1 dic. 2007

Viernes 30 de noviembre 2007
Día inicia no del todo mal: me levanto temprano, no mucho, pero sí lo suficiente como para considerarlo una ventaja real: regreso a la cama, cuando escucho movimiento en la cocina me dispongo a vestirme. Le puse baterías nuevas al control de mi estereo, así que ahora puedo programarlo para que me despierte sintonizando el radio en reactor 105, en cuanto se prende, a las seis de la mañana, me arrepiento hondamente. Con los pantalones puestos regreso a la cama por segunda vez. Me paro y ahora sí inicio. Hago mi mochila y desayuno. No hay té de limón para mi termo, me llevo uno de doce flores, mi mamá dice que es para el stress. Venga.
El camino de ida hacia la escuela es un poco menos doloroso que de costumbre (sólo un poco). El primer camión pasa rápido, no va muy lleno, logro hacerme no de un asiento pero sí de un pequeño espacio en el que no me tengo que mover mucho. Agradezco esto sobremanera. El segundo camión tarda un poco más en pasar, esta vez es un viaje menos placentero, hora pico, demasiada gente. Llego a la escuela a las 8:25 a.m. No ha estado mal.
Comienzo a trabajar con pinzas y desarmadores con basura que encontré hace unos días. No hay martillo, uso una piedra, se rompe fácilmente, es un metal muy sólido. Hago mucho ruido, lo soporto dentro de todo, no hay nadie, soy yo quien suele abrir en la mañana. Llega un compañero, me hace la plática, me aterra la idea de evadir algo ahora, de comenzar a preocuparme, me empeño en hablar, él jala un banco, parece que se va a quedar, yo no dejo de hacer lo que estaba haciendo mientras platico, me cuesta mucho trabajo. En algún momento trabajo fuera del taller, de cuclillas, golpeteando un manubrio contra el concreto del piso, alzo la vista y la veo salir del taller contiguo, a ella, alejo la mirada, me he reprendido tantas veces por este comportamiento tan ridículo que me cansa la idea de hacerlo otra vez, ya no me importa. Acabo de trabajar algo decepcionado. Me canso mucho y demasiado rápido. Me siento intranquilo. Me siento en mi mesa y trato de descansar. Sigo sintiéndome intranquilo. Saco mi termo con té, recién comencé a usarlo hace dos días, la idea inicial era tener algo que hacer de repente, en los cortos momentos en los que no sé que hacer. No fumo, no bebo café, el té parece la solución más sencilla. Tras el primer uso me digo que funciona y me alegra. Ahora lo tomo, hubiera preferido que fuera de limón, este deja un sabor semi amargo al final, más bien insípido. Mientras me sirvo no dejo de pensar en qué hacer ahora, la idea de trabajar, de ser lo más productivo posible el tiempo que estoy en la escuela me presiona constantemente. Me doy cuenta de que en verdad estoy cansado, me gustaría acostarme y dormir un rato. No me es posible tal cosa. De repente me paro y comienzo a trabajar en una tabla previamente pintada de negro que tengo a la mano. Le escribo la palabra ‘omega’ en mayúsculas con un crayón blanco hasta que se llena, muy a la Basquiat. En una comunidad, el animal alfa es el más fuerte, con algunos privilegios sobre los demás, como comer primero o copular con las hembras de la manada. Del animal alfa sigue el animal beta y así hasta el animal más débil, el animal omega. Houellebecq, claro. Una amiga va a buscarme con un amigo suyo que se supone ya conocía: no lo recuerdo en lo absoluto. Miento de todos modos. Antes tenía una muy buena memoria, hace tiempo que ya no recuerdo cómo era eso. Le digo que las cosas en el taller están horribles, desde hace un par de horas hay una evaluación de fin de semestre, me dice que me salga y vaya con ellos. Le trato de explicar sobre mi cansancio, sobre la falta de martillo y el metal sólido, la roca que se quiebra, pero sólo con un descomunal trabajo logro hilar las palabras necesarias para hacérselo entender. Prometo verla en cuanto acabe; poco tiempo para trabajar hoy, mejor seguir por el momento. En cuanto termino con la tabla la saco y me propongo hacerle una fractura por la mitad pisándola o apretándola contra la pared, cuando está hecha trato de repararla con masking tape. Eso es justo lo que quería. Terminé. La dejo recargada. No me siento menos intranquilo que antes. Aún así trato de participar en la clase que hace horas se lleva a cabo. Es el turno de una chica a la que desde hace poco tiempo conozco, me agrada, es amable y muy tranquila. Creo que lo que le digo sobre sus cuadros no es desdeñable. El profesor hace un sonido que intenta expresar algo entre asombro y hastío. Luego me voy. Una amiga/conocida tiene una inauguración en la escuela. Voy y todavía no empieza. Mientras hago tiempo me encuentro con otra conocida. No recuerdo qué le digo pero trato de retenerle un rato. Me cae bien, es afable, a pesar de, según yo, hace tiempo, parecer lo contrario. Se va y en el camino de vuelta a la exposición me encuentro con otra conocida. Responde con honestidad cuando le pregunto cómo está, me dice que ha estado algo estresada pero bien. Lo dice con una voz que hace complicado creerle del todo, es algo confuso o por lo menos me confunde. Nos interrumpe una ola de aplausos, ya empezó todo, hay mucha gente, a muchos les conozco, a los otros por lo menos les he visto antes, no es que eso importe.
Estando allí, sin mucho ánimo para hacer de cuenta que llegué allí por casualidad, me pongo a revisar ‘la obra’. Es un trabajo esencialmente malo e ingenuo, pero que tal vez sugiera la leve promesa de mejoría en un futuro. Por lo menos es arriesgada con el montaje, presenta una proyección en video y otro en una televisión, además de una serie de diapositivas. Se esforzó. Nunca antes se había presentado ese tipo de montajes en esa galería. Algunas amigas se acomiden y ayudan poniéndose a servir bebidas y comida a los asistentes. Me siento mal. Me encuentro con una ex maestra a quien quiero mucho, platicamos un rato, me pregunta por lo que estoy haciendo. Come aceitunas. Va a ver la exposición y luego se va, tiene prisa. Más gente aparece, bebo refresco y como papas, cuando se acaba el refresco sólo hay cerveza, creo que no tengo muchas ganas pero necesito tener algo en la mano, estar haciendo algo. Me quedo recargado en una pared junto a las viandas, aparece un par de compañeros, cruzamos un par de palabras, sostener la conversación, como me sucede desde hace un buen tiempo, se convierte en un acto heroico para mí, me angustio mientras hablo; eventualmente se van. Un tipo que se ha dedicado a sacar fotos todo el tiempo que dura el evento me pide le saque una a él con un amigo, tengo las manos sucias de polvo de chile, trato de limpiármelas mientras me tiende su cámara, parece ser algo cara, me molestaría que de ser mía la ensuciaran. Enfoco, él sonríe, evidentemente posa, aunque logra que se le vea natural, parece tener experiencia. Me quedo solo. Un sujeto me saluda, creo que es el amigo de mi amiga, el que no recordaba y mentí diciendo que sí; en poco menos de hora y media he vuelto a olvidar su rostro, tan es así que me quedo pensando si no será un amigo de mi amiga distinto, creo que sí, me hace algunas preguntas de rigor, si ya acabé la carrera, si seguía viniendo a la escuela. Le respondo que sí a ambas, que estoy tratando de ordenar mi tesis y sopesando la posibilidad de hacer el servicio social algún día. Se queda callado y me rodea, supongo que quería que ahora sea yo quién le pregunte, pero no tengo nada de ganas, la sola idea de pronunciar una palabra me cansa de antemano. Me aterra la idea de parecerle hostil, pero no estoy dispuesto a pasar por la angustia de conversar otra vez. Sonrío levemente, me quedo callado y se va. Suspiro. La gente se comienza a dispersar, para la hora en que la exposición se abrió y el tiempo que permanece la gente antes de irse, la muestra es, puede decirse, algo así como un éxito. Me alegro por ella, de verdad. Para entonces ya me es demasiado difícil sobrellevarlo, la depresión ataca brutalmente y me quedo tumbado sobre la pared, viendo para todos lados. Antes, cuando esto ocurría, me preocupaba tener esta imagen, la de alguien solo y distraído, evidentemente incómodo o, por otro lado, ser una incomodidad. La única ventaja es que ahora ya no me importa. Me salgo de la sala sin decir más, la chica que expone no me alcanza a interceptar pero voltea y me pregunta a dónde voy y si habré de volver, le respondo con el tono más nerviosamente divertido que puedo que ‘ya vuelvo, ya vuelvo’, un tono increíblemente innatural, fingido, me desconcierta cuando lo repaso en mi cabeza mientras bajo las escaleras, me asusta y me enoja muchísimo. Últimamente es así. Camino y resuelvo sentarme en una jardinera de camino al taller, justo en la esquina, la cabeza recargada en las palmas de las manos o en los puños. Una tipa que está en mi taller me aborda y me pregunta por la clase que ahora mismo se lleva a cabo, le digo que allí siguen y que avanzan lento. Trato de despacharla lo más rápido posible, es la primera vez que me dirige la palabra, pero es insaciable, cuando le respondo me dice que el profesor es un inepto, que nunca le dice nada, evidentemente apela por un poco de empatía o tal vez piedad, que me ponga a hablar mal de él, que estemos de acuerdo. Trato de terminar cada uno de mis enunciados de manera que les suceda un silencio y se vaya. No se va, me harto y le sigo la plática un rato, no le digo nada de interés, espero que se aburra, trato de ahuyentarla pero me hace preguntas y trae un cigarro encendido, bien podría apagarlo, detesto ser un fumador pasivo la mayor parte del tiempo, es algo que me indigna; mi salud respiratoria es pésima desde niño: bronquitis, principios de asma, sofocación. Aún así estoy convencido que cuando muera no va a ser por nada de esto. Logro que la conversación acabe y se va rumbo al taller. Cuando regresa la veo venir y tiemblo ante la idea de corresponder a la cortesía y alzar la mirada para decirle adiós; ella se anticipa. Bajo la mirada, así estoy un tiempo, me duermo un rato, me despierto y escucho la voz del novio de la chica que inauguró, me dice que creía que estaba hablando por celular, evidentemente por la posición de mis manos, un puño cerrado contra la oreja; le digo ‘no, ¿pues cómo?’ en una voz que intentaba denotar que todo estaba bien, de nuevo repaso mentalmente mi expresión y me aterra, era una especie de voz desesperada, frenética. Es un gran sujeto, me cae muy bien. Le pregunto lo mismo que le he preguntado en los últimos días, si ya acabó todo, si todo salió bien. Me dice que sí, que ya casi. Me pregunta qué voy a hacer al rato, le digo que tal vez regrese al taller. Creo que iban a festejar en su casa más tarde o en la noche. Se va, vuelvo a bajar la mirada e intento dormir, poco después una amiga se detiene frente a mí. Se me ocurre que escogí un mal lugar para detenerme. Me dice ‘¿otra vez deprimiéndote?’; me hierve la sangre, no tengo muchas ganas ni energías para increparle nada, le hago otra pregunta por pura amabilidad, no hay comunicación y se va. Mientras lo hace pasa frente a mí toda la gente de la inauguración, ya acabó todo, afortunadamente no me ven, o no reparan en mí, tal vez, y esto lo pienso en ese mismo momento, alguien se enojó por irme sin despedirme. Salvo la antipatía de una persona en particular, los demás no me importan. Están muy cerca de donde estoy sentado, en un campo visual común. Me siento increíblemente mal, me angustio brutalmente, un terror incómodo. Me levanto y me voy en dirección contraria, sin saber hacia dónde dirigirme, subo unas escaleras, veo un sitio apartado, tiene un letrero: ‘pintura fresca’. Mejor así, sigo deambulando, veo una banca de madera, la pared detrás de ella tiene el mismo letrero, pero es lo suficientemente grande como para evitar el contacto con la pared. Me quedo allí sólo un momento, trato de proyectar lo que habré de hacer esa tarde. Caminar, me repito la idea y finjo convencerme. Como sea, será mejor salir de la escuela, el viernes pasado me sucedió lo mismo, sin ganas de hacer nada y demasiado temeroso del viaje de regreso a casa, terminé sentándome en una mesa de una cafetería, recuerdo que me quedé así casi dos horas, luego todo empeoró y mejoró un poco. Fue ligeramente más difícil en aquella ocasión. Me enfilé hacia mi taller por mis cosas, segundos antes de entrar vi, con el rabillo del ojo, al imbécil que tenemos por profesor temporal. Noté que cuando pasé cambió su ruta y que ahora se dirigía al salón; yendo atrás de mí, evidentemente con el mismo destino, tenía ganas de entrar y cerrar la puerta a mis espaldas, justo en su cara. No lo hice. Habría sido fácil, es una figura de autoridad similar a una silla desvencijada pero arreglada con buena intención aunque torpemente. Pero no lo hice. Ya no había casi nadie. Recogí mis cosas, un par de despedidas, sin ver rostros. Me fui de allí. En el camino a la salida me encontré con otra amiga, no entendí lo que me decía, había mucho ruido, creo que me tildaba de cortado por no quedarme a algo que habría en la escuela más tarde, un festival o alguna ridiculez así. Salí tan rápido como pude. En la entrada busco el coche de mi amiga, le dejo una nota: ‘Me siento mal. Me voy. Voy a caminar un rato.’ Ya en la calle recordé la idea de caminar con más calma, no lo pensé mucho, anoté mentalmente que no quería emprender la vuelta a casa, subirme al camión, estar cerca de la gente. Decididamente iba a caminar.
Tal vez lo hago a manera de expiación. No me gusta esa idea. Eché a caminar, traía unos tenis muy incómodos, camisa azul y saco, a veces me visto así, tengo más sacos cómodos que chamarras cómodas, la mayoría gruesas y estorbosas; además cargaba mi mochila, aún así no vacilé. Para cuando salí eran las 3:30 p.m. pero no había sol. Mientras caminaba me repetía cosas en la cabeza, pensaba obsesivamente en la posibilidad de que algunas cosas pasaran, algunas coincidencias y otras que eran evidentemente súplicas, no del todo descabelladas a fin de cuentas, pero no muy en el fondo no me hacía muchas ilusiones, lo que no tiene que ver con tener esperanzas. Una vez leí que "Toda Expectativa Lleva Implícita Algo de Tormento", en su momento fue demasiado preciso leer aquello, ahora no lo es tanto, pero siempre lo tengo presente, quizá por eso. En mi camino también me di cuenta de una nueva muletilla que me asaltaba, el uso del verbo funcionar: ‘esto no funciona, no me funciona, no funciono así, no, así no funciona’. Para una hora de camino después ya me tenía asqueado, pero no la podía evitar. Veía a los coches que pasaban junto a mí, había tráfico, era posible verlos con detenimiento. Mientras esto pasa repaso las posibles explicaciones para estos malestares que me han estado atacando de repente y de manera tan feroz las últimas semanas. Cada una me parece perfectamente verificable y posible. Ninguna me deja muy satisfecho. De todos modos no suelo poner manos a la obra. Me dolía o me ardía una parte donde el cuello se convierte en nuca desde hacía una hora, me tocaba de vez en cuando como para localizarlo. Al llegar a Periférico me dije que no quería tomar el camión habitual, el más molesto de todos los que tomaba en el transcurso del día. Seguí caminando, a sabiendas de que eventualmente me cansaría, sobre todo por los tenis que llevaba puestos; cuando esto pasara me detendría y me subiría al camión. La idea seguía sin parecerme atractiva, boceté la posibilidad de seguir hasta Insurgentes y llegar a San Ángel y tomar un último y definitivo camión si aún no me cansaba. El pie izquierdo comenzaba a incomodarme, los dedos, los tenis no me apretaban pero podía imaginarme el calcetín gris adherido a la punta del pie y jalándolos hacia atrás, desde que tengo memoria cuando algo me duele me imagino la herida o la posible imagen de la dolencia, es una imagen muy precisa, también puedo ver cada una de las expresiones de mi rostro al momento de hacerlas. No sé si sea algo particular o si todo el mundo lo haga, a mí, desde hace unos años, se me figura que es síntoma o causa de mi poca espontaneidad. Pude detenerme un segundo, desabrocharme el zapato y aflojar la calceta pero no lo hice, me imaginaba –y esto es cierto- que al detenerme, aunque sea por un instante, comenzaría a sentir el cansancio; lo peor que puedes hacer cuando caminas mucho tiempo, y todavía más en las condiciones en que yo lo hacía, es detenerte, puedes caminar por periodos de tiempo muy largos siempre y cuando no te detengas a sentir tu cuerpo, debe ser algo similar a no mirar hacia abajo en alturas muy pronunciadas. Seguía caminando, hice lo de seguir por Insurgentes. Al carecer de referentes como edificios o anuncios y en su lugar tener árboles indiferentes, además de no escuchar nada más que el pasar de los automóviles, el recorrido por aquí fue especialmente sofocante, el tiempo pasaba de otra manera mucho más difícil. Para cuando llegué a San Ángel había filas enormes, me formé y esperé. Eran las 6:30 p.m. Cuando tomé asiento en el camión caí dormido casi de inmediato, era una sensación muy agradable, dormir a causa del cansancio. Al parecer había tráfico pero no lo sufrí. De vez en cuando abría los ojos y me percataba dónde íbamos, me sorprendía avanzar tan poco. Tal como el viernes anterior, desperté sólo un poco más adelante de donde debí haberme bajado. Tendría que hacerlo una cuadra después -que no fue lo que hice la semana anterior-, lo que suponía un aumento considerable en el camino que me quedaba: eran cuadras largas, bajar en la siguiente implicaba rodear una zona que, de no haberme quedado dormido, no tendría que tocar siquiera. No me atrevía, así como no me atreví hace una semana, a tocar el timbre para bajar en cuanto pudiese, era como pedir disculpas por mi error, no podía hacerlo. Afortunadamente alguien se bajó a media calle y bajé allí. Al abrir la puerta veo un sobre deslizado por debajo: una ex novia me envió su croquis, es para un proyecto que estoy haciendo, me prometo abrirlo después. Cuando llego me quito los tenis. Ya me lo esperaba: había sangre en el pie izquierdo, se veía desde el calcetín; era más que el tenis, la uña de uno de mis dedos estaba acomodada de manera que laceraba al dedo adjunto. Tengo los dedos de las manos chuecos, imposibilitados para hacer una recta como la que cualquiera podría, así que si los dedos de mi pie izquierdo podían juntarse y lastimarse entre sí no era nada que me sorprendiera. Me acosté sin apagar el foco, lo lamentaba y me cubría con una cobija, por otro lado, sabía que si lo apagaba podría caer dormido hasta la mañana o peor aún, hasta la madrugada siguiente. En algún momento querría levantarme y comer algo así que no me levanté a apagarlo. Sólo dormiría un rato. Sonó el teléfono pero no contesté. Salvo una o dos personas no era probable que quisiera contestar una llamada, así que no contesté. Tal vez no era para mí. Da igual.
Poco después me levanto, mi madre llega y me hace de comer, sólo tengo que ir a la mesa donde ya todo está servido; no como mucho. A las diez de la noche pasan el partido del América con el Arsenal de Sarandí en la final de la Copa Sudamericana, es un partido diferido con dos horas de diferencia, originalmente transmitido por cable, así que tomo todas las precauciones necesarias para no enterarme del marcador antes de verlo. Al principio me siento extraño de ver un juego que sé que ya se jugó, como si no debiera emocionarme. Cuando diez minutos después cae el primer gol del América esto se me olvida y veo atento. Al principio el América domina el juego, pero con el tiempo comienzan las patadas típicas de cualquier partido con equipos menores de centro y sudamérica. Sarandí es un equipo de una provincia cerca de Buenos Aires, Argentina, no tiene estadio local, juega sus partidos en el estadio del Racing. El problema que levanta la polémica antes y durante el partido es el hecho de que el dueño del equipo es el presidente de la Asociación de Fútbol Argentino y se teme un mal arbitraje; ya antes, en otra final de la copa sudamericana, le robaron el juego a los Pumas de la UNAM. Conforme avanza el juego las decisiones arbitrales son marcadamente en contra del América. Desde siempre, a la selección mexicana o a equipos nacionales se les trata con la punta del pie en el sur del continente, lo que se dice "pagar derecho de piso". Es un odio visible. Aunque el partido se desarrolla en el estadio Azteca el arbitro central es un paraguayo inepto y el arbitro auxiliar se la pasa platicando con el técnico del Arsenal. Más tarde, en el segundo tiempo, amonestan al técnico del América, Daniel Brailovsky, por hacer un gesto reprobatorio. En poco tiempo le caen dos patadas certeras y sutiles a Salvador Cabañas y no se marca un penalti del tamaño del estadio. Aún así, es la defensa del América la que permite que le empaten y le den la vuelta, a pesar de las manos del segundo gol del Sarandí. Basta decir que dos de ellos cayeron desde un saque de meta. En más de una ocasión me vi orillado a gritar cosas como “pinches sudamericanos de mierda, putos provincianos de coño”. No recuerdo haber visto un peor arbitraje en toda mi vida. Acabando el partido vi a Brozo, me arrancó un par de risas fuertes pero de todos modos, cuando terminó, apagué la televisión de bastante mal humor. Era claro que seguía agobiado. Desde hace un tiempo el mayor placer de mis días lo constituyen las actividades más básicas: llegar de vuelta a casa, comer, dormir. Si pudiera, en estos días no haría otra cosa más que dormir. El lunes lo hice, me acosté a las 9:30 p.m., de la mesa a la cama. No recuerdo cuándo fue la última vez que pude dormir tan temprano, probablemente en mi niñez. A pesar de esto, a la mañana siguiente desperté muy cansado, creo que dormí once horas o un poco menos. Anoche dormí bien, pero desperté un poco igual.