma e improvisar y sobre todo las opciones son más limitadas cuando cuentas con miles de elementos, pero este repertorio de posiciones tipifica al cuerpo en una manera aún más generalista que una coreografía, una amalgama de posibilidades se reduce a signos planos. Es por esto que casi no me he centrado en el factor del desnudo: el desnudo es irrelevante, es un pretexto formalmente –y contextualmente- vago, en donde radica la parte “interesante” o curiosa de este artista: un artista que fotografía desnudos. El cuerpo no es cuerpo aquí, se tipifica y pierde toda posible significación. ¿Gana entonces poder político/liberador como se decía en las conferencias de prensa? Tampoco, se les ordena qué hacer por medio de un altavoz mientras policías resguardan los alrededores y la institución documenta.La mirada alejada, curiosa y poco asertiva queda más expuesta cuando al final de las tomas se les pide a los hombres que abandonen y a las mujeres que permanezcan desnudas. ¿Por qué la distinción? Las posibles respuestas a tal elección son claras y válidas –por ejemplo, “¿por qué no?”-, pero no me parecen del mayor reconocimiento.
En este punto, todos los comentarios que se hicieron alrededor de la pieza de Tunick en días posteriores y que se centraban en lo “irrespetuoso de alterar un lugar tan importante con gente desnuda” o por usar palabras más coloquiales, “¿qué le pasa al loco ese?”, no tienen mucho lugar.
Por supuesto, es válido decir que la pieza es más poética que institucional, sin embargo también hay que considerar que se incluye la participación mediada y registrada del visitante, al que se le habla y prometen ciertas cosas –en teoría- que la pieza no cumple –en teoría. Además, y quiero ser definitivo en esto, hay demasiados aspectos del contexto y las circunstancias implícitos que no pueden ser pasados por alto y que ya he mencionado hasta el aburrimiento.
También puede objetarse con desenfado que se asiste sólo por la experiencia, que efectivamente, nadie esperaba salir liberado de allí, que se asistió por mera curiosidad (que consideró el motivo más común). Cada decisión de participación es totalmente posible y válida, pero creo, y esto es demasiado personal quizás, que ha de haber un grado de posición ante esto, un grado crítico mínimo, presente o no, sea uno participante o no. Y de hecho, este texto no está dirigido, en lo más mínimo, al visitante, a todas las personas que fueron aquel domingo, o al menos no habla de ellas directamente. Ese es otro punto, tal vez el más difícil, el de la experiencia en crudo, sin filtros. Leyendo el blog de Ruy Guka comenta que la gente se refería a la experiencia anonadados, estaban impactados ante lo que pasó allí, y platicando con un amigo me decía: “tengo un amigo que fue, a él en lo particular no le interesa ningún tipo de arte que pase de los sesenta, no le gusta, pero me dice que fue nada más, mmm, pues por la experiencia, y según el fue algo grande, sí fue algo que le marcó, el estar allí en la plancha del zócalo desnudo”. Claro, eso es algo que no es posible controlar desde fuera, cada quién habrá ido por las razones mas diversas y tenido la experiencia que haya sido. Vaya y pase. Y de nuevo, este texto hasta el momento no habla de la experiencia de nadie en particular. Pero considero que esta idea de experiencia individual a partir de lo masivo por el puro gusto y la curiosidad opera en una manera y la retórica del artista y quien organiza opera en otra, y a sabiendas de eso, uno puede decidir ir y participar o no hacerlo. Yo decidí no hacerlo. Mi amigo continúa: “es decir, en lo social si logró algo”, no creo, no fue social, fue demagogia. Se pueden usar las palabras “social”, “la gente”, “el espectador”, “liberación” y en ese plano, en el papel, no estoy de acuerdo. Quien haya ido sabrá la experiencia que fue para sí. En lo personal creo que la idea de desapego individual y de la experiencia por la experiencia misma funciona todos los días a todas horas y no representa necesariamente una carencia alarmante de nivel autocrítico ni hace que el mundo se venga abajo (es la misma fuerza de mero gusto que me impulsa a ver los partidos del América o a ver programas de variedad en la mañana, por ejemplo), pero es un nivel de experiencia que se puede encontrar, por ejemplo, en un concierto de rock o una exposición cualquiera u otras tantas cosas. La idea que de ese nivel de vivencia se maneja en esta pieza por parte de quien la hace es falsa y poco comprometida. Se vende (una vez más) una idea de liberación banal e irrelevante. Yo preferiría el concierto de rock (y hoy día muy poco frecuentemente).
En conclusión, hablando de la idea que el asistente en general pudiera hacerse, creo que no se rebasa ninguna imposición moral, creo que no se está en ningún evento cultural (no en el sentido en el que se piensa), que la decisión a partir del carácter curioso de desnudarse en el zócalo no hace una diferencia (hacia adentro o hacia fuera) y que no se es parte de nada. El lunes siguiente, Adela Micha juntó en su programa a cinco jóvenes (considérese también la edad promedio de los asistentes) para preguntarles, así sin mayor pretensión, qué se sintió estar ahí. Las respuestas eran las mismas: algo impresionante, algo a lo que se tenía que ir, algo muy padre. A mí en lo particular me parece que habría que tener un grado de consideración con esto antes (cosa ya imposible) y después de la resaca de Spencer Tunick –se haya participado o no. Por Supuesto, no estoy diciendo en lo absoluto que la iniciativa de la UNAM haya “estado mal”, de hecho, un servidor es uno de los más asiduos y gustosos beneficiados del actual programa de la DGAV de la UNAM (bendito sea), el cual creo que tuvo un gran acierto en haber traído a Tunick a México, entre otros tantos proyectos. La gruñonería personal puede leerse como una exposición que no me gustó, como tantas otras. Aunque claro, toda opinión –la mía en este caso- conlleva mucho de imposición y de coerción.

18 oct. 2007

preocupaciones necesarias

Como sea, aún cuando esa especie de ímpetu adolescente surja de repente, en un brote de optimismo o en alguna circunstancia incontrolable (y estoy de acuerdo en que es la que debería orientarnos siempre), a veces no es justo, a veces no está en las manos de uno el regresar años atrás cuando era más llevadero todo, cuando uno se daba cuenta de las cosas una vez que pasaban. Tenía más energía antes (y mucho más valor), podíamos sobrellevar mucho más. No sé, que de repente uno se descubra trastabillando como a sus 17 años, nervioso, completamente torpe y así no es de lo más cómodo. Aunque por un lado es bastante alentador (y esperanzador sobre todo, muy esperanzador) recuperar muletillas, mero optimismo, preocupaciones innecesarias. He, incluso, vuelto a escuchar algunos discos que hacía mucho no sacaba. ¿Cómo le hacía uno para sobrellevar todo esto? Yo escuchaba a Nirvana casi todo el día, no era nada azotado (o al menos nunca me di cuenta) pero vaya que me gustaba. Hoy día, por supuesto, es distinto. Y antes de esto, nada. Tal vez por eso me cuesta tanto, tantísimo trabajo. Oh, bueno.






próximo post: a pesar de las obvias y futuras consecuencias, una opinión bien clavada y gruñona sobre por qué el fotografucho este, Spencer Tunick, fue una gran pérdida de tiempo y un gran engaño.

11 oct. 2007

asuntos sueltos

pasa que toda la expectativa de la semana se va cuando no alcanzas a esbozar más que una mano que saluda de la manera más insignificante, rápida e impersonal, cuando de repente resulta que así era desde el inicio pero tú te imaginabas cosas


I
En el transcurso de la semana pasada me hice de los siguientes objetos:

siete bastidores tamaño postal
un libro de mapas
una bolsa de tachuelas de tapicero
un kit con posters e instrucciones para colocar publicidad de cerveza en tiendas oxxo (no creerían la cantidad de especificaciones que les señalan a los empleados)
una mochila tipo bolso verde con el logo de Heineken
un block de hojas verdes con veinte hojas menos
un boleto para ver a los Héroes del Silencio
el croquis de Daniela
un mazapán
una bolsa de totis
un ejemplar de "rizoma"
un vaso de agua de jamaica
un vaso de agua de horchata (de la que me deshice casi de inmediato y que sin embargo es el más memorable de los objetos de esta lista; ¡gracias D.! en verdad)


II
este domingo, saliendo de una librería de la condesa caminaba por un camellón cuando pensaba: "qué bonito sería vivir en la condesa", aunque quien me conozca sabrá que, de hecho, no profeso gusto por la condesa y sobre todo que no es algo que me quite el sueño; como si alguien me lo hubiera recordado seguí diciéndome: "no por la zona sino por el tipo de calles, que no hay edificios horrorosos ni enorm..." aquí me tuve que callar cuando alzé/alcé la vista y vi sobre un modesto edificio una estación de operaciones de telcel, que no sé de que tamaño era pero abarcaba toda la vista de la azotea desde la calle. Mmm. No sé, me desanimó.


III
poco antes, en la citada librería, le preguntaba a un grupo de empleados que veían el futbol en la tele de la tienda (qué considerada una librería que no desdeña el futbol) si tenían tal libro y si manejaban este otro. Aprovechando la pregunta les dije:

"y otra cosa más importante...¿saben cómo quedó el América?

Y aquí el que parecía el lider me puso una mano en el hombro y me dijo:

"perdió. 3-1"

Yo dije "Oh". Él mostró empatía, aunque seguro le cae gordo el América, porque es cosa sabida que el aficionado al futbol en este país se divide en dos: los americanistas y todos los demás que no le van al América. El papá de una amiga, americanista desde luego, sugiere que las maestras, de primarias principalmente, contemplen esas cosas, protección para los niños que le van a las águilas los lunes en caso de derrota, porque los demás sucios van y los molestan porque sólo obtienen placer cuando pierden las águilas, porque sus respectivos equipos no les ofrecen mayor gozo por sí mismos, y a todos los une el antiamericanismo. Oh, bueno, lo siento.


IV
a raíz del comentario de Ruy Guka en mi antepenúltimo post (léase "de moderado interés") experimenté durante el lunes una especie de recuperación de aquel furor adolescente que durante un tiempo a todos nos ha movido, contemplé una vida más emocionante, más arrojo, mucho más optimismo si se puede decir. Terminó matándolo el tráfico de la mañana, el tedio, la timidez, vaya que sí. Sé que Ruy terminaría regañándome. Perdón.
Como sea, tengo dos comunicados (dado el reservado quorum de este espacio); primero: Monsieur Le corriendo despacio, a pesar de las pocas palabras, el aire serio y los cambios súbitos de tema, sepa ud. que agradezco en verdad la opinión y el apoyo. usted ya sabe.
Y segundo:





ya



sabe



que



existo



(momentánea pero indecible felicidad)